Aquel mayo de 2010 en Katmandú

Repaso a un mes atrapado en la capital de Nepal mientras Edurne Pasaban completaba sus catorce ochomiles

Aquel mayo de 2010 en Katmandú
Fernando J. Pérez
FERNANDO J. PÉREZ

Todos los periodistas hemos soñado alguna vez con la famosa frase, tan de película. Pero cuando llega, esa sensación de vértigo que recorre el cuerpo tiene todo menos glamour: «Fernando, prepárate porque te vas al Himalaya».

Motivos había: Edurne Pasaban acababa de subir el Annapurna, su penúltimo ochomil, solo unos días después de que lo lograse Miss Oh, y nada más bajar al campo base, la guipuzcoana se había atrevido a decir en voz alta lo que se estaba convirtiendo en un clamor dentro del mundo del alpinismo pero nadie se atrevía a denunciar abiertamente: la ascensión de la coreana al Kangchenjunga el año anterior era más que sospechosa, incluida una foto de cumbre que había sido tomada en cualquier lugar menos en su cima.

Así que el periódico decidió que había que estar en el meollo del asunto para contar el último ochomil de Edurne -el Shisha Pangma- y de paso investigar in situ -en Katmandú- el Kanchenjunga 'fantasma' de Mis Oh. Nada más y nada menos. James Bond no ha tenido una misión más complicada en ni una de sus 24 películas: Cubrir en directo la ascensión de Edurne al Shisha suponía entrar, como periodista, en el Tíbet ocupado por China. E investigar el Kangchenjunga de Miss Oh implicaba hablar con la alpinista y, sobre todo, con Miss Hawley, la venerable notaria del Himalaya, tan famosa por su frágil imagen física como por su carácter impetuoso con quien osaba alterar sus metódicas rutinas de trabajo.

Intentar explicar todo eso a la dirección del periódico era inútil. La decisión estaba tomada. «Vete a Katmandú y allí gestionas todo». Una semana después -mayo recién estrenado-, quien escribe embarcaba en el vuelo a la capital nepalí, que me recibía 16 horas después con una huelga general convocada por los maoístas, que por aquel entonces mantenían un pulso sin cuartel con el Gobierno.

La ciudad, donde las manifestaciones eran diarias, estaba cerrada a cal y canto y solo se permitía circular a las furgonetas de los turistas en sus traslados entre los hoteles y el aeropuerto. Todo un detalle.

Impresionaba ver las otroras populosas calles de la ciudad -era mi tercera visita a Katmandú- desiertas y transitada solo por columnas de jóvenes manifestantes ondeando banderas rojas con la hoz y el martillo.

La huelga duró casi una semana y supuso el primer retraso a mi eventual traslado al Shisha Pangma. El definitivo llegó cuando la agencia local con la que habíamos gestionado el viaje -la misma que organizaba las expediciones al equipo de Edurne- entregó la documentación en la embajada china y el funcionario de turno leyó en el apartado de la profesión la palabra 'journalist'. No necesitó seguir. Visado denegado.

Primero objetivo abortado. Me iba a tocar cubrir el último ochomil de Edurne Pasaban desde la habitación de un hotel de Katmandú. El Yak and Yeti. Sí ese que muestra en su jardín una huella fosilizada del Yeti. El mismo que ser uno de los mejores de la ciudad no impedía que se fuese la luz media docena de veces al día.

Tocaba enfrentarse al segundo objetivo: lograr de Miss Hawley la confirmación de que el Kangchenjunga de Miss Oh no estaba comprobado. El alpinista aragonés Carlos Pauner, por aquel entonces inmerso también en la carrera de Los Catorce, ejerció de anfitrión. Me presentó en el hall del hotel -a donde acudía casi todos los días la 'notaria' norteamericana para entrevistarse con alpinistas que iban o venían de las montañas- a una anciana y -aparentemente- frágil Miss Hawley. Daba apuro apretar su mano por miedo a hacerle daño. Su voz ligeramente temblorosa.

Creo recordar que fue la única vez que me sonrió. Le solicité una entrevista que realizamos en el despacho de su casa. La biblioteca llena de libros sobre el Himalaya y fotos suyas con todos los grandes del alpinismo mundial impresionaba. Pero en cuanto vio mis intenciones su gesto se torció. Se resistía a negar el 'Kangchen' de Miss Oh. Le faltaban pruebas para dar el sí, pero también para rechazárselo. A lo más a lo que llegó es a considera la cima «discutida». En sucesivos días volvimos a encontrarnos en el hotel. Yo volvía a preguntarle si había alguna novedad sobre el caso. La evolución de sus respuestas pasó del educado «no tengo nada nuevo que decir» al «¡¿Pero ya está aquí otra vez? ¡¿No te cansas?! !No me vuelvas a preguntar sobre Mis Oh!» en un tono más que enérgico.

El siguiente paso fue entrevistar a la propia Miss Oh, que accedió a ella sin pegas ni condiciones. De una educación exquisita, la sonrisa no desapareció ni un solo momento de su cara en la hora que estuvimos justos, sesión fotográfica incluida. Ni las preguntas más comprometidas se la quitaron. Y la sensación que me quedó después de casi tres cuartos de hora de conversación es que estaba plenamente convencida de que había hecho cima en el Kangchenjunga.

Para entonces, la mitad del mes que permanecí en Katmandú había pasado. La presencia del equipo de casa de Edurne y sus padres para recibirles hizo más llevaderos los días. Y la vorágine informativa llenaba el resto del tiempo. Edurne y sus compañeros hicieron por fin cima en el Shisha Pangma. 'Empodrado' ya en el equipo de Edurne, viajamos hasta la frontera para recibir al grupo. Allí, en un puesto fronterizo perdido en mitad de la nada, asistí a los momentos más emotivos de todo el mes. En especial el reencuentro de Edurne con sus padres.

El resto ya es historia, con una semana de celebraciones en Katmandú, donde la guipuzcoana fue recibida casi con honores de estado. Para entonces, Miss Oh había vuelto ya a su país... y Miss Hawley siguió frunciendo el ceño cada vez que me veía...