Caballeros, por favor

La tarea de los moderadores no es tanto apagar el debate, sino todo lo contrario: lograr que prenda la chispa, que suba la audiencia y que los candidatos digan algo interesante o aclaren conceptos al indeciso

OLATZ BARRIUSO

«Caballeros, por favor», rogaba mi compañera Marta Madruga a los seis miuras que se han sentado esta mañana en el plató de EL CORREO. Unos más que otros, eso sí. Algunos, muy bregados en estas lides, acostumbrados a embestir de frente y a exigir su turno de palabra, como el socialista Patxi López, habituado él mismo a poner orden en un patio bastante más complicado, el del Congreso de los Diputados. Antes de echar a rodar el debate a seis, bromeamos con cederle la silla de moderador. No le hizo falta, demostró que el árbitro que lleva dentro le sale solo. «Patxi, no moderes», le espetó el cabeza de lista de Podemos, Eduardo Maura.

Moderar, qué curiosa palabra. Si la tomamos en sentido literal, como hace la RAE, se trata de «disminuir la intensidad o evitar el exceso de una cosa». Cierto es que, en su segunda acepción, se refiere a «dirigir una reunión en la que varias personas discuten sobre un tema, dando la palabra a los que quieren intervenir». Ni una cosa ni la otra, diría yo. Seamos honestos, la tarea de los moderadores no es tanto apagar el debate sino todo lo contrario: lograr que prenda la chispa, que suba la audiencia qué hay de malo en ello, qué diría Ibarretxe y que los candidatos digan algo interesante o aclaren conceptos al indeciso, ese tótem electoral.

En la discusión a seis organizada por este periódico, hemos asistido, al menos, a dos o tres rifirrafes interesantes, especialmente el lance sobre si hay o no corrupción en Euskadi. Lo de de dar la palabra ya es otro cantar. «A ver si lograis que hablen todos lo mismo, que aquí hay mucho perro viejo», nos recomendaba uno de los asesores antes de ponerse a tomar notas y a tuitear, que es lo que hacen ahora los gurús y los estrategas. Entre miradas furtivas al reloj, lo intentamos. El formato era flexible para evitar encorsetar el debate y todos disfrutaron de amplios turnos de palabra. Eso sí, confieso que he sufrido: es difícil mirar a la vez un bolígrafo levantado pidiendo meter baza, leer los labios de quien también te exige turno, controlar el minutaje y acordarte de introducir ese asunto que alguien te recuerda desde la barrera. Pero así son los debates, parte de la magia de este tinglado. Caballeros, muchas gracias.

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