La ministra delgado y las cloacas

Está en la picota no por sus comentarios privados, sino por haber faltado a la verdad

La ministra Delgado./Efe
La ministra Delgado. / Efe
Manuel Arroyo
MANUEL ARROYO

Nadie está en condiciones de salir indemne, sin sonrojarse o quedar en evidencia en más de una ocasión, del escrutinio de una grabación con las charlas privadas que ha mantenido durante su vida acerca de sus jefes, familiares, amigos, vecinos... Tampoco la ministra de Justicia. Dolores Delgado ha visto vulnerada su intimidad con la difusión de los audios captados subrepticiamente en una comida celebrada en 2009 que la han puesto ahora contra las cuerdas. Tiene todo el derecho a quejarse por ello. A matizar incluso lo que admite pocos matices. Y a entablar acciones legales si lo considera oportuno.

Lo extraño es que la entonces fiscal estrella de la Audiencia Nacional no supiera con quién se sentaba en la mesa de aquel restaurante. Los sucios manejos en los submundos de las cloacas que ya habían hecho famoso al excomisario Villarejo. Y que se prestara a compartir con él mantel e intimidades dialécticas -incluidos algunos detalles de sumarios en los que intervenía- en una reunión de entrañables amigos del que hoy llama «delincuente», sin presunto que valga, y a quien Pedro Sánchez califica de «corrupto». Entre esos amigos del chantajista en prisión provisional figura el exjuez Baltasar Garzón, que la invitó al ágape.

Se entiende el malestar de la ministra porque se haya revelado un encuentro particular en el que llamaba «maricón» a su hoy compañero de Gobierno Fernando Grande-Marlaska y confesaba que ella prefería los tribunales solo con hombres. Tales desahogos resultan más que inconvenientes cuando traspasan el ámbito privado en el que se produjeron y adquieren relevancia pública. Sobre todo, para alguien que forma parte de un Ejecutivo que presume de feminista y máximo defensor de la igualdad; incluida, por supuesto, la sexual.

Pero Delgado no está en la picota tanto por la difusión de esos comentarios como por haber faltado a la verdad en reiteradas ocasiones. Por haber negado relación alguna con Villarejo. Haberla limitado después a algún «evento» y al ámbito profesional. Reconocer posteriormente que sí, que comió con él; y, por lo que se deduce de sus palabras, más de una vez. Por haber desmentido que pronunciara el exabrupto homófobo hacia el ahora titular de Interior y aceptar luego que lo dijo, pero no en clave sexual (?). En definitiva, por haber perdido su credibilidad.

Con la calculada difusión de grabaciones más o menos comprometidas, Villarejo intenta chantajear al Estado en un pulso inaceptable en un sistema democrático. Se entiende que el Gobierno de Sánchez ponga el foco sobre este aspecto y denigre -con toda la razón- a un abyecto personaje que ha actuado durante décadas en la más absoluta impunidad y que se enfrenta ahora a un oscuro horizonte penal: está acusado de cohecho, blanqueo de capitales y pertenencia a organización criminal.

Hay un aspecto que para nada cuestiona esta argumentación ni el carácter siniestro de Villarejo, pero que ha quedado orillado en esta polémica. La comida de más de cuatro horas en la que fue grabada la ministra de Justicia era el homenaje de un grupo de amigos al entonces comisario porque el Gobierno de Zapatero acababa de concederle la medalla al mérito policial con distintivo rojo, que conlleva una pensión vitalicia, con Alfredo Pérez Rubalcaba como ministro del Interior. Por lo tanto, un «delincuente» y «corrupto», en palabras de Sánchez y Delgado, fue galardonado por el anterior Ejecutivo socialista. En 2014, el de Rajoy también le distinguió con Jorge Fernández Díaz al frente de las fuerzas de seguridad. ¿Por qué? El PSOE y el PP deben conocer la respuesta. ¿Alguien nos la va a dar?

Es un secreto a voces que Villarejo ha hecho y deshecho a su antojo con los sucesivos gobiernos socialistas y del PP. Con unos y con otros ha mezclado la labor policial oficial con negocios privados poco confesables. Así ha amasado una enorme fortuna y ha accedido a datos confidenciales de personas con gran poder, a las que tendría en sus manos bajo la amenaza de desvelar sus secretos.

El tufo mafioso de esta historia hace aún más incomprensible que una fiscal de la Audiencia Nacional, hoy ministra de Justicia, acudiera al homenaje a una persona de esa catadura moral, cuyas andanzas ya eran conocidas en Madrid, por muy amigo que fuera de su también muy amigo Garzón. Todos los estados tienen cloacas. Pero arrimarse a ellas es peligroso. Delgado acaba de comprobarlo.