«Cuando la heroína, me vino bien ponerme chungo enseguida»

Evaristo en el local de ensayo de La Polla Records./Igor Martín
Evaristo en el local de ensayo de La Polla Records. / Igor Martín

Evaristo Páramos, el icónico vocalista de La Polla, repasa la historia del grupo punk alavés, reunido por su 40 aniversario

Carlos Benito
CARLOS BENITO

En 1979, no parecía nada probable que uno de los grupos más destacados del punk nacional pudiese surgir de Salvatierra, un pueblo de la Llanada Alavesa que entonces avanzaba hacia los 3.500 habitantes. Eso del punk parecía cosa de ciudad, a imitación de los londinenses insolentes y los neoyorquinos alienados, y no de chavalería rural y currante. Y, sin embargo, La Polla Records no tardaron en convertirse en uno de los emblemas más sólidos del movimiento en nuestro país. Al frente estaba el incombustible Evaristo Páramos, un vocalista nacido en Tui (Pontevedra) que examinaba en sus letras los recovecos de la Transición para sacar a la luz sus vergüenzas. Pese a ese nombre que les cerraba tantas puertas, La Polla se convirtieron en semidioses bárbaros para muchos adolescentes que atesoraban sus casetes, copias de copias que circulaban por los patios de colegios e institutos como contraseñas generacionales.

La Polla Records, disueltos en 2003, vuelven ahora para celebrar su 40 aniversario. Lo hacen a lo grande, con un disco para el que han regrabado diecinueve temas de sus tres primeros álbumes (más uno nuevo) y una gira programada para el otoño (la única fecha vasca, el sábado 19 de octubre en el BEC de Barakaldo, la patrocina EL CORREO). El quinteto está ensayando en el local de Gatillazo, el grupo actual de Evaristo: se trata de un habitáculo forrado de carteles, fotos y recuerdos en un polígono industrial de Salvatierra, el mismo pueblo donde todo empezó. Allí atiende también a la prensa el cantante, con la ironía siempre 'on'.

– ¿Cómo era la vida de un joven en Salvatierra hace 40 años?

– Era ir a un curro de mierda. Nosotros éramos un grupo de garaje, porque todos currábamos en un garaje u otro. Se cobraba poco, pero la relación entre el precio de la cerveza y lo que se cobraba estaba más ajustada que ahora. No había mucha salida, era un aburrimiento: jugábamos al mus, nos emborrachábamos y, entre semana, trabajábamos.

– ¿Cómo descubrieron el punk?

– En alguna revista de la época, 'Rock Algo', 'Rock del Carallo', no me acuerdo. También vi un documental de la segunda cadena en el que salía un punk inglés, y me llamó la atención porque lo que decía conectaba con lo que yo pensaba.

– ¿Se vestían de punkis?

– Una vez, en sanjuanes, le dije a la cuadrilla de disfrazarnos de punkis, y al final salimos tres. Dos estuvimos después en el grupo, así que ya nunca nos quitamos el disfraz.

– ¿Recuerda qué se puso?

– Una chaqueta de mi viejo dada la vuelta, unas cadenas y, como trabajaba en un garaje, unas válvulas de motor, que luego iba por ahí haciendo ding, ding, ding... También me metí un imperdible gordo en la boca, que me podría haber dado un 'paralís'. Luego me metí más. Ahora no lo haría, no vaya a ser que dé con el nervio adecuado: uno siempre ha sido guapo, solo me falta tener torcido un lado de la cara.

– ¿Cómo reaccionó la gente del pueblo cuando se hicieron punkis de verdad?

– En los bares de Inglaterra ponía aquello de 'No Irish, no blacks, no dogs'. Aquí no había letrero, pero era como si estuviera puesto: hablaban de nosotros como de los perros, como si no existiéramos. Ahora parece que somos lo más bonito.

– ¡Les han organizado hasta una exposición!

– Hombre, de la gente que anda en eso, uno era de mi cuadrilla y otro de mi otra cuadrilla. Los otros no nos harían nunca una exposición. Eran los alcohólicos que te llamaban drogado por fumarte cuatro porros de 'henna', que ni colocaba ni nada.

– ¿Qué drogas tenían a su alcance?

– Moscatel, Voll-Damm y hachís. Las demás no existían entonces para nosotros.

– ¿Por qué acabó usted de cantante del grupo?

– Porque era el bocazas oficial, ¡ya venía jodido desde pequeño!

