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Ibones de Anayet, la magia del silencio de un paisaje cargado de fuerza espiritual

El pico de Anayet se refleja en el ibón mayor./I.P. RUBÍN DE CELIS
El pico de Anayet se refleja en el ibón mayor. / I.P. RUBÍN DE CELIS

Dos horas de fácil ascenso son suficientes para alcanzar este entorno del Valle de Tena

IRATXE PAÑEDA RUBÍN DE CELIS

El 1 de junio leía en Mendian el artículo de Josu Belmonte 'Caminar en silencio para ganar libertad', cuando la memoria me llevó hasta los ibones de Anayet, un miércoles de septiembre con cielos despejados, durante las vacaciones en uno de los mis lugares favoritos de Pirineos, el Valle de Tena. En aquella ocasión el recorrido era sencillo y no quisimos bucear en Internet; nos conformamos con consultar las guías, provistas de mapas pero sin ninguna fotografía. Buena elección. De haberlo hecho la magia de aquella jornada se hubiera esfumado y la recompensa no hubiera sido la misma.

De hecho, el comienzo de esta ruta para nada hace presagiar el espectáculo que nos aguarda. Arranca desde el Corral de las Mulas (1635 m), en la desviación del aparcamiento de Anayet, a unos 3 kilómetros de Formigal por la carretera que lleva al puerto del Portalet.

La valla de acceso al parking se encontraba cerrada, por lo que el primer tramo hubo que realizarlo sobre el siempre poco atractivo asfalto. Tras alcanzar las instalaciones del telesilla (a unos 1740 m), tuvimos unos instantes de incertidumbre para encontrar el sendero. Localizado a la derecha, cerca de las 'jirafas' que producen nieve para las pistas, iniciamos la marcha, la más silenciosa que recuerdo. Las marcas rojas y blancas del GR 11 a través del Barranco de Culibillas no generaban ninguna duda e invitaban a caminar sin mediar palabra. Durante el camino en ligero ascenso entre piedras y rellanos de hierba salieron al paso algunas marmotas, cuyo silbido se sumó al sonido de los saltos de agua y el discurrir del arroyo.

Volvemos la mirada para contemplar el camino recorrido. La Punta de la Garganta, a la izquierda del sendero.
Volvemos la mirada para contemplar el camino recorrido. La Punta de la Garganta, a la izquierda del sendero. / I.P. RUBÍN DE CELIS

Poco a poco fuimos cogiendo altura. Al principio del barranco La Punta de la Garganta (2140 m) se erguía a la derecha llamando la atención por su aspecto agreste. Sin embargo, cuando la dejamos atrás comprobamos que su envergadura no era tal. Momentos después, una cascada se convirtió en la protagonista de los últimos repechos para alcanzar a continuación una loma herbosa, sobre la que despuntaba el pico Anayet.

En ese instante se abrió ante nuestros ojos la cuenca que alberga los ibones de Anayet (2220 m), un paisaje cargado de la fuerza espiritual a la que, creo, Josu Belmonte hace referencia. Nadie, absolutamente a nadie nos cruzamos por el camino, ni paseaba por aquel amplio rellano, húmedo, mezcla de colores rojizos y verdes de distinta intensidad. Nada, no se oía absolutamente nada, ni tan siquiera los pájaros.

Imagen de la explanada que alberga los ibones. A la izquierda, Anayet.
Imagen de la explanada que alberga los ibones. A la izquierda, Anayet. / I.P. RUBÍN DE CELIS

Nos separamos y cada uno cogió su camino para rodear los lagos. Llegar hasta allí nos había supuesto unas dos horas, con paradas incluidas, pero el reloj se detuvo cuando logramos nuestro objetivo. No sé cuánto tiempo pasé sentada en una piedra frente al reflejo de Anayet, el volcán dormido del que solo queda su malograda chimenea. A mi derecha, al otro lado de la muga, sobresalía entre las nubes otra montaña de origen volcánico, el Midi d´Ossau. Nunca había percibido el silencio de aquello manera.

El Midi d´Ossau envuelto entre nubes. En primer término el ibón menor.
El Midi d´Ossau envuelto entre nubes. En primer término el ibón menor. / I.P. RUBÍN DE CELIS

Cuando se llega al ibón de menor tamaño merece la pena acercarse hasta la zona de su desagüe natural. En este punto la vista vuelve a ser espectacular. Nos encontramos sobre el Valle del Canal Roya. Y es que desde estos lagos, además de acceder a Anayet (2545 m) o al Vértice de Anayet (de menor dificultad, 2559 m), se puede continuar dos horas más por el GR 11 (La Rinconada-Canal Roya) hasta la localidad de Canfranc, ya en el valle del río Aragón.

Las leyendas cuentan que las hadas habitan en los ibones de los Pirineos y quizás estén en lo cierto. Contemplar estas láminas de agua puede hacerte presa de un encantamiento, escuchar tus propios pensamientos.