El horror de los niños detenidos en la frontera vuelve a sacudir EE UU

Inmigrantes centroamericanos se ayudan para cruzar el río Bravo a su paso por la ciudad mexicana de El Paso./REUTERS
Inmigrantes centroamericanos se ayudan para cruzar el río Bravo a su paso por la ciudad mexicana de El Paso. / REUTERS

Donald Trump pospone las redadas masivas, pero las condiciones de los centros de detención se asemejan a los campos de concentración

MERCEDES GALLEGOCorresponsal. Nueva York

Sus cuerpos no tienen nombre, puede que nunca lo tengan. La etiqueta que le han colgado del tobillo en la morgue del condado de Hidalgo (Texas) sólo tiene un número, pero los que más estremecen son los que puso en un tuit el sheriff Eddie Guerra: «Una mujer de unos veintitantos años, dos niños y un bebé». Murieron tras cruzar el río Bravo, aún se desconoce cómo, en un rincón del parque nacional Anzalduas conocido como 'El Rincón del Diablo'. No muy lejos hay mesas de picnic para los domingueros. El presidente Trump lo visitó en enero para subrayar la necesidad de construir el muro que ha prometido y, por si la presencia de narcotraficantes y coyotes no asustan los suficiente, aseguró que en esa zona capturaban «hombres de Oriente Medio». Solo que esta mujer y presumiblemente sus tres hijos parecen venir de donde la inmensa mayoría de los 144.000 inmigrantes detenidos el mes pasado por cruzar ilegalmente la frontera, del triángulo centroamericano que forman El Salvador, Guatemala y Honduras.

Si hubieran estado vivos cuando los focos de las patrullas fronterizas iluminaron la espesa oscuridad del parque, es posible que hubieran acabado en una de las instalaciones para menores que tienen horrorizada a la opinión pública mundial y hasta a los jueces del Noveno Circuito de Apelaciones. «¿Es que usted no cree que tener acceso a un jabón, una manta y un cepillo de dientes es básico para decir que hay condiciones sanitarias?», le preguntó indignado la semana pasada uno de los jueces a una abogada del Gobierno de Trump, que ha cortado el acceso de productos básicos.

Y eso que estos jueces no han visto los lugares en los que se hacinan. Los médicos y abogados que la semana pasada visitaron uno de estos albergues en Clint (Texas) quedaron tan espantados que decidieron jugarse los casos que llevan y hasta la licencia al denunciarlo abiertamente a la prensa, empezando por Associated Press y terminando con las principales cadenas de televisión.

Epidemias de gripe mortales

Cientos de criaturas en barracones sin ventanas, durmiendo en el suelo con papel térmico por manta, obligados a cuidarse unos a otros, algunos incentivados con comida para convertirse en capataces dentro de las instalaciones. Epidemias de gripe que han costado varias vidas. «Le pregunté a una de las niñas por qué el bebé que tenía en brazos no llevaba pañales», contó al canal ABC News la abogada Warren Binford. «Me miró sorprendida y me dijo que no lo necesitaba. En ese momento el bebé se le orinó encima y se puso a llorar. Tienen a niños cuidando niños que no saben que hacer».

A las madres que les permiten ocuparse de sus bebés ni siquiera se les da acceso a agua corriente para lavar los biberones. Hay plagas de piojos que al menos en un caso los guardias solucionaron proporcionándoles dos peines para 350 niños. «Arreglároslas», dijeron. Y cuando uno de los dos peines se perdió, castigaron a los chicos quitándoles las pocas mantas y colchonetas que había en el barracón.

«Siempre han pasado cosas horribles en las instalaciones de las patrullas fronterizas, especialmente con los niños», explicó la misma abogada a la revista 'New Yorker'. «Lo que ahora nos preocupa es el número de niños que arrestan, las edades -el más pequeño tenía dos meses y medio- y el tiempo que los tienen allí -legalmente es un máximo de 72 horas, pero casi todos los que entrevistaron llevaban varias semanas-». Ante esas condiciones, la noticia de que Donald Trump ha pospuesto las redadas «masivas» que había anunciado no ha logrado devolver el sueño a quienes se preparan para perder a sus hijos. «Es un aplazamiento, no una solución», subrayó el arzobispo de Miami, Thomas Wenski, una de las diez ciudades que se enfrentan a la batida. Son sus iglesias el último santuario al que acuden quienes forman parte de esta nueva lista de Shindler.