«A mi aita le gritaban desde los balcones 'Zamarreño, estás muerto'»

Naiara Zamarreño posa junto al Ayuntamiento de Rentería, donde su padre fue concejal por el PP hasta que ETA acabó con su vida./Manu Cecilio
Naiara Zamarreño posa junto al Ayuntamiento de Rentería, donde su padre fue concejal por el PP hasta que ETA acabó con su vida. / Manu Cecilio

Naiara, hija del concejal del PP de Rentería, recuerda a su padre al cumplirse 20 años de su asesinato a manos de ETA

LORENA GIL

Hay imágenes que quedaron grabadas en la memoria de la gente. Al igual que el paraguas rojo se relaciona de forma casi inmediata con el asesinato a manos de ETA del columnista José Luis López de Lacalle, la moto calcinada y la barra de pan en el suelo recuerdan al atentado contra Manuel Zamarreño, su padre...

- Siempre solía ir él a por el pan... Aunque le dijeron que tenía que cambiar de tiendas, eso sí. Fíjese, la semana anterior había ido yo a comprarlo, pero claro, no era el objetivo. La panadería de aquel día estaba a cincuenta metros de nuestra casa. A 95 escaleras, para ser más exactos, que mi ama las tenía contadas.

Aquel 25 de junio de 1998 Manuel Zamarreño, de 42 años, tenía «una reunión importante» en la sede del PP, partido en el que militaba. Menos de un mes antes había jurado el cargo como concejal en el Ayuntamiento de Rentería. Sustituyó a su amigo José Luis Caso, asesinado por ETA en diciembre del año anterior. Tras el atentado dio un paso al frente. No lo dudó. Ni siquiera las palabras de la viuda de Caso, Juani Pérez, para que recapacitase le arrugaron. «Fue un valiente», describe su hija Naiara.

- Aita, voy contigo a por el pan. Luego tú te vas a la sede y yo vuelvo a casa.

- No hace falta, ya voy yo. No vas a dejar a tu hermano (tenía doce años) solo en casa.

«Siempre que mi aita salía de casa yo me asomaba a la ventana para verle marchar. Aquel jueves llovía. Él llevaba paraguas y su escolta, no. Recuerdo que pensé: «Pobre, va mojándose», comparte Naiara, que entonces tenía quince años. «Al rato, oí un estruendo. La calle estaba de obras, así que pensé que el ruido vendría de allí. Hasta que me asomé de nuevo a la ventana y vi que los trabajadores miraban hacia mi lado», evoca. Naiara salió corriendo de casa. «¡Voy a la calle, que el aita ha bajado a por el pan!», acertó a decirle a su hermano. «¿Qué ha pasado?», se preguntaban los vecinos arremolinados junto al portal. «Ha habido una explosión de gas, no hace falta que vayas», le dijeron a Naiara. Pero una mujer no pudo evitar la rabia: «Menudos hijos de puta», dedicó a los terroristas. «Aquello fue la confirmación de que era mi aita». No dejaron que la joven se acercara al lugar del atentado. ETA colocó una bomba en una motocicleta que, accionada a distancia, hizo estallar cuando Zamarreño regresaba a su domicilio con la barra de pan en la mano.

«Mi aitona le ofreció dinero para que no se metiera: 'No quiero que dejes de venir a verme'» dECISIÓN DE SER CONCEJAL

Naiara aguardó la llegada de su madre, Marisol, que trabajaba limpiando escaleras. «Nadie nos decía nada, así que en parte esperábamos que nos llamara mi aita por teléfono, que para entonces tenía móvil», reconoce Naiara. Hasta que pusieron la televisión: 'Manuel Zamarreño, muerto en atentado'. «Mi hermano empezó a vomitar de los nervios, mi ama gritaba que por qué no había ido yo a por el pan... Fue todo terrible», comparte emocionada.

Pronto empezaría «la pasarela de gente en casa». «No recuerdo ni las caras de quienes vinieron. Sólo besos y golpecitos en la cabeza», describe. Después, «silencio y tristeza». «Vivíamos seis personas y un perro (Fox Terrier) en una casa de 49 metros cuadrados -su madre tenía otros dos hijos de una pareja anterior-. Siempre había jaleo. Y de repente, aquello parecía un palacio... Yo miraba a la puerta esperando que él entrara y me dijera que no había pasado nada. El perro murió un año después, el mismo mes y casi en el mismo sitio que mi aita».

