La venganza del 18 puede con Rahm

Jon Rahm lamenta uno de sus errores en la última jornada del Farmers Insurance Open. / AFP

El doble bogey con el que cerró el sábado le obliga a un ataque a las banderas que acaba mal

José Manuel Cortizas
JOSÉ MANUEL CORTIZASEnviado especial. San Diego

Ha estado toda la semana en el top de recursos informativos. El recuerdo de la maravilla que modeló Jon Rahm el año pasado en el hoyo 18, aquel eagle inverosímil por trayectoria cambiante y lentitud en el rodaje que le elevó a la categoría de campeón. Un triunfo que le hacía partir este año como jugador a batir, por defensor del título en Torrey Pines y por haber puesto en marcha su maquinaria de juego con un segundo puesto en Hawái y una victoria en La Quinta. Pero esa bandera que marca el final del día le ha cobrado un peaje demoledor. Pocas veces se habrá visto una herida tan compleja de restañar en horas. Sucedió el sábado, tras un recorrido serpenteante, con el campo tratando de liar al de Barrika con la fuerza centrífuga para hacerle salir disparado, y él empeñado en agarrarse al juego a bocados. Sacó demasiado pecho al coger el driver para un segundo golpe con el que quería coronar el green en busca del eagle y lo que encontró fue un chapuzón castigado con doble bogey y, ahí esta el tic, que le retrasaba a cuatro golpes del liderato.

Conviene rebobinar y recordarlo porque fue en ese hoyo 18 el sábado donde comenzó un capítulo oscuro, feo, demoledor para un jugador que sufría a cada paso que daba al campo. No le quedaba otra, su ambición es de ley, que arriesgar, no contentarse con pares y poner la diana en los trapos. A veces es más consecuente con las posibilidades de éxito firmar tablas en algunos hoyos y echar el resto en los que se suponen más asequibles para las características de cada jugador. Pero el de Barrika tenía el contador en marcha y no quería tardar en poner círculos rojos en su tarjeta.

En estos casos suelen pasar dos cosas, te coronas o te estrellas. Por el tono de la información pueden imaginarse que hay que marcar la segunda casilla. Y no tenía visos de que fuera así con su comienzo. Tuvo un putt de seis metros para birdie en el 1 y dejó sin cobrarse el 2 después de una de sus mejores salidas y approach de la semana. Pero comenzó a convertirse en secuencia la imposibilidad para embocar. En esa ocasión desde menos de tres metros. Nacía el domingo con una banda sonora sin estribillo, con un prolongado «¡Ohhh!» de decepción surgiendo de los espectadores que siguieron su actuación.

Las banderas esquinadas

Desde la tercera bandera se precipitaron los acontecimientos. La ubicación de las dianas tenía tela. Esquinadas, coronando el nervio más pronunciado del movimiento de los greens. Para valientes no. Marcadas para kamikazes. Y para complicarlo todo el viento hizo acto de presencia in crescendo hasta acabar poniendo de los nervios al plantel de jugadores. Era una variable que no venía mal, ya que ante el atasco que había en la cabeza podía convertirse en un elemento perverso. Sí que se dejó notar en los marcadores, ya que avanzaba la jornada y el techo tardó en llegar al -12. Así que el vizcaíno necesitaba resultados ya.

Todo o nada, el visor situado sobre el trapo. En el 3 la bola se pasa de green hasta la ladera trasera. Recuperó bien pero se quedó enganchado en un putt de los que hay que meter. No. Bogey. Un sonoro «¡Fuck!» que no necesita traducción legitimó su enfado. En el 4 algo similar. Salida perfecta y segundo envío buscando la proximidad extrema del hoyo, que casi era un balcón en la ladera que caía hacia la playa. Otra vez cruz. Allí acabó la bola. Primer tripateo, segundo bogey. Sonaba mucho el guion al de la víspera cuando acumuló tres borrones entre el 2 y el 4. Esta vez retrasó una bandera el bucle fatal.

En cinco hoyos desde el 18 del sábado ya se había quedado sin cuatro golpes de ganancia. La cuesta se empinaba una barbaridad. Y lo haría aún más. Cuando está de que no, por mucho que hagas la recompensa se resistirá. Recibió una brizna de fortuna en el 5, cuando desde el centro de la calle golpeó sin control y la bola rebotó en el reborde del rough con efecto pared para dirigirla al green. Ni eso aprovechó. Pateó para birdie rodando a un dedo de la coordenada exacta y sólo tenía que embocar desde menos de un metro para cerrar la sangría con el par. Segundo tripateo, tercer bogey.

Fue como una puntilla para el de Barrika, cuya mirada ya comenzaba a clavarse indisimuladamente en el suelo. Trataba de ocupar el tiempo entre golpes limpiando los surcos de sus hierros con el tee, pero era como una válvula de escape, una forma de creer que no estaba allí, que no le estaba sucediendo algo tan ingrato como verse fuera a las primeras de cambio en la jornada final de la lucha por reeditar su éxito. Y tuvo aún otra banderilla extra de castigo. Seguida, para desangrarle. Cuarto bogey seguido y en un par 5, que es como multiplicar el escozor al tratarse de su coto de caza favorito.

Con -3 en el día, se abría para Rahm una lucha contra él mismo para no acabar reventado por el campo que un año atrás le dio todo. Seis pares seguidos le estabilizaron en una zona sombría, y el ánimo que sintió con su primer birdie al 13 se lo arrebató ipso facto el 14. Y ya no tuvo energía ni mentalidad para más. Otros tres bogeys en el 14, 15 y 17 y el maquillaje de rozar el eagle que buscó el sábado y hacerle un birdie al esta vez maldito 18 en la despedida. Dos bajo par en el cómputo y más cinco en un día que fue una pesadilla.

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