«Escapé de casa porque mi marido quería tirarme por la ventana»

Marta cubre su rostro para garantizar su seguridad./Pankra Nieto
Marta cubre su rostro para garantizar su seguridad. / Pankra Nieto

Una mujer alojada con su hija en el albergue foral relata cómo «se va perdiendo el miedo» tras romper la convivencia con un agresor

Jesús J. Hernández
JESÚS J. HERNÁNDEZ

Marta tiene 45 años y llevaba 4 con su pareja cuando descolgó el teléfono para pedir ayuda. Es una fecha que lleva grabada, pongamos el 13 de junio de 2018, aunque es uno de esos datos que conviene modificar para garantizar su anonimato. «Me amenazó con tirarme por la ventana», relata sin que le tiemble la voz. Pocas horas después aprovechó un momento en que su marido había salido y escapó de aquella casa con una maleta hecha a toda velocidad donde llevaba cuatro vestidos de su hija Josune y un par de camisetas y vaqueros para ella. En un taxi esperaba la amiga a la que había telefoneado, una de esas personas que pueden salvar vidas con una frase. «Si no te vienes conmigo ahora mismo, puede que mañana sea tarde», le había dicho como un ultimátum. Funcionó.

Había tenido a Josune antes de conocer a su marido. El noviazgo fue fugaz. «Empezó pronto, pocos meses después de casarnos». Se refiere a los primeros síntomas de un tormento que impregnaría su vida y donde no faltaron «ofensas, humillación, aislamiento y mucho miedo». Al principio soñaba, como tantas mujeres en su misma situación, con «hacerle cambiar», pero los ataques cada vez eran más graves y continuos. «No cambian, y menos cuando hay adicciones de por medio», advierte.

«De niñas, nadie nos enseñó a identificar los síntomas. Sólo ahora los he aprendido». Su vida era un continuo balanceo entre los ataques del ogro y el hombre deshecho que se desvive pidiendo perdón, el que recurre al chantaje emocional. El primero cada vez ganaba más terreno. La suya no es una de esas historias en que la violencia machista parece formar parte del ADN familiar. Nadie en su casa había pasado por algo parecido, así que la sensación de aislamiento era aún mayor. Lo que más recuerda de aquellos cuatro años es «el miedo, la sensación de vivir paralizada».

«Justificaba no marcharme porque pensaba que estaba más segura teniéndole cerca que lejos. Crees que se volverá loco y que además no le verás venir». Madre e hija acabaron aquel día de junio en el servicio de acogida de urgencia que gestiona el área foral de Empleo, Inclusión e Igualdad. Ella tardó una semana en decidirse a denunciarle porque él la había amenazado particularmente con ese paso. No iba a ser la primera orden de arresto con su nombre que llegaba a los juzgados. Junto a los psicólogos, escribió lo que había vivido en «un montón de folios y entonces me di cuenta de todo. El cerebro te hace olvidar para que puedas seguir viviendo pero, al escribir, vuelve a salir».

El camino de la libertad tampoco fue fácil. Josune, a sus 7 años, no entendía la situación. «No sabe toda la historia, aunque haya visto cosas». Jugaba con aire desorientado con otros niños del refugio. «Echaba de menos sus rutinas y a sus amigas. No entendía por qué estaba allí. Se enfadaba porque no tenía sus juguetes o la camiseta que le gusta». Cosas de niños que duelen a los mayores. Allí, todos los menores llevaban una gigantesca mochila sobre sus finas espaldas.

Tres meses «horribles»

«Los bebés lloran, echan de menos», recuerda Marta. Sólo se le agolpan las emociones al hablar de «los niños y las otras mujeres» en su misma situación, esas con las que compartió batalla. «No todas están en el mismo punto. Esto, con el tiempo, te deja destruida completamente. Hace falta mucho trabajo psicológico para salir». Gracias al apoyo y la medicación superó «los primeros tres meses, que fueron horribles, aunque te arropan mucho». Desde el primer día de tratamiento «puse todo de mi parte para recuperarme cuanto antes, por mí y por mi hija. Tenía que sacar toda la mierda, vaciar esa herida interior para poder seguir adelante».

«Josune no entendía por qué estábamos en el albergue. Añoraba a sus amigas y sus juguetes»

Poco a poco, empezó una vida. Otra vida. Ha tenido que cambiar de localidad, de trabajo, de amistades. Mantiene la distancia con su agresor pero él «busca maneras, por internet y así, para recordarme que sigue ahí». Cosas sutiles que no le hacen incurrir en un delito. Ella está «feliz» en un piso de media y larga estancia de la Diputación. Vive con otras tres mujeres y «la semana que viene entrará otra».

Las veteranas repaldarán a la recién llegada. «Irá perdiendo el miedo a salir sola, ganará confianza para ir a buscar un trabajo, hará cosas normales que hacía años que no podía hacer». Dará los mismos pasos que dieron antes sus compañeras y las tendrá cerca en los momentos de flaqueza. Marta sólo le dará un consejo, a ella y a las que todavía no se atreven a escapar de los pisos donde conviven con los agresores. «Si tú quieres, puedes. Que se lo repitan cada mañana, como hacía yo». Hasta aquel día de mediados de junio en que se dijo: «Hoy. Tiene que ser hoy».