«Mi mejor amiga arrancaba los carteles contra mi aita y los echaba en los contenedores» En Rentería

«Te vas a quedar sin dueño»

La de Manuel Zamarreño, natural de San Sebastián, fue «la crónica de una muerte anunciada», asume Naiara. Corrió el mismo destino que José Luis Caso. Ambos habían sido compañeros durante más de dos décadas en los Astilleros de Luzuriaga y los dos se afiliaron al PP. Con la reconversión de los Astilleros, perdió su trabajo como calderero. «Buscó todo tipo de trabajos. Incluso llegó a vender un seguro a su propia hermana y preparó unas oposiciones a cartero», revela su hija. Tras el asesinato de Caso, Zamarreño no lo dudó. Le sustituyó como concejal en el Ayuntamiento de Rentería. «Es un homenaje a mi amigo José Luis», dijo tajante. ETA acabaría también con su vida. No había pasado un mes desde que Zamarreño tomara posesión en el cargo. «Ni siquiera llegó a cobrar el primer sueldo», apunta Naiara. Su funeral no se celebró en Rentería -la iglesia está al lado del Consistorio-, sino en San Sebastián. «No queríamos que la gente fuera allí encima a reírse».

- ¿Cómo vivieron en la familia la decisión de su aita de colocarse en primera fila política?

- Supongo que mi ama y mi aita hablarían lo suyo. Yo recuerdo que mi aitona le ofreció incluso dinero para que no se metiera. Le dijo: «Hijo, no quiero que dejes de venir a verme'. Y no se refería, precisamente, a que fuese a estar demasiado ocupado por ser concejal. Pero cuando se le metía algo en la cabeza...

«Un día llamaron a casa y le dijeron 'te vamos a matar'. Él solo les preguntó: ¿Y eso por qué?». Y colgaron» amenazas

La última fotografía en un fin de semana «sin vigilancia». Naiara Zamarreño tiene un cariño especial a esta fotografía. Es la última que le hicieron a su aita antes de que ETA acabara con su vida. Cuatro días antes de aquel fatídico jueves, 25 de junio de 1998, el concejal del PP de Rentería y su mujer fueron a pasar el fin de semana a Almuñécar. «Le dieron un premio al valor y al coraje», revela su hija. Debido a la amenaza terrorista, Manuel Zamarreño «tenía vigilancia y contravigilancia, así que el coche de la escolta le acompañó hasta que salieron de Euskadi», relata Naiara. «¿Has visto qué bien estamos sin que nadie nos vigile?», le comentó Marisol a su marido. «Se lo dijo en ambos sentidos. Tanto por los escoltas, como por los etarras», puntualiza su hija. Fueron sus últimas horas de libertad, de no sentir la presión de ETA y su entorno. «Mi ama me contó que ese fin de semana era feliz». Abajo a la izquierda, 1998. Manuel Zamarreño y José María Trimiño, concejales del PP, en el pleno de toma de posesión del cargo. Abajo a la derecha, El atentado. Estado en el que quedó la moto y el resto de vehículos tras la explosión. / M. CECILIO / AFP

- ¿Era consciente del peligro que corría?

- Hasta le decía al perro 'qué pronto te vas a quedar sin dueño'. Un día llamaron a casa y le advirtieron: «Te vamos a matar». Mi aita solo les preguntó una cosa: «¿Y eso por qué?». Y colgaron. Sufrió un claro acoso y derribo desde 1996. A Caso le mataron en diciembre del 97, y el 6 de enero, día de Reyes y del cumpleaños de mi aita, le quemaron el coche. El escenario en Rentería estaba preparado. Cualquier persona estaba dispuesta a colaborar, a ser cómplice... Incluso en Pasaia le gritaban desde los balcones: 'Zamarreño estás muerto'. Lo tuvieron muy fácil.

- ¿Cómo vivió usted, una adolescente en Rentería, las amenazas?

- Con miedo. Iba andando hacia el centro del pueblo y estaba todo repleto de carteles contra mi aita. Recuerdo que mi mejor amiga los arrancaba y los echaba en los contenedores. Yo era incapaz de hacer eso. O bajaba al portal y me encontraba con una diana que ponía 'Zamarreño'. Entonces, llamaba a mi ama para que ella avisara y fueran a borrarla. Así eran los días. Igual tenía que ir a algún sitio, pero mi aita no me podía llevar porque tenía obligación de avisar a sus escoltas con antelación. Y si estaba con mis amigas y me venía a buscar, tenía que alejarme de ellas para evitar ponerlas en peligro.

