La villa de los condes de Miranda

El castillo se sitúa en una colina desde la que se dominan la aldea y el valle./Félix Ordóñez
El castillo se sitúa en una colina desde la que se dominan la aldea y el valle. / Félix Ordóñez

Peñaranda de Duero, en Burgos, es un enclave de aire medieval cuyo casco antiguo permanece varado en el tiempo

IRATXE LÓPEZ

La localidad burgalesa de Peñaranda de Duero cuenta, como mínimo, con una peculiaridad: poseer la farmacia en funcionamiento más antigua de España, fundada por Lucas Ximeno allá por el siglo XVIII. Tras él, ocho generaciones mantuvieron el oficio ejercido con gracia dentro de la botica, la rebotica, el laboratorio y el jardín de plantas medicinales que adornan este lugar donde permanece presto al turista un tesoro: la preciosa colección de botes farmacéuticos. De lunes a viernes es posible reservar visitas concertadas en el teléfono 947552006.

Peñaranda de Duero (Burgos)

Oficina de Información Turística
Trinquete, 7. 947552063.
Web
www.peñarandadeduero.es.

Emplazado estratégicamente en lo alto de un cerro, en la margen derecha del río Arandilla, es muy probable que el asentamiento inicial de esta villa fuera repoblado a comienzos del siglo X, cuando la frontera cristiana se extendió hasta el Duero. Asegurada la supremacía castellana, en pleno siglo XIV, Fernando IV lo entregó a Fernán Ruiz de Amaya, que lo vendió en 1311 al infante Don Pedro, hijo de Sancho IV. Hasta que con Alfonso XI queda vinculado a la familia Avellaneda, condes de Miranda, que firman con su apellido los edificios principales.

El primer ejemplo con el nombre de esta saga nobiliaria lo constituye el palacio (XVI), destacado entre las mejores obras renacentistas de la comarca. Sería el tercer conde de Miranda, Francisco de Zúñiga y Avellaneda, quien lo mandó edificar con portada plateresca, patio de doble arquería, elegantes salones y escalera de honor, además de artesonados góticos, mudéjares y renacentistas.

La colegiata de Santa Ana tiene aires de fortaleza.
La colegiata de Santa Ana tiene aires de fortaleza.

La Plaza Mayor (XVI), a la que se accede atravesando una de las puertas de la antigua muralla, acoge su presencia. Nunca se siente sola pues además del palacete puebla su espacio la excolegiata de Santa Ana, antigua Colegiata Abacial gracias a la Bula Pontificia concedida por Paulo V en 1605. María Enríquez de Cárdenas, viuda de Francisco de Zúñiga, y su hijo financiaron los trabajos para ofrecer al mundo esta obra de atrevidas líneas. Entre sus elementos brilla la escalinata de ocho columnas de mármol traídas desde Nápoles, el mismo lugar del que llegaron los tres bustos de emperadores romanos adosados a la fachada. Antes de abandonar la plaza hay que fijarse en el rollo jurisdiccional, cuya decoración flamígera se alza sobre las cabezas.

Bodegas subterráneas

También encima de las testas queda patente el esplendor del castillo, atribuido al primer conde de Miranda, entre mediados y finales del siglo XV. Monumento histórico-artístico desde 1931, esta fortaleza se adaptó con precisión al escarpado roquedo, la famosa Peña de Aranda. En lo alto, la torre del homenaje muestra aún su solidez, distinguida entre las más equilibradas de la provincia. Desde su azotea se observa el planteamiento urbanístico de una villa repleta de casas blasonadas y solariegas con fachadas de adobe y entramado de madera.

En ellas capeaban sus rutinas los antiguos habitantes, moviéndose entre bodegas subterráneas, la planta baja dedicada a aperos y cuadras, la primera con cocina y dormitorios y la superior para el granero. Terminadas las labores, cuando el ocio sonreía, bailaban en las calles danzas propias como la 'Jota Peñarandina', alegre y picada, 'El Sonajal' y 'La Cantamora', de aires medievales.

Queda aún, para finalizar la visita, detenerse ante el convento de las Madres Franciscanas Concepcionistas, fundado por los condes de Miranda en 1558, con su techo de artesonado mudéjar, el convento del Carmen, creado por don Juan de Zúñiga y Avellaneda, con dos grandes escudos de los fundadores, y la herrería (XIX), fragua que contiene una interesante colección de relojes antiguos en metal y madera.

A por morcillas

Imposible abandonar Peñaranda de Duero sin haber probado o comprado la famosísima morcilla de Burgos. Desde siempre fue tradición en los hogares criar uno o varios cerdos destinados a la matanza. Al principio la delicia gastronómica se elaboraba con la sangre, tripas y manteca del animal, añadiendo a la mezcla cebolla horcal y especias como el pimentón y la pimienta. Solo a partir del siglo XVIII se sumó al listado el arroz que traían los carreteros desde tierras valencianas, a las que viajaban para transportar la madera de pinos que poblaban la sierra. Los expertos aseguran que existen pocos placeres como el de probar una morcilla recién cocida pero muchos comensales ignoran que hay que guardar el caldo de esa cocción, el mondongo, para preparar ricas sopas.

 

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