La retirada definitiva

La retirada definitiva
AFP
Pello Salaburu
PELLO SALABURU

Reconozco que si no fuera porque desde este medio se pusieron en contacto conmigo para que hiciera algún comentario sobre el último comunicado de ETA, no lo habría siquiera ojeado. Hace muchos años que llegué a la conclusión de que, al menos para mí, leerlos o escuchar a tertulianos incansables descifrar sus contenidos, además de ser muy aburrido, suponía una pérdida miserable de tiempo. En la vida hay bastantes cosas más interesantes y bonitas que los farragosos escritos de un grupo empeñado en vendernos la moto. Así que, aunque tarde, y casi en contra de mis convicciones, después de comer leí la nota.

Me ha sorprendido: ha ido más allá de lo que hubiera sospechado. Hace unos años ETA suspendió eso que llamaba actividad armada y que consistía en llevarse por delante a quien pensase de modo diferente al de ellos. Era su forma de participar y dejar huella en la historia de este país. Estaban orgullosos de plantear, «muy a su pesar», la guerra al enemigo, que éramos el resto. Luego, por razones que se me escapan pero que esos misterios de la vida acaban explicando, llegaron a la conclusión de que habían cumplido con gran parte sus objetivos, y con la ayuda desinteresada de referentes nacionales e internacionales que, a la par que engordaban currículo y cartera, iban poniendo la necesaria logística tragicómica teatral, ETA decidió que había que parar. Alivio generalizado. Las razones de su retirada las conocen mejor jueces, fiscales y policía que todos los referentes internacionales que en el mundo han sido, pero aquella parada fue recibida con consuelo por las víctimas y por el conjunto de la ciudadanía, en la que se incluían también potenciales víctimas. Sin embargo, la organización armada no decidió entonces deshacerse del todo, sino tan solo quedar desactivada. Era un gran paso. Y lo vendieron como favor que nos hacían.

Ahora van bastante más allá. Reconocen el daño causado, o el «sufrimiento desmedido» (que se lo pregunten a alguna familia que ha perdido a uno de sus miembros, a ver si es un sufrimiento desmedido o demasiado medido). Admiten de forma explícita haber perjudicado a «ciudadanos y ciudadanas sin responsabilidad alguna» (cosa distinta es, pienso entonces, el daño causado a ciudadanos con responsabilidad, esos no deben incluirse en el reconocimiento). Hablan de reconciliación como tarea (¿con quién se tendrá que reconciliar la viuda o la madre de alguno de los asesinados? ¿Con el asesino?) y subrayan que debemos aceptar «todos» la responsabilidad contraída y el daño causado. ¿Todos? ¿Tendré que reconocer yo el daño causado por haberme opuesto de forma pública a los matones?

Sin embargo, por encima de todos estos peros, el comunicado, incluso en la claridad de su redacción, me suena a otra cosa. Ya sé que todo forma parte del espectáculo que necesitan los distintos círculos concéntricos que forman ese mundo, empeñado en buscar justificaciones imposibles de explicar cuando hay que decir B donde antes era A. Es un teatro necesario que viene bien para dar cobertura formal a un arrepentimiento inexistente. Con 'artesanos de la paz' (un hallazgo el término, las cosas como son, todo lo vuelve como más cercano, personal, rural, familiar... metabólico, es casi como cantar 'Noche de paz', buena gente, en definitiva). Con especialistas en conflictos y guerras lejanas, y con manifestaciones festivas de catarsis colectivas se pueden tragar sapos con más facilidad sin que se atraganten. Eso lo sé, y por eso me parece bien el comunicado. No cambia nada, en realidad, porque a gran parte de la población le da lo mismo lo que digan estos comunicados, arranquen con la Guerra Civil o con cualquiera de las versiones de Gernika, sea la del bombardeo, o incluso la de Santimamiñe, que también serviría si se le pusiera el adorno adecuado. Todo esto de ETA le suena ya a chino a la mayoría (con perdón de los numerosos miembros de esa nacionalidad asentados entre nosotros). No ayudan los comunicados a las víctimas, obligadas a soportar la situación causada por quienes decidieron, cuando ya no podían más y todo se les hacía cuesta arriba, cambiar el fusil por el bolígrafo y redactar comunicados para el personal. Pero su mundo lo necesita, para mantenerse en pie ideológicamente. Sea por todo eso, bienvenida la declaración. Pero a otro perro con ese hueso. Si de verdad se creyesen lo que firman habría bastado con la discreción y con una nota escueta: «Perdón. Hemos causado muchas víctimas, hemos metido la pata. Teníamos que haber hecho lo mismo que hicieron otros excompañeros nuestros hace años. Condenamos nuestra triste historia». Mientras, seguirán conviviendo comunicados y recibimientos estelares a ex presos. Siguen siendo, por desgracia, compatibles.