Todo volumen

El concierto de Muse llenó el entorno de San Mamés de una energía joven, urbana y cosmopolita

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Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Los acontecimientos especiales invitan a la sociología comparada y ayer el concierto de Muse llenó los alrededores de San Mamés de una energía muy particular. Era una energía joven, pero no adolescente, urbana, algo sofisticada, numerosa y tranquila, un poco de diseño. No tenía nada que ver esa energía con la que conquista la zona los días de partido, flojeaba para eso en tradición, sobremesas atómicas y tribalismo. Sí recordaba un poco más a los días del BBK Live, pero sin el despendole de las vacaciones universitarias, las chancletas y las camisetas de tirantes.

A medida que caía la tarde, Pozas iba convocando a una multitud que compartía la concreta expectativa del concierto de una megabanda y un evidente gusto por las chaquetas de cuero. Como soy perfectamente capaz de saltar de la sociología comparada a la crítica textil, diré, remitiéndome al último gran concierto en San Mamés, que, si el fan medio de Guns N' Roses parecía acabar de robarle violentamente la chupa a un expresidiario sin hogar de Los Ángeles, el fan medio de Muse parece que ha cogido la primera chaqueta que ha encontrado al salir con prisa de su estudio de diseño gráfico en Islington.

Es, por supuesto, una exageración. Aunque ayer se escuchaba hablar bastante inglés en la ciudad. También variados acentos peninsulares que hacían pensar en viajes en grupo, reservas de hotel, rutas de pintxos, fotos en la ría y visitas al Guggenheim. Existe también un turismo del rock and roll. Forma parte del turismo cultural. Las instituciones están al tanto. Si Keith Moon levantara la cabeza.

Ya en la explanada de San Mamés las medidas de seguridad eran abundantísimas, pero ni las furgonetas cruzadas, ni los helicópteros, ni las fuerzas especiales se interponían entre las cuadrillas y el botellón de antes de entrar a cualquier concierto. Formando corros en el suelo, los chavales mezclaban sus bebidas a dos centímetros de algún policía que parecía ocupado en prevenir peligros más importantes. Vivimos bajo un régimen autoritario equiparable a Turquía.

Los Stones

Cuando la noche iluminó el estadio, volvió a demostrarse que esa es una combinación invencible: consigue que Bilbao saque pecho de auténtica ciudad. La música comenzó a sonar, muy alta, a las siete y media, con puntualidad transoceánica. La gente no tuvo más remedio que afrontar entonces una de las grandes dudas existenciales del rock: ¿cuándo salir de los bares para meterte en el concierto? Yo creo que solo he conseguido entrar a tiempo al concierto de los Stones en 2003. Pero aquella vez íbamos todos con mucha prisa. Más por llegar a verlos vivos, eso sí, que por llegar a la primera canción.