El mirador de montañas más estimulante a la sombra del Mont Blanc

El mirador de montañas más estimulante a la sombra del Mont Blanc

El entorno del italiano refugio de Torino ofrece actividades de montaña de todo tipo en un paisaje cargado de estética y de historia del alpinismo

Óscar Gogorza
ÓSCAR GOGORZA

Existen escenarios de montaña con un contenido estético e histórico tan generoso que resulta complicado asimilar. Uno necesitaría muchas visitas, perspectivas diferentes, enfoques renovados y generosidad en la imaginación para absorber tanto lo que se ve y perdura como el trazo dibujado por los alpinistas, algo efímero, intangible pero real. Las montañas cobran su verdadera dimensión, o al menos su dimensión más humana con las historias que en ellas se desarrollan. Y pocos lugares han sido testigo de sueños, epopeyas, dramas, locuras y hazañas como éste incomparable rincón alpino: la vertiente oeste del Mont Blanc.

El refugio de Torino, plantado a los pies del techo de los Alpes, es uno de los miradores del macizo homónimo que cortan la respiración. Aquí conviven glaciares que se retuercen y sufren, seracs colgantes que amenazan ruina, granito rojo que se enciende al amanecer y sigue brillando cuando la luz mengua, nieves perpetuas, aristas infinitas, pilares rocosos desafiantes, pendientes heladas vertiginosas… todo parece grande, desmedido y desproporcionado, y más si se observa el lento deambular de las cordadas que buscan su camino desde el refugio, hormigas buscando un no se sabe qué. Un vistazo de 360 grados equivale a imaginarse en mitad de una sala ovalada del mejor museo de arte, salvo que aquí, no se aprecia la mano humana. Sin la historia que lleva aparejada, son 'solo' montañas bellísimas, pero es el recorrido de las mujeres y los hombres que exploraron y exploran este rincón privilegiado de los Alpes el que eleva el tono de la puesta en escena.

Apenas a 10 minutos de marcha del refugio de Torino, colgado a 3.460 metros de altitud y saludando allá abajo el valle de Aosta, se abren de par en par todas las puertas del lugar, perfectamente dominado por la cara oeste del Mont Blanc, la misma que alberga la vertiente de la Brenva, pero también lugares tan icónicos como la majestuosa arista de Peuterey o el Grand Pilier D´Angle defendido por un glaciar de aspecto tan intimidante como infranqueable. De izquierda a derecha, la vista sobrevuela aristas tan espectaculares como la Kuffner o la del Diablo, líneas destacadas del Mont Maudit y del Mont Blanc de Tacul, las dos moles que flanquean el techo alpino. Como guardianes fieles de estos dos 'cuatromiles' de leyenda, se erigen unas puntas doradas de granito, entre las que destaca el Grand Capucin. La vista pide un descanso, repasar de nuevo el desfile de imágenes, pero se detiene en un punto lejano, la Aiguille du Midi, el símbolo de Chamonix, donde se detiene el teleférico más emblemático del planeta. La mirada cae a la derecha, se pierde glaciar abajo por el valle blanco, el paraíso de muchos esquiadores y vuelve a elevarse para contemplar los Drus, desde éste lado tímidos guardianes de la Aiguille Verte, inmensa, majestuosa y flanqueada a su derecha por las vertientes menos escarpadas de las Droites y las Courtes. La vuelta de 360 grados culmina con la aguja más llamativa del lugar: el diente del Gigante, verdadero incisivo de roca plantado a los pies de la arista de Rochefort, cuyo hilo blanco conduce hasta la cima de las Grandes Jorasses.

El propio entorno del refugio de Torino ofrece accesibles balcones para aquellos montañeros que hayan demostrado que saben moverse por un glaciar y dominar el abismo de las aristas. En la práctica, se trata de recorridos alpinos sencillos, muy accesibles desde el refugio y que ofrecen una perspectiva asombrosa del lugar… aunque se requiere experiencia. Por aquí trabajan a destajo mucho guías tanto italianos como franceses, pero cada vez más españoles, sin las prisas ni los agobios propios de las rutas habituales que conducen al Mont Blanc.

El ambiente en el refugio de Torino siempre es agradable y desde su puerta la variedad de objetivos amables a mano permite que no se den imágenes de masificación propias de los lugares más perseguidos. Mientras unos giran hacia el diente del Gigante y la bellísima arista de Rochefort, otros se detienen mucho antes y deambulan arriba y abajo por la arista de las Marbrées, quizá el mirador próximo más destacado de la zona. También a dos pasos de refugio, la sencilla arista de la Virgen divide dos glaciares y se hunde hacia el valle blanco hasta alcanzar una punta desde la que contemplamos con perspectiva todo el escenario en su plenitud. Pero hay mucho más. Otra arista cercana, aérea y estética es la arista de Entreves, y exige estar familiarizado con el vacío. Entreves custodia la entrada a la majestuosa Tour Ronde accesible desde varios itinerarios: si su ruta normal resulta peligrosa en verano (caída de rocas), su arista sureste es un camino más complejo pero sumamente estético y abre las puertas de su cima. Es el vértice más generoso en las inmediaciones del refugio, superado en cambio por las vistas sublimes que ofrece la cima del diente del Gigante. En ambas cimas, una Madonna metálica saluda al recién llegado mostrando incluso los impactos de los rayos en su cabeza.

Los escaladores se deleitan al sol, preferiblemente en el Grand Capucin y en sus torres contiguas: el tridente o la punta Adolphe Rey. Los más atrevidos miran de reojo el Grand Piler D ´Angle y otros sueñan con la vertiente del Frêney. Siguen los pasos de los grandes, de Bonatti, quizás, el ejemplo perfecto de comunión entre montañas y hombres.

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