– ¿Era un niño punk?

– Era un niño majarón. Y además era el único gallego que había en el pueblo, el galleguiño, y tenía unas orejas orgullosas, así que estaba marcadísimo. Hacía cosas raras: me subía al alto de La Nevera a cantar... Me gustaba jugar solo, porque los demás niños hacían trampas, aunque luego yo también aprendí.

– Entonces, la gente que le conocía tampoco se sorprendió tanto al escuchar sus letras.

– Al principio las letras eran cualquier cosa: teníamos una al aburrimiento, claro. Luego les pusimos una especie de algo. Vas teniendo un añico más y ves lo que tienes alrededor, vas a capitales...

– Muchos punks eran de ciudad. ¿Tenía alguna ventaja ser de pueblo?

– Que te ponían el pie a tierra cagando hostias. Cualquiera te decía '¿pero qué andas haciendo, gilipollas?'. En la ciudad a la gente se le va más, hay más sofisticación, más culturetas.

– ¿A qué aspiraban en aquel momento, qué ilusión tenían?

– A mí me daba el aire de los camiones y me imaginaba tocando en un sitio con luces, ¡wawawawa...! Nada más.

– Dejó de trabajar, así que algún futuro vería.

– Eso fue porque me aposté veinte duros con un mecánico a que no volvía al curro, cuando andábamos revolviendo con el grupo. Me salió el nombre porque, al rascar una cubierta de un Avia, me clavé uno de esos clavos difíciles de buscar y dije: '¡Cagüen la polla!'. Y ya está, el nombre que buscábamos.

– Los conciertos de entonces eran muy locos, ¿no?

– Sí, había las tres bes de Urtain: 'biolencia', 'buevos' y 'belocidad'. A veces había peligro real, pero era parte de la emoción. Se juntaban tíos que se describían como neonazis y tíos que se describían como anarquistas, todos con 18 o 20 años, je, je, y algunos incluso sabían de lo que hablaban. Algunos entre los que no me cuento: si sé de lo que hablo ahora, vamos que jodemos. Pero había muchas ganas: fuimos la generación que coincidió con aquel paripé de la Transición. Ahora lo dice tanta gente que parece que ya no mola, pero fue un paripé. Ruptura o reforma, decían, y ganó la reforma, ¿reforma de qué? ¿Cómo se llamaba lo que había antes? Democracia orgánica, para que te jodas.

– A usted no le gustaba nada que le escupiesen en los conciertos.

– Yo también he ido a ver a otros y les echaba un par de 'pollos', un poco por decirles 'no te lo creas', así que después admitía que me hicieran lo mismo. Pero se salió de madre, era una payasada y una porquería. Claro que no te puedes estar pegando con todo el mundo, porque siempre eres menos.

– Si apareciese Dios de repente aquí, en el local de ensayo, y le diese la posibilidad de revivir un concierto, ¿cuál elegiría?

– El de las fiestas de Madrid, pero sabiendo qué estaba pasando: por qué estábamos en un cartel con Obús y Bella Bestia, qué hacía allí El Pirata de presentador, por qué pusieron las vallas a tomar por el culo y por qué salió un montón de 'madera' a pegar a los primeros que saltaron... Rollo político, adelanto de elecciones, cosas de mánagers... Sigo sin saber qué pasó allí. Habría sido un festi potente.

– ¿Y revivir sin más?

– Muchos, muchos, muchos fueron la bomba. Terminabas el festi y solo se podía comentar con una onomatopeya: buuuah...

– ¿Era feliz en esos momentos?

– Al terminar el festi, sí. Luego hacía un poco más de fresco.

– Los hubo que hicieron historia, como aquel con Decibelios, Eskorbuto y Desechables en las fiestas de Bilbao de 1984.

– ¡Fue la primera vez que me empezó a hablar la gente de las cajas de ahorros de Salvatierra, porque salí en EL CORREO! No voy a decir nombres, porque esto es un pueblo, pero me acuerdo de ellos.

– ¡Y eso que aparecía en la foto con la cruz ardiendo!

– Nos costó entrar en EL CORREO y 'El Diario Vasco', pero también en el 'Egin'. La Polla no encajábamos en ningún sitio. Por un lado, íbamos a la contra de una sociedad formal. Por el otro, éramos juventud apartada de la 'lucha revolucionaria'.

– ¿Y la etiqueta de Rock Radical Vasco, para qué sirvió?

