La madre de uno de los guardias civiles de Alsasua: «Mi hijo llevará una placa y ocho tornillos de por vida»

Inmaculada Fuentes, la madre del teniente Óscar, durante una entrevista./J. MONZÓ
Inmaculada Fuentes, la madre del teniente Óscar, durante una entrevista. / J. MONZÓ

«Lo pateaban y decían: 'al teniente hay que reventarlo'», subraya Montse, dolida por el mural pintado en Valencia, «porque es humillarnos en casa»

ARTURO CHECA

Seis de la madrugada. 15 de octubre de 2016. Un móvil zumba e ilumina la habitación de matrimonio de Inmaculada en Puçol. «Es Óscar», dice su marido al mirar la pantalla del teléfono. Los labios del hombre se aprietan. Ni 31 años como guardia civil, con los sangrientos años de plomo de ETA de por medio, endurecen el ánimo de sospechar a un hijo en peligro. El interior de Inma se oscurece. «Ya está, ya está», dijo ella a su esposo. Dos años después su voz aún tiembla recordando esa llamada. La llamada que Inma llevaba un año esperando. 12 meses de vasos arrojados con desprecio a los pies de su hijo en bares de Alsasua. De amenazas nada veladas «si tu familia viene, no la saques por el pueblo». De gritos de 'alde hemendik' (fuera de aquí) incluso cuando Óscar acudió a rescatar con sus propias manos a los ocupantes de un autobús de expresos etarras y familiares de terroristas atrapados en la nieve.

Apenas unos tonos del móvil en aquella aún presente madrugada y el miedo se extiende entre los muros del hogar de Puçol. La misma casa de la que apenas dos décadas antes apenas salía Óscar. «Jamás tuvimos que decirle ni su padre ni yo que hiciera deberes o que estudiara, al contrario. De vez en cuando le animábamos a salir, pero él respondía que no se lo podía permitir», recuerda su madre. Codos y vocación le llevaron a a acabar Bachillerato con matrícula de honor. Fue Premio Extraordinario de Bachillerato. Cinco años fuera de casa en la Academia General Militar de Zaragoza y en la de oficiales de la Guardia Civil de Aranjuez. Y con 23, Óscar era teniente e ingeniero.

Inma regresa a aquella mañana en la que con su marido al volante y el miedo de equipaje viajaban hacia Alsasua. Nadie les decía aún cómo estaba Óscar, después de que una horda de salvajes pateara cobardemente a su hijo, a su novia María José, a un sargento y a su pareja. Dos años después sus ojos brillan. Aún se emociona al rememorar cómo se encontró a su hijo postrado en la cama de un hospital. «Yo lo miraba entero. Las manos, la cara, las piernas, el tobillo vendado, el labio partido...». Tibia y peroné rotos, luxaciones, una operación... «Secuelas para siempre. Llevará una placa y ocho tornillos en el pie de por vida, eso no es una pelea de bar». Aquella mañana Óscar le cogió la mano. Mientras ella comprobaba que su hijo estaba entero. «Me dijo, 'ya está, mamá, ya está».

«Le caló hasta los huesos»

Sus ojos se inundan otra vez. Cuando revive cómo María José, la novia de su hijo, fue «una mujer valiente» que quizás salvó la vida del teniente al recibir ella en el suelo los golpes que buscaban su cabeza. «Todo el que pasada por allí lo pateaba. La frase era: 'al teniente hay que reventarlo'». Pero Inma no derrama ni una lágrima. «Nunca van a tener mi llanto. La mayor victoria para un etarra es ver llorar a una viuda o a una madre. Y jamás tendrán mi odio. Eso me convertiría en alguien como ellos. Tienen mi desprecio más absoluto».

A Óscar la Guardia Civil «le caló hasta en los huesos». Casi nada más nacer. Lo hizo en el cuartel de El Puig. Uno de los muchos por los que pasó su padre. El futuro teniente pisó poco tiempo las casas de la Benemérita. Sus padres no tardaron en vivir fuera. «Pero le llegó muy hondo». Enfocó desde el principio sus estudios de ESO y Bachillerato a ingresar en la Benemérita. Tenía amigos del cuartel, de clase, de su barrio definitivo en Puçol... «Cuando viene aquí tiene los amigos de toda la vida, los mismos con los que iba al colegio», subraya Inma. Siempre fue abierto. Aquí y en Alsasua. Intentó abrir el cuartel a la gente. Dar charlas en los colegios. «No se lo permitieron. Acabó marcado por unos pocos que no dejan vivir en libertad al resto».

Óscar es uno de esos héroes silenciosos que han batallado contra el entorno abertzale, uno de esos titanes anónimos que fueron minando el terrorismo hasta tumbar a ETA. Inmaculada vio al lado de su hijo, tomando vinos en bares de Alsasua («no hizo caso a las amenazas de que no nos paseara..»), a camareros alegrándose «de poder servir por fin a un guardia civil sin tener que mirar quién entraba por la puerta». O a la marcha improvisada de vecinos que irrumpieron en el cuartel, mientras su hijo yacía en el hospital, con una pancarta en la que se leía 'Guardia Civil, os queremos aquí'.

«Su vocación era cambiar las cosas». Nadie pudo evitar que fuera al País Vasco. «Yo me he librado del norte y él va a ir...», se dolía por lo bajo su padre. Él, por 'número' y formación, podía sobradamente elegir destino. «Pero hijo, Alsasua...», le hacía reflexionar su padre. Óscar jamás dudó: «Cualquier destino vale. Todo pueblo merece un buen teniente».

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