alta fidelidad

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Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

De chaval se profesaba respeto por el iniciado que entendía de música y traficaba con discos en clase. El gurú que portaba vinilos con el cuidado que tal objeto precioso demandaba y que en un alarde de expansión del conocimiento grababa cintas con sus últimos descubrimientos. Si el LP te interesaba mucho comprabas una cinta TDK de cromo para la copia. Después -he aquí la diferencia con el pirateo- adquirías el disco como objeto a conservar. Para varias generaciones, un equipo de alta fidelidad era el súmmum del placer. Una cadena comprada por elementos -ecualizador, giradiscos, casete de doble pletina, altavoces- en busca del sonido perfecto. El cepillo con el que barrías el polvo de los surcos del disco (en círculos, por supuesto), el calibrado de la aguja y la ecualización ideal formaban parte de la ceremonia musical.

Aquella búsqueda del placer hi-fi no ha evolucionado con la tecnología, más bien ha sufrido un retroceso. Según un estudio de la Federación Internacional de la Industria Discográfica, el 52% del tiempo usado para escuchar música a la carta se hace a través de servicios de videostreaming, como YouTube. No solo es que el melómano elija hoy la opción que menos dividendos deja a los artistas, sino que, en el caso de España, el 79% de los consumidores escucha la música en su móvil. Resulta curioso que contemos con las mayores posibilidades técnicas de la historia para reproducir un sonido fiel, pero prefiramos volver al transistor. O como mucho a esos altavoces compactos con los que la chavalada y los canis han acabado con la tranquilidad en las playas.

Basta comprobar en los estantes de la FNAC cómo los vinilos van ganando cada vez más terreno. Al fetichismo nostálgico se une la reivindicación del buen sonido, porque si el CD ya se escuchaba peor que el disco, la compresión en formatos como el MP3 acaba con el trabajo de los productores y los ingenieros de sonido que se encierran en un estudio. Es el signo de los tiempos, el consumo inmediato, bulímico, de imágenes y sonido de cualquier manera, sin créditos, sin respeto por el cuidado con el que fueron concebidos. ¿De verdad alguien puede decir que ha visto una película cuando lo ha hecho en el móvil?

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