El Correo

El último resplandor

El rayo verde es un fenómeno óptico poco frecuente que solamente puede apreciarse con la mar calma y la atmósfera limpia.
El rayo verde es un fenómeno óptico poco frecuente que solamente puede apreciarse con la mar calma y la atmósfera limpia. / Xabier Gezuraga
  • Un fotógrafo vasco capta el fenómeno óptico del rayo verde que Julio Verne mitificó en una de sus novelas

El rayo verde ha conservado el romanticismo de aquellas conversaciones susurradas en la puerta de los burdeles o durante la sobremesa de las cenas de camarote. Los navegantes más supersticiosos hablaban de un relámpago verdemar que, en muy raras ocasiones, cuando el sol estaba a punto de desaparecer por el horizonte y la mar se encontraba en bonanza, atravesaba el cenit del cielo y estallaba en el ocaso. Durante siglos, los enamorados y los lobos de mar han buscado sin éxito la visión esmeralda.

Xabier Gezuraga, en cambio, lleva años cazando este tipo de anomalías. «Aprendí a encontrarlas por mi cuenta, buscando en foros y en páginas especializadas», explica. Durante la semana, Gezuraga enseña cocina en la Escuela de Leioa, pero en su tiempo libre se arma con una Canon EOS 5D Mark II y sale a la calle a cazar halos solares y arcoiris numerarios. «El rayo verde es un destello mínimo en el horizonte. Si no tienes el ojo hecho, verlo puede ser complicado. Pero todavía más raro es que la gente vaya a ver una puesta de sol», zanja. El pasado junio su cámara disparó ocho fotos por segundo desde el faro de Santa Katalina, en Lekeitio, y captó ese resplandor verde que los especialistas clasifican como un «fotometeoro».

La delegada de AEMET en el País Vasco, Margarita Martín, ha querido suavizar la épica del mito y explica que el parpadeo esmeralda es simplemente un efecto de la difracción de la luz solar. «Una vez que el sol está por debajo del horizonte, la superficie marítima actúa como un prisma y la última onda de luz que consigue rebasarlo es la verde», detalla la metereóloga. «Es una cuestión de la longitud de onda de este color. A veces también puede verse azul, dado que está muy próximo en el espectro de difracción». Para que se produzca ese efecto de prisma la superficie del agua debe ser suficientemente llana y homogénea, con la misma altura y sin la más ligera ondulación.

Jose Ignacio Uriarte afirma haber presenciado el fenómeno innumerables veces. «Es la última luz de la última fracción del disco solar, no es ningún rayo-incide-. Se puede ver en cualquier parte del mundo. Yo lo he visto en Gorliz y en Sopelana, por ejemplo». Uriarte es profesor en el Departamento de Ciencias y Técnicas de la Navegación, pero se considera marino antes que científico. «La atmósfera debe estar limpia, si hay resto de calima, de polvo en suspensión o de bruma, no lo distinguirás», advierte Uriarte.

Cuando era niña, la metereóloga Margarita Martín devoraba todos los libro que le regalaban. Tuvo que desapuntarse de la biblioteca de su barrio porque ya lo había leído todo. Sus preferidos eran las aventuras de Emilio Salgari y de Julio Verne. Sin embargo, se le escapó una de las obras más románticas de este último: ‘El rayo verde’. Esta novela corta, que describía «un verde que ningún pintor puede obtener en su paleta», avivó en el siglo XIX una leyenda que ya existía desde el Antiguo Egipto.

Historias desde la Antártida

A pesar de los avances científicos, el mito parece haber sobrevivido a la explicación racional. Juan Recalde fue práctico amarrador durante 37 años en el puerto de Bilbao y está acostumbrado sujetar calabrotes, enmendar cargas de bodega y tratar con viejos marinos. Recuerda que uno le aseguró hace ya muchos años que si veía el rayo verde, «allí donde apuntara, había escondido un gran tesoro». Recalde, que ahora se dedica a construir réplicas de modelaje naval para el Museo Marítimo, juraría haberlo vislumbrado una sola vez en la playa de La Caleta de Cádiz, junto a su mujer.

Al ver las fotografías de Xabi Gezuraga, el navegante Elías Meana no reconoce aquello que creyó distinguir en el Golfo de Vizcaya hace más de 40 años. Él recuerda un «relámpago que emergió oblicuo del horizonte sin zigzaguear y cuyo enorme haz era de un verde desconocido». Meana fue tripulante del ‘Idus de Marzo’ en la primera expedición española a la Antártida, donde construyó y capitaneó la base nacional del continente helado.

El experimentado marino no cree que todo el mundo tenga la sensibilidad para disfrutar de fenómenos como la aurora boreal o el rayo verde, «en la época en la que se utilizaba sextante, también había quien solo miraba a las estrellas para guiarse en el mar», se lamenta. Meana intuye que el romanticismo del oficio prácticamente ha desaparecido. «No hay sobremesas en los camarotes. Los tripulantes se recluyen con su ordenador y no se comunican con el resto- critica-. En cubierta ya no se habla sobre las viejas historias de mar». Sin esos corros, probablemente nadie recuerde los rayos que dicen vislumbrar tantos marinos en los confines del horizonte.