La banda sonora para las peores pesadillas

La bruja Diamanda Galás, tenebrosa y excesiva, está de vuelta con dos discos a la vez. ¿Algún voluntario para escuchar a oscuras la canción que sirve de aperitivo?

Diamanada Galás./
Diamanada Galás.
CARLOS BENITO

Quizá, al escribir de música, estemos empleando el adjetivo 'oscuro' con demasiada ligereza. En cuanto un artista o un grupo tiende a lo tristón, nos damos prisa en colgarle esa etiqueta, que siempre ha gozado de cierta aura prestigiosa entre la crítica. El problema es que, si cualquier imitador voluntarioso de Joy Division pasa por oscuro, nos vamos a quedar sin palabras para describir a un personaje como Diamanda Galás, que siempre ha ido mucho más allá que el resto en su exploración de las tinieblas del mundo y del alma: la bruja Diamanda, con su voz de soprano y ese rostro alargado que parece emerger de una pesadilla, es de una negrura casi insoportable en lo conceptual (el sida es un tema central en su obra, junto a otros asuntos como la tortura, la enfermedad mental, el genocidio o la violación) y también en lo musical (pocos artistas, quizá ninguno, son capaces de dar tanto miedo como ella, sobre todo si se escuchan sus piezas con auriculares en mitad de la noche).

En realidad, Diamanda Galás puede llegar a ser absurdamente siniestra, hasta el punto de que, a veces, ella misma parece consciente de la dimensión cómica de sus obsesiones, como cuando justifica su admiración por Vlad el Empalador («¡hay que respetar a un hombre así!»), cuando habla del elogio fúnebre que escribió a los 10 años para un profesor difunto («entendí desde muy joven la idea del final», aclara) o cuando recuerda su profundo disgusto al contemplar por primera vez a unos góticos por la calle («pensé: oh, Dios mío, esto es un movimiento»). Su música también tiene un componente clave de exceso, de desbordamiento incontrolado, de derroche hiperbólico de horror y de alaridos. Ideas como la moderación o la contención serían como estacas en su pecho.

Este mes, la artista estadounidense vuelve a la actividad discográfica, después de casi una década sin editar nada, y lo hace con dos álbumes que salen el viernes que viene: una colección de canciones tradicionales y 'standards' de jazz y un directo grabado en una iglesia de Nueva York. Pues bien, el tema que le ha servido para presentar esta súbita actividad es una interpretación inconcebible del clásico folk 'O Death', grabada en directo, solo con su piano y su voz sometida a tratamientos electrónicos: unos oyentes la considerarán escalofriante y otros, grotesca, pero la indiferencia parece imposible. Cuando acabó de tocarla, la artista se dio cuenta de que las teclas del piano habían quedado manchadas de sangre: «Me había roto las uñas, todas ellas. Nunca en mi vida había disfrutado tanto de una actuación», ha comentado a 'Rolling Stone'.

La muerte roja

Diamanda nació en 1955 en San Diego (aunque la soleada California encaja mal con su talante y su fotosensibilidad) y pertenece a una familia de griegos procedentes de Anatolia. Su padre era un músico versátil, que lo mismo dirigía un coro de góspel que tocaba el trombón, el bajo o la flauta en bandas de la Costa Oeste. La pequeña Diamanda empezó su formación musical a los 5 años y, con 13, ya ejercía de pianista en los grupos de su padre, que solían tocar sesiones agotadoras de cincuenta 'standards' por noche. Sin embargo, el señor Galás no permitía que su hija cantase, porque lo consideraba una actividad inmoral para una mujer. La carrera posterior de Diamanda ha conservado ecos de las músicas que marcaron su infancia (la tradición griega y árabe, el blues, el góspel), pero a la vez rompe violentamente con todas las convenciones que le inculcaron de pequeña: aunque su técnica se suele definir como 'operística', en realidad emite sonidos que pondrían en fuga a la mayor parte de los aficionados a la ópera, con gemidos, bramidos, chillidos espantados y espantosos, extraños balbuceos y pasajes donde la electrónica multiplica su voz y la transforma en algo lejanamente humano. Su obra emblemática es la trilogía 'The Masque Of The Red Death', editada entre 1986 y 1988 y dedicada al sida: su hermano Philip-Dimitri falleció de la enfermedad justo cuando había empezado a grabar la primera entrega.

Curiosamente, su estilo extremo la ha llevado a colaborar con artistas muy dispares, entre los que resultaría difícil encontrar otros nexos. Por supuesto, la reclaman músicos de vanguardia, como el compositor franco-esloveno Vinko Globokar, que la fichó para su ópera sobre el arresto y la tortura de una mujer turca, pero también participó como 'gritadora' en el 'Drácula' de Coppola, ha cantado con el dúo de tecnopop Erasure y ha grabado un álbum entero junto al bajista de Led Zeppelin, John Paul Jones (aunque, por supuesto, Diamanda jamás había escuchado a los Zeppelin cuando Jones se puso en contacto con ella). Y no se puede olvidar la estima de un personaje como Ihsahn, miembro de Emperor y uno de los ideólogos del black metal noruego: «Para mí ha dicho, la 'Plague Mass' de Diamanda Galás es tan black metal como cualquier disco de Bathory». No está mal la lluvia de aprecio hacia esta reina del individualismo y la misantropía, que aplica planteamientos asociales a su propia vida: «Pasar solos mucho tiempo es uno de los grandes lujos que nos quedan. Yo ni siquiera vivo con nadie. No le veo sentido. ¿Por qué iba a querer casarme y tener hijos? Ya lo han hecho otros».