«Emilio se apasionaba por todo»

Emilio Ybarra, en un partido en el viejo San Mamés./E.C.
Emilio Ybarra, en un partido en el viejo San Mamés. / E.C.

El círculo íntimo destaca su sentido de la amistad, su capacidad de trabajo, su arraigado bilbainismo y esa «ilusión por las cosas» que jamás perdió

Carlos Benito
CARLOS BENITO

La muerte de Emilio de Ybarra ha sobrecogido a los amigos que, hace solo unos días, lo habían visto surcando el Cantábrico a bordo del 'Juan Sebastián Elcano'. Pero, a la vez, esa estampa reciente en el barco les encaja de alguna manera con el perfil de un hombre siempre activo, atento a lo que ocurría a su alrededor y con una capacidad innata para disfrutar del momento, sobre todo cuando tenía cerca a sus seres queridos. «Si he de resumir el carácter de Emilio -comenta una de esas allegadas, sacudida por la noticia-, diré que era un gran amante de la vida que, a la vez, tenía un enorme sentido de la responsabilidad. Siempre estaba ilusionado por vivir, por participar».

Emilio de Ybarra era un hombre de aficiones sostenidas a lo largo de su biografía, amante de la vela, el esquí, la tauromaquia, el Athletic y la caza, pero también interesado por conocer cualquier otro asunto que se cruzase en su camino, o por indagar en los pormenores de los planes que trazaban sus amigos y animarlos a seguir adelante. Por ejemplo, recuerdan cómo fue el primero en acudir a una excavación arqueológica próxima a su finca de Toledo en cuanto se presentó la ocasión. «Él se apasionaba por todo. Por las cosas, las personas, lo que le contabas... Era incansable y nunca dejaba de hacer nada que le interesase», dice una amiga. «Se organizaba de manera que siempre llegaba a todo», sentencia otro de sus íntimos.

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Esa disposición a la actividad quedaba clara, sobre todo, en cuanto recibía la llamada de un amigo. «Tenía un concepto muy elevado de la amistad, que implicaba cierto sentido del deber: a veces se enteraba de que estabas en Madrid y venía de la finca para estar contigo», evoca un allegado. Aplicaba a las relaciones humanas el mismo concepto de la responsabilidad que guiaba otras vertientes de su vida: «Era muy trabajador, hubo épocas en las que se esforzaba como un bruto. Y supo hacer maravillas como la finca, que es ejemplar, con olivos en espaldera, alcornoques, paneles solares... Es sostenible, rentable, concebida para dejar un patrimonio perdurable». En el trabajo se mostraba «minucioso, tenaz y siempre preocupado por la gente de alrededor», según lo recuerda un estrecho colaborador de su periodo al frente del BBVA: «Fue siempre muy humano, obsesionado al principio por cerrar las heridas que se habían abierto en el banco. No diré todos, porque eso va en el cargo, pero sí que muchísimos lo consideraron un magnífico jefe».

Ya de estudiante en La Comercial de Deusto, el joven Emilio de Ybarra cumplía escrupulosamente con sus compromisos, aunque eso le supusiese incomodidades de las que otros se habrían escaqueado. «Entonces solía ir a esquiar los fines de semana en Candanchú. Viajaba con dos o tres amigos, en un 600, y a lo mejor acababan a las seis del domingo y emprendían la vuelta a casa. Hoy no parece nada, pero por aquellas carreteras... Aunque solo durmiese cuatro horas, a la mañana siguiente estaba en clase como un clavo: nunca hacía pira, aunque hubiese ido a la Quimbamba. Era un hombre tremendamente cumplidor, que años más tarde tampoco perdonaba ir al banco los sábados», le retrata un amigo de largo recorrido, de aquellos con los que compartió aventuras de juventud. «Tiempo después, teníamos un grupo que bautizamos como Bidón, de Bilbao y Donostia, porque éramos cinco de cada ciudad. Nos hicimos kaikus de color burdeos y teníamos dos citas sagradas: cuando el Athletic jugaba en San Sebastián y cuando la Real jugaba en San Mamés».

«Muy de aquí»

Porque el fútbol (o, más bien, el Athletic, que en este caso viene a ser su sinónimo mejorado) era una de sus pasiones ineludibles. «Era asiduo de San Mamés, siempre procuraba ajustar su agenda para venir. Es que era muy de aquí, aunque naciese accidentalmente en San Sebastián. Durante muchos años, tampoco se perdió la final del manomanista». En los toros, por ejemplo, le encantaban Rafa Rey o José Tomás y era habitual verle en los cosos de Madrid, Valencia o Huelva, pero «sobre todo le gustaba el toro bravo, el toro de Bilbao», y su afición no quedaba restringida a los tendidos sino que abarcaba otros ámbitos: acudía regularmente, por ejemplo, a las entregas de premios de las corridas generales o a las tertulias que desmenuzaban lo que había dado de sí la tarde. Como deportista de «gran fortaleza física», además del esquí y de navegar por el Cantábrico y el Mediterráneo, fue uno de los pioneros locales del pádel: «La primera cancha estuvo en una parcela suya del Abanico de Plentzia. Durante dos o tres años no hubo otra en Bizkaia».

«Era simpático, curioso, más bien tímido. Nunca se comportaba de manera precipitada: sopesaba mucho antes de tomar las decisiones, maduraba los temas», le describe un amigo. «Emilio era un bilbaíno de verdad, un 'bilbaino' con diptongo -añade otra-, y nunca perdió la capacidad de ilusionarse por las cosas. La ha mantenido hasta el final».