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POLÍTICA

75 años de autogobierno

En los últimos 30 años, paso a paso, hemos ido constituyéndonos como país, adquiriendo libertades y derechos, pese a las desmemorias intencionadas

07.10.11 - 02:27 -
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75 años de autogobierno
El Gobierno vasco celebra el 75 aniversario del primer Ejecutivo. / EL CORREO
Mario Onaindia, sobre cuya muchas veces olvidada figura se acaba de estrenar una película, decía que defender el autogobierno fuera del Estatuto es tanto como pretender tener «una democracia sin cultura democrática, sin que los ciudadanos interioricen el espíritu de las leyes fundamentales». Efectivamente, una democracia necesita de marcos para poder construirse, y en Euskadi hemos tenido demasiados arquitectos de castillos en el aire.
En los últimos 30 años, paso a paso, hemos ido constituyéndonos como país, adquiriendo libertades y derechos, pese a las desmemorias intencionadas, cuando no el ataque frontal que la violencia terrorista ha dirigido contra nuestra convivencia. El Estatuto ha sido el acta fundacional de Euskadi. La ley que mayor capacidad de autogobierno nos ha dado en nuestra historia. Por eso es importante que desde las instituciones emanadas precisamente de aquel Estatuto hagamos una labor de pedagogía democrática y reivindicación de su valor y vigencia.
Pero no es éste un texto aislado. No es el Estatuto un verso suelto en nuestra larga historia de dramas y enfrentamientos. Hay un precedente del que bebemos. Un hito que nos marca y nos define, pues nada de lo que somos hoy sería posible sin aquellos que fueron antes que nosotros.
Hoy se cumplen 75 años de la constitución del primer Gobierno. El sábado pasado, de la aprobación del primer Estatuto. Fue ahí cuando se creó el autogobierno vasco, la Euskadi que conocemos. Y nosotros no somos más que herederos de aquel legado, un pequeño eslabón más de la cadena iniciada por el lehendakari Aguirre y sus consejeros. Katea ez da eten.
El paso del tiempo siempre tiende a dulcificar la realidad de los acontecimientos del pasado que se conmemoran. Hoy nos sería muy difícil ponernos en la piel y los sentimientos de aquellos diez hombres que acompañaron a José Antonio de Aguirre en la aventura de hacerse cargo de una Euskadi en estado de guerra.
Resulta casi imposible imaginar un escenario más dramático para el estreno de la autonomía vasca. El artículo primero del Estatuto de Autonomía aprobado seis días antes, el 1 de octubre de 1936, por el Congreso de los Diputados, ponía en pie, como el vigente, un País Vasco formado por «Álava, Guipúzcoa y Vizcaya», pero la negra realidad era que el territorio bajo control del naciente Gobierno apenas rebasaba los límites de la última provincia.
Para entonces, la Guerra Civil que había comenzado con la sublevación sediciosa de julio había situado la línea del frente en las mugas de Guipúzcoa, casi conquistada por las tropas del general Mola, y de Álava, controlada desde el primer día por los alzados. Aquel equipo de hombres procedentes de distintas ideologías e identidades que juraron sus cargos en la Casa de Juntas de Gernika ante el cuerpo consular acreditado en Bilbao no podía imaginar que apenas estarían nueve meses trabajando en su tierra antes de tener que abandonarla, derrotados pero dignos, camino de un cruel y prolongado exilio. Pero antes de salir de su país, José Antonio de Aguirre, Jesús María Leizaola, Telesforo Monzón, Eliodoro de la Torre, Ramón María de Aldasoro, Juan de los Toyos, Santiago Aznar, Juan Gracia, Juan Astigarrabía, Gonzalo Nardiz y Alfredo Espinosa trabajaron sin desmayo para poner en marcha una nueva administración, organizar la defensa de su exiguo territorio y aliviar las necesidades y el sufrimiento de sus conciudadanos. Demostrando que el rigor obligado por aquella situación de emergencia no era incompatible con la humanidad y la compasión.
El día en que los miembros de aquel Gobierno vasco tomaban posesión de sus cargos, apenas tuvieron la oportunidad de darse cuenta de la trascendencia del momento del que eran protagonistas. En aquel instante cobraba forma una aspiración amasada durante décadas por vascos de muy diversas tendencias y nacía por primera vez el autogobierno vasco.
El horror de la guerra y la larga noche de la dictadura interrumpieron el crecimiento del proyecto gestado por la sociedad vasca. Pero, tras la muerte de Franco, los vascos supimos coger el testigo dejado. Como en 1936, las diferentes sensibilidades políticas del país volvieron a juntarse en torno a un proyecto y una ilusión compartida: construir Euskadi.
Pocas fotos como la de Ramón Rubial y Carlos Garaikoetxea celebrando la aprobación del Estatuto en el pabellón de La Casilla de Bilbao pueden resumir de forma tan clara la ilusión por la Euskadi recuperada . Ese día no sólo se aprobó un referéndum. Ese día se saldó una deuda bloqueada durante 40 años y se inició el camino hacia un futuro propio y compartido: el de la Euskadi de ciudadanos libres, moderna, competitiva e innovadora que día a día, paso a paso, vamos construyendo.
En el abrazo de Rubial y Garaikoetxea estaba el abrazo de todos los vascos. El de Aguirre e Indalecio Prieto en la II República. El de los vascos del siglo XXI que juntos, por encima de nuestras legítimas diferencias, seguimos trabajando por el bienestar y progreso de este país. El de quienes nos sucederán, pues caminarán sobre un sólido puente que se sostendrá, pese a los embates del destino, por pilares levantados entre todos nosotros. Avanzamos sobre los hombros fuertes de quienes nos precedieron. Y nuestros sucesores lo harán sobre los nuestros. Por eso es importante mantener fuerte el lazo que nos une.
Imaginar qué pensarían los miembros de aquel Gobierno vasco si vieran cómo es hoy la Euskadi por la que lucharon y trabajaron en condiciones tan adversas es un ejercicio gratuito. Pero hacer ese esfuerzo nos puede ayudar a valorar mejor lo que hemos conseguido con nuestro autogobierno, a mirar el camino recorrido y proclamar con orgullo que el trayecto ha merecido la pena.
La cadena no se ha roto. Katea ez da eten.
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