Otra forma de caminar por la montaña

Cumbre nevada del monte Ida, en la Isla de Creta. /Patric Rosberg
Cumbre nevada del monte Ida, en la Isla de Creta. / Patric Rosberg

Las lecturas de Robert Mcfarlane, María Belmonte y Patrick Leigh Fermor enseñan cómo disfrutar de caminos y cimas sin necesidad de conquistarlos ni de coleccionar buzones

Javier Muñoz
JAVIER MUÑOZ

«Desde el talón hasta la punta de los dedos de mis pies hay exactamente 29,7 centímetros, u 11,7 pulgadas. Esa distancia que mide una potencial progresión, también es una magnitud de pensamiento». Esta es tal vez una de las mejores descripciones de algo tan elemental e indefinible como es el deseo de caminar que anima a miles y miles de senderistas, a esos miles y miles de razones por las cuales este periódico ha creado la sección Mendian en su web.

La cita es de Robert Macfarlane, autor de culto para muchos aficionados a la montaña, a las caminatas por parajes solitarios u olvidados y, además, lectores empedernidos. De la relación entre todo ello, de cómo esos elementos forman parte de una misma idea, andar, observar, escribir, leer, pensar, soñar, dan fe la cantidad de libros que se titulan o subtitulan 'Un viaje a pie por aquí o por allí'.

A mí me bastó con echar un vistazo a mi modesta y desordenada biblioteca una tarde de domingo para reencontrar casi al azar 'Los senderos del mar', de María Belmonte, que describe un recorrido por etapas a lo largo de costa vasca. Es un ensayo delicioso por las cosas que cuenta y más aún por cómo las cuenta, también subtitulado... 'Un viaje a pie'.

«Porque con tu tranquilo deambular, con una mochila por todo equipaje –reflexiona la escritora–, te alejas de los lugares en los que prima el rendimiento, la eficacia y la codicia y te dedicas al puro placer de existir (…). Thoreau escribió que no hay que ir a lugares remotos, que lo más próximo puede ser extraordinario».

Cuando releí estas frases enseguida recordé al montañero y amigo al que acompañé durante años en infinidad de excursiones y que me insistía en que contemplara el paisaje, que disfrutara de él, que me uniera a él y prestara atención al silencio. Pero yo le preguntaba cuántos kilómetros hacíamos, cuál era el desnivel acumulado y los buzones por donde íbamos a pasar. Él estaba pendiente de todo eso, pero no perdía la oportunidad de explorar un camino oculto por la maleza, una senda que antaño pudo haber sido transitada por carretas y de la que nadie se acordaba, porque moría en un pueblo abandonado.

Alargar la excursión

Mi compañero se detenía para coger una piedra de rara belleza y la contemplaba. No le importaba desviarse de la ruta, alargar un poco la excursión. No competía, mientras que yo pensaba en el desgaste físico, en las ascensiones que mis piernas podían aguantar; avanzaba como un soldado a la conquista de una colina. «No te fijas», me reprendía mi amigo. «Siempre estás enfurruñado». Entonces escuchábamos el canto del cuco y nos metíamos las manos en los bolsillos sin dejar de sonreír. El bosque resplandecía y nosotros, unos intrusos, carecíamos de importancia. Estábamos a un par de horas de casa, pero habíamos cruzado una especie de frontera.

Mcfarlane escribe en su libro 'Las viejas sendas', compendio de tres años caminando por cañadas, veredas, rutas y cimas de Escocia, Inglaterra, Escocia, Palestina, España y China: «Salí de casa al despuntar de un día de finales de mayo, mientras mi familia aún dormía. Me monté en mi bici y crucé calles todavía tranquilas a esa hora. Luego subí hasta una colina caliza que recuerda el dorso de una ballena, crucé los campos que se ocultan tras un bosquete de hayas… para alcanzar finalmente la vía romana».

Una vía romana al lado de tu casa. El entorno más cercano esconde tesoros, solo hay que ir a buscarlos. Puedes subir todos los días a un monte de tu pueblo y descubrir algo nuevo, incluso vislumbrar 'una colina caliza que recuerda el dorso de una ballena', como Macfarlane. Pero lograrlo requiere caminar con atención. «Los viejos caminos raramente desaparecen, a no ser que el mar se los trague o el asfalto los entierre. Perduran en el paisaje como tenues vestigios, visibles solo para aquellos que saben mirar», dice Macfarlane.

Quienes tienen esa capacidad saben que la aventura acecha en la punta de las botas. Nadie sabe lo que pasará, qué sentimientos puede inspirar la visión de una cima al despuntar el alba. El viajero y escritor, Patrick Leigh Fermor, Paddy, autor de 'El tiempo de los regalos', se emocionó durante un amanecer cuando participaba en una operación en la Segunda Guerra Mundial. Había secuestrado a un general alemán en Creta con la ayuda de unos partisanos y hubieron de moverse de un sitio a otro para esconderlo en la abrupta isla. «Un instante curioso», relató Paddy en el libro que publicó sobre aquella aventura. «El amanecer entrando a raudales por la boca de la cueva, que formaba como un marco alrededor de la cresta blanca del monte Ida».

Cuando Paddy, otro inglés y el alemán estaban tumbados en el suelo, sucedió lo inesperado: «Vides ut alta stet nive candidum Soracte», recitó suavemente el prisionero. Eran el verso inicial y parte del siguiente de la oda IX, 'A Taliarco', del poeta Horacio. Paddy siguió: «Nec iam sustineant onus, silvae laborantes geluque/ Flumina constiterint acuto». Y recitó el resto hasta acabar. El alemán guardó silencio y finalmente dijo: «Ach so, Herr Major» (caramba, comandante). Y Paddy sintió que «durante cinco minutos la guerra se esfumó sin dejar rastro».

La traducción del latín que los dos enemigos recitaron juntos es como sigue: '¿No ves cómo resplandece de nieve la alta cima del Soracte/ y los bosques, agobiados por la escarcha,/ apenas resisten su peso y los ríos detienen su curso/ encadenados por el hielo penetrante?'.

Solo hace falta caminar y mirar.