Crisis en Venezuela

«La leche hace años que no la vemos. Aquí toda en polvo»

Un hombre vende medicamentos en plena calle. /Reuters
Un hombre vende medicamentos en plena calle. / Reuters

El desabastecimiento de alimentos, medicinas y combustible mantiene contra las cuerdas a los venezolanos, prisioneros de la falta de efectivo en las calles

JON G. ARAMBURU CARACAS

Carlos Pineda, profesor universitario en la Universidad Arturo Michelena, a escasas dos horas en coche de Caracas, no olvidará ese día de finales de julio en que el infierno se abrió bajo sus pies. Fue cuando diagnosticaron un cáncer irreversible a su hermano Ángel y él comprendió que no podía abandonarlo a su suerte y que esa decisión iba a hacer saltar por los aires su ya de por sí maltrecha economía. Venezuela no es buen país para enfermar: el desabastecimiento de alimentos, de medicinas, incluso de combustible en un país con unas reservas casi ilimitadas de petróleo, convierte el día a día en una permanente carrera de obstáculos. «Necesitaba su medicación, pero no podía conseguirla».

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El venezolano medio tiene por lo general un sueldo de 18.000 bolívares al mes, unos seis dólares (4,8 euros). Un salario mínimo que allí tiene rango de pauta general. Un sistema perverso, que obliga al trapicheo permanente, a estrujarse las meninges para ver el modo de sobrevivir al día a día; cuando el único salvavidas son las propiedades que la familia acumuló en los tiempos de bonanza, un pariente en el extranjero, un negocio fuera del país. Los coches, la casa, las joyas, los móviles.... A Carlos le salvó tener un sobrino en Perú. «La dexametasona costaba 5 dólares allí y 1.500 aquí (1.320 euros)». Pero ese era sólo parte del problema. «Necesitaba pañales y el paquete de seis unidades costaba 4.000 bolívares (1,07 euros) –eso en diciembre, ahora se ha disparado hasta los 38.000 (10,16 euros)–. Llegó a necesitar tres paquetes diarios, sin contar el empapador de la cama, que salía por otros 2.800».

Ángel murió un mes después de que le diagnosticaran la metástasis, pero los problemas de Carlos no acabaron allí. Como cualquier venezolano tiene que lidiar cada día con un mercado desquiciado que cobra 8.000 bolívares (2,14 euros) por una docena de huevos. Eso hace tres días, porque ayer estaban a 13.000 (3,48 euros). El azúcar, a 3.000 'bolos' (0,80 euros) el kilo, lo mismo que la harina de arepa, que hace una semana se conseguía por 1.800 (0,5 euros). El queso, de 5.000 (1,33 euros) a 19.000 (5,08 euros) en apenas un mes... Desquiciante. «La leche hace años que no la vemos, es toda en polvo».

El problema, coinciden en destacar todos, es que el país, uno de los más ricos del planeta en recursos, dejó hace mucho tiempo de producir nada, entregado a una fiebre consumista que entonces era posible gracias a los beneficios sin número del petróleo, el mismo que ahora está bloqueado porque el país carece de instalaciones para su tratamiento y quienes tienen la llave para sacarle rendimiento ahora no figuran entre los amigos. CITGO, filial de la empresa nacional PDVSA en Estados Unidos, tiene bloqueados los pedidos. No es la primera vez. También ha ocurrido con el oro, lo que algunos vieron como el principio del fin.

Ciudadanos hacen cola para obtener medicamentos.
Ciudadanos hacen cola para obtener medicamentos.

El país está dominado por las mafias que hacen y deshacen, ponen los precios, comercian con la vida humana. El problema es de tal calibre porque afecta a artículos de primera necesidad, a medicinas que en cualquier otro lugar están al alcance de cualquiera. Cada vez resulta más difícil acceder a aspirinas o paracetamol, no digamos ya a un broncodilatador. Todo ello en un escenario golpeado por la fatalidad, donde enfermedades que se consideraban erradicadas –como el sarampión, la polio o el paludismo– han vuelto por sus fueros, hincando los dientes en una sociedad debilitada por una dieta donde imperan los hidratos de carbono, pero en la que es casi inexistente por ese problema de abastecimiento el pescado, las carnes, la fruta, la verdura fresca...

«Lo que me cuesta vivir»

Carlos, que todo sea dicho de paso sufre hipertensión y se trata contra ella desde los 29 años –ahora tiene 57– tiene que tomar a diario un cóctel formado por Losartan potásico, hidroclorotiacida, carvedilol, amlodipina... Sólo la caja de Losartan, un blister de 10 pastillas que le dura diez días, sale por 25.000 bolívares (6,69 euros) y recordemos que su sueldo apenas es de 18.000 (4,80 euros). «Sume todo eso y calcule lo que me cuesta seguir vivo cada tres días. Y no hablo siquiera de comida, vivienda o transporte». Que no tiren la toalla él y millones de sus compatriotas es un misterio que resuelven a diario con las remesas enviadas por familiares desde el extranjero. «Siempre me queda el striptease», dice con sorna.

Causante de este calvario es la falta de efectivo en las calles del país, lo mismo en núcleos urbanos desarrollados que en el campo. No hay bolívares, entre otras cosas porque la falta de confianza en la economía ha provocado una espiral de devaluciones a la que el Gobierno se siente incapaz de poner freno y que maquilla con medidas como la del pasado agosto, cuando decidió quitar cinco ceros a los precios delirantes –Chávez ya había restado otros seis ceros hace años–. El suyo es un intento desesperado por otorgar cierta apariencia de estabilidad a una moneda que convive en el mercado negro con inventos como el dólar paralelo, inconcebibles fuera de sus fronteras.

Los bancos sólo entregan 2.000 bolívares (0,53 euros) al día a sus clientes, que pueden sacar de los cajeros un máximo de 500 bolívares (13 céntimos de euro). Una miseria con la que apenas se costea una hora de parking. Carmen Elena T, periodista en una emisora de radio, lo resume en dos palabras que rezuman fatalismo. «Es indignante». Ella dejó de dar clases en la Universidad Arturo Michelena –tres horas semanales, doce al mes– porque su servicio a la comunidad se había convertido en una carga imposible de sobrellevar. «Con lo que ganaba en todo un semestre, 6.000 bolívares (1,60 euros), no podía ni pagarme un taxi».

 

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