No es la generación mejor formada

El tópico de la cualificación de los jóvenes, condenados al subempleo en un país donde haber estudiado no se reconoce en el sueldo, esconde una burbuja educativa, la 'titulitis' de toda la vida

JAVIER MUÑOZ
El sistema educativo es "igualitario", pero no forma el "capital humano" necesario para el país./
El sistema educativo es "igualitario", pero no forma el "capital humano" necesario para el país.

"La generación mejor formada de nuestra historia" es una frase hecha sobre los jóvenes que buscan empleo y no lo consiguen a pesar de sus llamativos currículos: una carrera, varios idiomas, todo tipo de másters y cursos en el extranjero... El tópico sobre la elevada formación de la juventud actual ha calado tanto entre economistas y periodistas que debería figurar en el frontispicio imaginario de la reforma laboral. Sin embargo, al catedrático de Historia Económica Gabriel Tortellá y a la profesora de la misma disciplina Clara Eugenia Núñez el dar por sentada la preparación de los estudiantes les plantea una duda: ¿por qué las empresas españolas "desaprovechan ese caudal humano" y crean mayoritariamente empleos de baja cualificación, actuando "en contra de sus propios intereses".

Ambos docentes, autores del ensayo 'Para comprender la crisis' (Gadir, 2009), solo encuentran una explicación a esa paradoja: existen, a su modo de ver, "numerosos indicios de que nuestro caudal humano está sobrevalorado; es decir, de que hay una burbuja educativa", antes llamada 'titulitis'. El mecanismo que perpetúa esa situación es fácil de entender. Los costes de la educación son relativamente bajos en España, pero el mercado concede escaso valor a la formación que reciben los estudiantes, así que la diferencia entre tener y no tener una licenciatura no se refleja luego en el sueldo. "¡El premio salarial asociado a los estudios superiores es la mitad que en otros países!", se lamentan Tortellá y Núñez. La experiencia y los años valen lo mismo o incluso más que toda la etapa académica.

Ésa es la razón, continúan los autores, de que el ámbito privado dedique pocos recursos a la enseñanza y a la investigación en comparación con otros países. Después de todo, argumentan, "la perspectiva de rentabilidad es baja". El círculo vicioso generado por la ineficacia del sistema educativo, con niveles de exigencia decrecientes para profesores y alumnos, acaba afectando a la preparación de estos últimos: en España apenas llegan al 5% los jóvenes de 15 años que alcanzan un "nivel de excelencia" frente al 15% de Finlandia. "De entre este escaso 5% habrán de salir los profesionales que necesitará España para convertirse en una economía dinámica", constatan los autores.

Nadie niega que la enseñanza es equitativa e igualitaria en España, pero Tortellá y Núñez denuncian que no responde a un propósito fundamental: "Formar, instruir, capacitar a la población en función de su inteligencia, talento y compromiso con su propia educación". En resumidas cuentas, "no genera el capital humano que certifica".

Entre las causas que han podido crear ese estado de cosas, los docentes mencionan la reforma de 1970, la Educación General Básica (EGB) del ministro franquista Villar Palasí, que amplió la enseñanza primaria y eliminó el bachillerato tal y como estaba diseñado hasta entonces. Para reducir costes se permitió que los maestros, con una formación más corta que los profesores de bachillerato, y con sueldos más bajos, se ocuparan de los nuevos cursos de primaria. Las reformas posteriores han durado cuatro décadas y han culminado con unas tasas de abandono escolar cercanas al 30% en España, algo único entre los países de la OCDE.

"El daño estaba hecho -dicen Tortellá y Núñez-. Se amplió la escolarización, cierto, pero se bajó el nivel de la formación para la población de entre 10 y 17 años al eliminarse un bachillerato exigente que preparaba adecuadamente a quienes seguían estudios superiores, y que hasta entonces había coexistido con la vía profesional, consistente en la prolongación de la escuela primaria hasta los 12 años, continuándose con las enseñanzas de oficios y profesionales después".

Los autores creen que para solucionar la crisis del sistema educativo no son necesarios más dinero público o privado ni reformas, sino eliminar "las trabas y regulaciones" que tiene ahora y que "esconden el tremendo fracaso colectivo en que se ha convertido".

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