– ¿Más que para líos? Para que se conociera fuera un rollo, para que la gente hablara de ello, pero creo que aquí nadie se la quedó.

– Pero les vino bien para tocar más, ¿no?

– A nosotros no nos cambió nada. Para cuando salió, ya estábamos tocando y después seguimos más o menos igual.

«Ligeramente de izquierdas»

– ¿Cómo encajaban ideológicamente en aquel movimiento?

– Nosotros no teníamos ningún rollo ideológico. Yo me buscaba la vida haciendo las letras y luego se votaban en el local.

– ¿Hacían asamblea?

– Todos teníamos que dar la cara por lo que se cantaba. En los tres primeros discos canté un poco lo que me dio la gana, sin consultar, pero después acepté la norma.

– ¿Y le vetaban mucho?

– A ratos.

– ¿Usted cómo se definiría políticamente?

– Estúpido, quizá.

– ¿Y desarrollándolo un poco más?

– Soy ligeramente de izquierdas.

– Siempre ha llevado regular lo de la fama: eso de que le idolatren, le endiosen...

– Con lo que canto, la gente viene diciendo 'me gusta mucho' y dan ganas de responder 'entonces, ¿qué haces aquí?'. Pero uno se acaba haciendo: admito fama como animal de compañía, aunque no me pone cachondo ni nada. Es que es muy exagerado el rollo de 'La Polla, lo que sois, lo que fuisteis'. Puedo entenderlo, pero no lo veo para tanto porque lo he visto por dentro. Como dicen en mi pueblo, ¡a mí me vas a decir!

– Pablo Iglesias, por ejemplo, ha escrito que aprendió mucho de política escuchando a La Polla.

– Pues él verá lo que hace. Yo creo que habrá leído libros también.

– ¿Sin droga todo habría sido diferente?

– Yo he tenido épocas de droga y de no droga, y la más potente fue de no droga. Para cuando la gente se enteró de que no me drogaba, ya llevaba años poniéndome como un cristo. Llegaban tarde al balón.

– ¿La música del grupo habría cambiado sin drogas?

– Probablemente las letras habrían tenido mucha más mala hostia. La combinación de neuronas que destruye la droga, incluyendo el alcohol, me ha dejado esas letras.

– Muchos han muerto por el camino y usted sigue aquí. ¿Cuestión de suerte, de buena cabeza...?

– Tuve la suerte de que, al principio, cuando todo el mundo cascó con la heroína, yo me puse enfermo muy pronto y no podía jugar más. Había gente muy fuerte, de buena genética, a la que le aguantaba el cuerpo y, para cuando se daban cuenta, ya estaban jodidos. Me vino bien ponerme chungo enseguida.

– Ahora tiene 58 y hace vida sana, ¿no?

– Sí, sí, ¡vida sana! A ver, ¿qué hago de sobra? Me podría quitar algunos traguicos de vino, pero entra bien el vino con la comida, y también la comida con el vino.

– ¿Cómo ha sido lo de reactivar La Polla?

– Me llamó un colega de Barcelona y me preguntó por los derechos digitales. Había peña que se lo estaba llevando muerto y tenía que ser nuestro. 'Vais a tener que hablaros', me dijo. Empezamos a moverlo y acabamos llegando a la oportunidad de dar un paseíllo.

– ¿Por qué le entraron ganas?

– Vi a los viejos combatientes y a los dos chavales de la última época, que están conmigo en Gatillazo, y me dije que podría estar bien organizar un ataque aéreo. A ver si tenemos huevos de hacer los festis, con un repertorio de hora y media, que eso aún no está comprobado. Hemos grabado un disco, con canciones de los tres primeros y una nueva, y suena que atruena. Yo estoy con Gatillazo, así que no hacemos esta movida para toda la vida.

– A lo mejor pueden reunirse otra vez cuando el grupo cumpla 50...

– ¡Dónde estaremos ahí!

– ¿Las canciones de entonces siguen sirviendo para el presente?

– Muchas sí, no les he cambiado ni una coma. Están bien.

– ¿Cómo habría sido su vida sin el punk?

– Probablemente me habría casado con mi primera novia, habríamos tenido unos cuantos hijos, habría sido una desgracia y yo habría acabado amargado, alcoholizado, trabajando en el garaje Uriarte. Iba por ahí, ese era mi futuro. Ya venía a por mí y salí pitando.

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