Hasta el día del atentado, Naiara «rezaba todas las noches para que no le pasara nada» a su padre. «Desde entonces, no he vuelto a hacerlo», reconoce. A los dos meses del asesinato, sus dos hermanos mayores se fueron a vivir a Madrid. Años después, su madre y el pequeño se marcharon a Extremadura. Ella fue la única que se quedó en Rentería. Junto a su aitona. «Vivía en Intxaurrondo y me aferré a él, era lo que me quedaba de mi aita», explica. Falleció hace un año y el mundo de Naiara se derrumbó. «Tuve una depresión y llamé a la AVT. No sé cómo agradecer el apoyo de sus psicólogos. Con ellos fui por primera vez al lugar en el que mataron a mi aita. Lo pasé fatal... Pero creo que me ayudó. No había sacado todo lo que tenía dentro...», se sincera.

- ¿Ha vuelto a pasar por allí?

- No. Fue la primera y la única vez.

Naiara tiene dos hijos, de tres y seis años, a quienes algún día contará que existió «una banda terrorista que mató a personas por pensar diferente. Entre ellas, a su aitona».

- ¿Cómo ha llevado el final de ETA?

- Sinceramente, creo que ha sido un acto de propaganda que ha durado un mes. Me da igual que lo llamen derrota o desmovilización. Fue vergonzoso. Mi aita no fue una víctima colateral. Mi vida cambió hace siete años, no ahora -en alusión al anuncio del cese definitivo-. Se cierra la etapa de ETA, pero la mía no. La mía se cerrará cuando se sepa quién le mató.

Manuel Zamarreño salió aquella mañana de hace veinte años a comprar el pan. Después tenía una reunión en la sede del PP. «Les iban a decir que tuvieran cuidado con las motos», revela Naiara. El aviso no llegó a tiempo.

«Los cambios van a venir de los pueblos»

Hace justo un año, el Ayuntamiento de Rentería homenajeó a tres asesinados por ETA, convirtiéndose en la primera Corporación de Euskadi gobernada por EH Bildu que recordaba en un acto exclusivo a las víctimas del terrorismo provocadas por la banda. El alcalde, Julen Mendoza, pidió «perdón» en nombre del Consistorio y en el suyo propio. «Haremos todo lo que esté en nuestra mano para que no se vuelva a repetir», declaró. Naiara, hija de Manuel Zamarreño, y Juani Pérez, viuda de José Luis Caso, asistieron al acto.

Cinco horas antes de que diera comienzo el acto, Naiara envió un mensaje a sus hermanos mayores, que viven en Madrid, comunicándoles su intención de aceptar la invitación. «Y apagué el móvil. No quería saber lo que pensaban hasta después», comparte. Con quienes sí que habló largo y tendido del homenaje fue con su ama y su hermano pequeño. Charlaron por teléfono, ya que ambos residen en Extremadura. En el tributo organizado por el Ayuntamiento de Rentería Naiara leyó un texto sobre su padre. «Lo preparamos los tres con el altavoz puesto. Eso fue para mí lo más bonito de todo. Solo por aquel momento, ya mereció la pena el acto», reconoce. Quisieron dar a conocer la parte más personal de Manuel Zamarreño. «Esa que la gente no conoce».

Los deberes y el médico

«Mi aita era quien se ocupaba de ayudarnos con los deberes, nos llevaba al médico, iba a las reuniones de la ikastola y nos llevaba a las excursiones. En una de ellas me rompí la muñeca y me tuvieron que operar. Mi aita estuvo en todo momento en el hospital. Al año siguiente, tuve que volver a que me quitaran la placa que me habían colocado, pero esa vez ya no pudo acompañarme», relata.

«¿Has escuchado lo mismo que yo?», preguntó Naiara a su marido tras finalizar el acto, ya de vuelta a casa. «Sí, creo que os ha pedido perdón», contestó, en alusión al discurso del alcalde. «Fue un paso, un acercamiento. Los cambios no van a venir de los altos cargos, sino de los pueblos», apostilla la hija de Zamarreño.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos