CARLOS, EL PEÑÓN Y LA SABIA NATURALEZA

«Después de haber sufrido lo que se sufre en las montañas, después de haber vivido esas situaciones trágicas ¿Cómo podéis volver?». «Porque tenemos la capcidad de olvidar»/ Efe
«Después de haber sufrido lo que se sufre en las montañas, después de haber vivido esas situaciones trágicas ¿Cómo podéis volver?». «Porque tenemos la capcidad de olvidar» / Efe
Juanjo San Sebastián
JUANJO SAN SEBASTIÁN

«Tenemos un organismo que es sabio». Me sorprende la cantidad de veces que repito esta frase en muchas conversaciones. Trato de explicar así, cómo los alpinistas somos capaces de sobrevivir (cuando sobrevivimos) a situaciones extremas en ese lugar que Messner definió como 'Zona de la Muerte'; en esos parajes situados por encima de los 7500 metros de altitud, donde la vida sólo puede mantenerse durante períodos muy cortos de tiempo. Cuando somos capaces de sobrevivir (unos pocos días) en esa zona, decimos que estamos aclimatados o, lo que es lo mismo, adaptados. En realidad, no hacemos nada distinto a lo que hacemos por debajo de esa cota, nada distinto a lo que han hecho todas las miles de especies animales (y vegetales) que comparten este mismo planeta con nosotros desde hace decenas de miles de años: adaptar (ampliar) nuestras capacidades (reduciendo nuestras limitaciones) para enfrentarnos a nuestras circunstancias, bien sean éstas buscadas o sobrevenidas. Me gusta insistir sobremanera en cómo se le alteran a uno los sentidos, cuando se mueve en aquellos territorios. Es algo que nuestro organismo realiza de modo reflejo: la gravedad de las situaciones semeja no serlo (tanto), el cansancio parece ser menos, la sed y la irritación de garganta se antojan sensaciones naturales, la angustia se disfraza de impaciencia, las emociones se disipan, el dolor desaparece… nos volvemos capaces de sentir «presencias» (incluso) que en realidad no lo son: me refiero a esa sensación conocida de que, en algunos momentos críticos, hay alguien más junto a nosotros. Son la compañía, tan necesaria como ficticia que a veces «fabricamos» cuando estamos completamente solos. Tan sabio es nuestro organismo que, cuando las necesitamos, nos regala herramientas suplementarias. «Después de haber sufrido lo que se sufre en las montañas, después de haber vivido esas situaciones trágicas ¿Cómo podéis volver?» Ésta, también, es una de esas preguntas recurrentes en coloquios. La repuesta la encontré en una conferencia magnífica a la que tuve el privilegio de asistir. El ponente era Luis Rojas Marcos: «Porque tenemos la capacidad de olvidar». Su conferencia versaba en torno a la depresión y él subrayaba la capacidad de olvidar como elemento clave para poder disfrutar de una vida plena.

Carlos Tudela.
Carlos Tudela.

Hace poco estuve escalando en distintos lugares de Alicante. Como tantas veces ocurre, el principal motivo para escalar no fue la montaña, ni la ruta que definimos como objetivo aparente. En este caso era rendir homenaje póstumo a Carlos Tudela, magnífico escalador y a la vez, persona auténtica, rocosa, autoexigente, inmensamente apreciable, cálida, discreta, enamorada (entre otras cosas) de la vida… se celebraba el 'XVIII Rally de las 12 Horas del Peñón de Ifach', evento de cuya alma Carlos era parte inseparable. El espléndido ambiente vivido allá sería merecedor de otro espacio en estas páginas, pero continuando con el hilo principal, Carlos murió con las botas puestas. A los 62 años, en plenitud de facultades, mientras apretaba la mano de Rosa, su compañera de escaladas, de vida. Y de muerte. Amaba las cimas de modo integral: ubicándolas al recorrido, lo cual le hacía huir como de la peste, de sus rutas normales. Un pico rocoso como él, el Bardamina, en el entorno de Eriste, fue su última escalada. Aquella mañana, como todas las de su vida, antes de salir de casa, Carlos y Rosa olvidaron lo frágil que es la vida. Como lo hacemos todos, todas las mañanas de las nuestras. Tan sabio es nuestro organismo que, entre otras muchas cosas necesarias, nos procura olvidos. Gracias a ellos, en el más amplio sentido del término, vivimos.