La escalada deportiva y la ensalada de grados de dificultad, una historia de cifras, letras y subjetividad (II)

La escalada deportiva y la ensalada de grados de dificultad, una historia de cifras, letras y subjetividad (II)

Un repaso desde los orígenes del montañismo hasta el noveno grado de dificultad en escalada

ÓSCAR GOGORZA

Para llegar donde hemos llegado, resulta inadecuado olvidar que la escalada deportiva es el penúltimo eslabón de una cadena que nació con la ascensión al Mont Blanc a cargo del Dr. Gabriel Paccard y su guía Jacques Balmat. Fue en 1786 y se considera la primera actividad de la historia del montañismo. Casi un siglo más tarde, las principales cumbres alpinas han sido conquistadas y cuando Edward Whymper logra plantarse en la cumbre del Cervino, en 1865, algunos empiezan a recorrer las montañas con una nueva mirada, buscando nuevas dificultades. Desde entonces, unas conquistas tapan las anteriores, siempre apuntando hacia niveles de excelencia que también van parejos a la evolución de los materiales: cuerdas, arneses, pies de gato, magnesio, empotradores de levas toman el lugar del cáñamo, la cuerda anudada a la cintura, las botas, las manos desnudas o los clavos. En el caso de la escalada deportiva, la seguridad casi absoluta en la progresión y las caídas sin consecuencias dañinas permiten eliminar el compromiso y la inseguridad, motores determinantes para disparar el rendimiento. Pero si la deportiva es hoy una actividad muy segura, el camino recorrido observa numerosos puntos de inflexión.

El inicio del siglo XX traerá consigo el uso de la cuerda y de los seguros para detener las caídas. Son remedios de fortuna que hoy en día matarían de angustia a cualquier escalador. Todavía hoy, los que recorren la vía Pidal-Cainejo al Urriellu, alucinan al imaginar la primera ascensión de la montaña, en 1904, con un Cainejo descalzo, un marqués de Pidal con su visión y su cuerda comprada en Londres cuyos restos quedaron fijados en la pared con nudos y piedras empotradas para asegurar el descenso. Contrariamente a lo que se pueda estimar, la escalada libre, como concepto, data de los años 20 del siglo pasado: en 1926 se establece la escala de graduación de Wenzelbach, que cota la dificultad entre I y VI grado, limitando la progresión al uso de pies y manos. En aquél momento, el sexto grado era el límite absoluto: no cabía imaginar mayor dificultad. Paradójicamente esa creencia permaneció como un dogma de fe hasta finales de los años 70. Una prueba: el pasado verano, Javier Alonso Aldama escaló la vía Casiopea, abierta por él exactamente 40 años atrás, en la Torre salinas (Picos de Europa). El croquis original señala una dificultad de V +. Una vez en la cima, se mostró escandalizado: la dificultad de la vía era mucho mayor, con pasos de 6 b nada evidentes. «Tengo que cambiar la graduación original para que nadie se haga daño», dijo. «Entonces, como el sexto grado nos parecía el límite, no se nos ocurría ir más allá», razona. Tenían tanto talento que no sabían lo mucho que escalaban.

En los años 30 se empiezan a usar con frecuencia pitones y estribos para progresar: es la génesis de la escalada artificial, que convivirá de manera paralela a la vida de la escalada en libre. Aquí llega la suela de goma Vibram, creada para que «no se matasen los montañeros al patinar en la roca» y también llegan las conquistas de enormes paredes alpinas: son los años Cassin, por ejemplo. Cuando el francés Pierre Alain inventa el primer modelo de pie de gato, en 1958, la revolución en la conquista de las grandes paredes es vertiginosa. Paradójicamente, el afán de conquista, la necesidad de forzar los límites en paredes como el Dru o El Capitán, traen consigo una involución en el crecimiento de la escalada en libre. Por un lado, llegan los seguros de expansión con su carga ética, y por otro los años 60 y 70 contemplan el auge imparable del artificial, la técnica que todo lo conquista y que hace furor en Yosemite. En paralelo, un gimnasta llamado John Gill inventa la escalada en bloque, adaptando a la roca los puntos fuertes de su deporte. Es la pureza del movimiento, sin artificios, que corre en paralelo al trabajo de orfebre de los que escalan en artificial.

Así, conviven al unísono diferentes formas de entender la escalada, desde el bloque al libre en pequeños muros, pasando por el artificial o combinando en grandes paredes todos los estilos posibles. En 1975, Kurt Albert y su punto rojo empezará a poner a todo el mundo de acuerdo, colocando los cimientos de la escalada deportiva tal y como se conoce ahora mismo.

Los años 80 verán instalarse definitivamente la escalada deportiva, generalizándose el uso de expansiones para protegerse de las caídas. Francia, de la mano de figuras como Patrick Edlinger, Patrick Berhault o Catherine Destivelle (y Le Menestrel, y tantos otros) abandera una revolución realmente urdida por los alemanes Albert y Wolfgang Güllich. Este último, considerado hasta la aparición de Adam Ondra como el mejor escalador de la historia, desarrollará nuevos métodos de entrenamiento que le permitirán elevar el grado de dificultad desde el 8 b hasta el 9 a en apenas un lustro. La generalización de la deportiva permitirá mirar las grandes paredes con nuevos ojos: se trata de 'liberar' rutas abiertas en artificial. En este sentido, no hay hito más estimulante que el logro de Lynn Hill al liberar la vía The Nose (El Capitán) en 1993.

Estos últimos años, la mejora evidente en los métodos de entrenamiento han permitido al checo Adam Ondra conducir los límites de lo posible hasta un grado inaudito: es autor del encadene del primer 9 c de la historia. Algunos piensan ya en el décimo grado…

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