Anomalías

Como sociedad tenemos el listón de la dignidad de otros delitos bien alto; sin embargo, con la violencia terrorista una parte considerable de la ciudadanía pide impunidad

Anomalías
Fabián Laespada
FABIÁN LAESPADA

A nadie se le puede escapar la vinculación que hay entre el séptimo aniversario de la declaración de alto el fuego definitivo e incondicional de ETA con la fecha elegida por una red de apoyo a los presos de esa organización para una manifestación como la que se celebrará mañana en San Sebastián. Aquel 20 de octubre fue jueves y a las siete de la tarde tres siniestros encapuchados leyeron un comunicado con cuarenta años de retraso. Quienes vivían de cerca la amenaza de la violencia etarra sintieron un alivio inmenso. Muchos de nosotros proclamamos «Lortu dugu» («lo hemos conseguido»), a modo de reconfortante desahogo.

A medida que el recuerdo de la violencia padecida se nos va quedando atrás, aumenta la cruda sensación de lo absurdo e inútil que fue todo. Nada tuvo sentido alguno: esos cuarenta años en los que ETA -junto a otros grupos terroristas y actuaciones desproporcionadas e ilegales de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado- ha asesinado, secuestrado, torturado y extorsionado a tantas personas, han sido tiempos de mucho dolor, soledad, de aislamiento e insolidaridad. Nada de lo que la violencia organizada pretendía se consiguió. Afortunadamente. Pero todo lo que supone la violencia organizada nos lo hemos tenido que comer: dolor injusto a manos llenas; es decir, unos mil hombres, mujeres y niños muertos en estos años.

Muchos creemos que quienes apretaron gatillos, arruinaron vidas, amedrentaron a tantas personas... deben ya reconocer que aquello fue exactamente eso: daños infinitos e irreparables a muchas personas y que todo ello fue un error brutal. Es posible que no puedan pronunciar el verbo arrepentirse; pues que rebusquen en el saco del lenguaje, que en eso tienen buena mano; de hecho, en vida de ETA -qué oxímoron- la palabra 'condena' les producía auténtica alergia, aunque la exigiesen al resto cuando se producía alguna redada.

Sea como fuere, arrepentirse de los errores cometidos no rehuye el delito, ni lo salva, pero es el primer escalón para empezar a recuperar la dignidad como persona. Es el primer acercamiento a la sociedad y a la convivencia. Es mirar a la persona ultrajada y agredida, y no jactarse de la 'ekintza', sino reconocer que fue un error. Lógicamente, expresado desde la más insobornable lealtad, la sinceridad ha de presidir cualquier declaración en este sentido. Como lo hicieron quienes optaron por la vía Nanclares.

Vuelvo al principio de estas líneas. Sare convoca para mañana una manifestación en apoyo de los presos con el lema 'Derechos humanos. Solución. Paz. Ahora presos'. Me pregunto si, por ejemplo, Daniel Pastor, el etarra que puso dos kilogramos de cloratita en los bajos del coche del inspector de la Policía Nacional Eduardo Puelles, comparte ese lema de la manifestación que se celebrará en su homenaje. Él dijo que no pensaba dar un paso atrás en la borrokada hasta el final. ¿Para qué, si sus propios allegados, en medio de las fiestas de su barrio, el bilbaíno de Rekalde, le animaban este año llamándole gudari y exigían su inmediata puesta en libertad? A mí me resulta completamente anómalo que como sociedad tengamos el listón de la dignidad de otros delitos bien alto y con el tema de la violencia terrorista, sin embargo, una parte considerable de la ciudadanía pida impunidad.

Además del lema, Sare afirma que busca «un cambio que acabe con el sufrimiento y ayude a deshacer nudos y crear puentes entre la sociedad... y cerrar las heridas abiertas». La idea es fantástica. Pero ¿qué sufrimiento quiere que concluya? ¿El derivado de la privación de libertad por las crímenes cometidos? ¿Cuáles heridas pretenden cerrar? ¿Quién rompió los puentes entre la sociedad? La cuestión es que convoca la enésima manifestación en favor de las presas y presos asesinos. La gente que piensa acudir ¿no tiene ninguna exigencia hacia los reclusos? ¿No les pueden sugerir que para cerrar heridas lo ideal es empezar a recorrer un itinerario de convivencia que supone pedir perdón por las atrocidades cometidas, intentar reparar, en alguna medida siquiera, los daños infligidos y contribuir en el esclarecimiento de los delitos que no están resueltos? Sin delación, por supuesto. ¿Es pedir tanto?

Cuando Sare o quien sea expresa su deseo de cerrar heridas de este pasado tan doloroso, suponemos que, fundamentalmente, se refiere a las heridas de las víctimas. Pero es obvio que las víctimas directas no tienen heridas: las mataron y punto. Ni Mikel Zabalza ni Eduardo Puelles, por citar dos conocidos ejemplos, tienen heridas que cerrar. Pero sus amigos, familias y compañeros, sí. Ellos y las personas heridas en atentados y tropelías sí tienen una cicatriz que se rasga cada vez que homenajean a un etarra en el espacio público.

¿No es anómalo ensalzar a una persona asesina? Las víctimas no han sido miradas de frente por todo ese entorno, sino que más bien, durante más de cincuenta años, ese mundo ha amparado, promovido y alentado el uso de las armas y ha hecho héroes a sus autores. Las víctimas ni existían. Cruel anomalía.

Por último, la anomalía de tener a los presos en cárceles lejanas es tema que requiere más espacio y tiempo. Será otro día. De momento, me quedo con el mensaje que la organización pacifista Gesto por la Paz lanzó a la sociedad hace ya veinticuatro años sobre una política penitenciaria no vengativa y sí humanitaria. Lo anómalo es que hoy día continuemos pidiendo lo mismo.