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Memoria y cremación del cadáver

Ventear las cenizas elimina una de las formas más potentes de la memoria: la localización de los recuerdos

RAFAEL AGUIRRE

No parece casual que en vísperas de la fiesta de los difuntos la Congregación de la Doctrina de la Fe haya hecho pública una instrucción sobre la sepultura y cremación de los difuntos y el destino posterior de las cenizas. Los medios de comunicación se han hecho eco de forma, a veces, un tanto simplista. Creo que merece la pena subrayar lo central de este breve documento, que va dirigido obviamente a los creyentes, pero que plantea cuestiones de hondo valor antropológico y en los que se juega mucho nuestra sociedad. Comencemos por situar históricamente la mencionada instrucción. El cristianismo desde los orígenes practicó la inhumación siguiendo la tradición judía y que, además, fue un uso en auge entre los romanos a partir del siglo II. Esta costumbre permaneció durante siglos, excepto en casos excepcionales, como pestes o desgracias naturales, hasta que en el siglo XIX el Santo Oficio prohibió la cremación porque entendía que se practicaba por razones contrarias a la fe cristiana en la resurrección. Esta prohibición fue derogada por un decreto del mismo dicasterio de 1963. Sin embargo, en esta disposición, como en la reciente instrucción, se manifiesta una preferencia por la inhumación por considerarla más adecuada con la fe cristiana en la vida de la persona en Dios tras su muerte.

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