Sanlúcar de Barrameda: la ciudad de los amigos del sur

Los caballos galopan por la orilla del Guadalquivir durante la carrera que se disputa en agosto. Al otro lado del río, el Coto de Doñana. /CRISTINA QUICLER
Los caballos galopan por la orilla del Guadalquivir durante la carrera que se disputa en agosto. Al otro lado del río, el Coto de Doñana. / CRISTINA QUICLER

La ciudad gaditana de la desembocadura del Guadalquivir ofrece inmersiones en el Parque de Doñana, la historia o la mejor gastronomía sureña

ESPERANZA PELÁEZ

Transitada a lo largo de su historia por duques y pícaros de almadraba, marinos y religiosos a la espera de embarcar para el Nuevo Mundo, prósperos comerciantes y bodegueros visionarios, pescadores e infantes, Sanlúcar de Barrameda, la ciudad gaditana que desde hace 3.000 años contempla el encuentro del Guadalquivir, 'El Río Grande' de los árabes, con el Océano Atlántico, es hoy una apacible y a la vez industriosa ciudad de poco más de 60.000 habitantes, que vive del turismo, de la manzanilla, un vino único venerado por su capacidad de preparar el espíritu para la fiesta, y de la pesca, privilegiada aunque nunca fácil, en la Reserva de Pesca de la desembocadura del Guadalquivir. Un entorno natural que incluye el estuario, en cuyas aguas cargadas de nutrientes crían el famoso langostino de Sanlúcar y el diminuto camarón, que se vende en el Mercado de Abastos por vasitos en mesas donde se les ve dar saltos de medio metro y protagonista de esa obra cumbre de las frutas de sartén que son las tortillitas de camarones.

Sanlúcar de Barrameda (Cádiz)

Webs
sanlucarturismo.com y www.cadizturismo.com.

Decía Heráclito que nunca se baña uno en el mismo río, porque el río no es el mismo pero tampoco lo es uno, y esa afirmación vale para Sanlúcar, que se ha reinventado muchas veces. Fue nudo comercial desde la época fenicia, porque ya entonces las mercancías navegaban Guadalquivir arriba y abajo. Fue también baluarte defensivo del golfo de Cádiz y antepuerto de Sevilla, cuando todo el comercio con América pasaba por la capital, a cuyo reino perteneció hasta el siglo XIX, cuando se integró en la provincia de Cádiz.

En la época americana no solo llegaban a la ciudad riquezas, también almas deseosas de encontrar fortuna o evangelizar nativos en las Indias Occidentales. Marineros como los que terminaron participando en la primera circunnavegación del globo, la Expedición Magallanes, de la que ahora se cumplen 500 años, y ejércitos de monjas y curas, porque no hubo orden religiosa que no edificara su convento en la ciudad.

Edificios singulares adornan la plaza del Cabildo.
Edificios singulares adornan la plaza del Cabildo.

En los tiempos dorados del comercio con Ultramar también se fletaban vinos de la zona, los que da la uva Palomino de las tierras albarizas de la Depresión del Guadalquivir, y para cuando se terminó el filón colonial, los vinos tomaron el relevo como motor económico. Muchos de los grandes edificios (almacenes, cuarteles y sobre todo conventos) fueron transformados, sobre todo tras la desamortización eclesiástica, en bodegas. De ahí que hoy esas bodegas se llamen 'catedrales', y si la manzanilla, el oloroso, el amontillado o el palo cortado son indiscutibles joyas enológicas, no se puede decir menos de los templos donde envejecen. Hasta 23 bodegas tiene el término municipal, la mayoría de ellas museos vivos.

Alojamientos singulares

En este circunnavegar constante de la Historia todo se recicla y el viajero puede hoy pasar la noche en la hospedería del Palacio de los Guzmanes (s. XVI), la residencia de los duques de Medina Sidonia en la localidad, que alberga uno de los más valiosos archivos históricos de España y abre sus magníficas estancias llenas de pinturas, tapices y muebles únicos a la visita. Pero aunque sea la perla del rico patrimonio histórico de Sanlúcar, el Palacio Ducal no es el único alojamiento singular, porque varias de las casonas o palacios pertenecientes en otro tiempo a grandes familias se han transformado en hoteles, como la Posada de Palacio (S. XVIII) o el Palacio de Arizón.

Un patio típico de la ciudad.
Un patio típico de la ciudad.

No es el caso del Palacio de Orleans-Borbón, precioso edificio ecléctico del XIX construido por los duques de Montpensier, que hoy es sede del Ayuntamiento. Eso sí, sus jardines históricos están abiertos a la visita, incluso se organizan recorridos nocturnos. La edificación de este palacio marcó otro giro en el devenir de Sanlúcar, porque al elegirla como sitio de veraneo los infantes de España Antonio de Orleans y María Luisa Fernanda de Borbón se convirtió en uno de los primeros destinos turísticos del país, atrayendo a una alta sociedad que se divertía apostando en las carreras de caballos en la playa. Carreras que aún se celebran cada mes de agosto, y que hoy son populares. Incluso los niños y las niñas juegan a apostar trazando en la arena rayas a modo de metas parciales en distintos puntos del recorrido.

Otra diversión para los nobles, desde tiempos de Alfonso X, fue la caza en las marismas que se extendían en la orilla opuesta del Guadalquivir, en el Coto de Doñana, llamado así en honor a Doña Ana de Silva y Mendoza, esposa del VII duque de Medina Sidonia. El Parque Nacional se divisa desde la playa de Bajo de Guía en una de las postales más hermosas de Sanlúcar, y allí mismo está el Centro de Recepción de Visitantes, en una antigua fábrica de hielo de principios del siglo XX, de cuyo embarcadero parten las visitas en el Buque Fluvial Real Fernando, réplica del primer barco de vapor construido en España.

El buque remonta el río internándose en el Parque, y si se desembarca en el coto se pueden hacer recorridos a pie o en todoterreno por las marismas, las dunas y la playa, el Palacio de las Marismillas y el curioso poblado de chozas de La Plancha, donde hasta hace unas décadas vivieron algunas familias sanluqueñas.

Tapeo en el Cabildo

La gente de Sanlúcar de Barrameda mantiene una suerte de alianza con la providencia que le hace recibir lo que venga con desenfado. Al contrario que otras plazas que viven del turismo, Sanlúcar es antes que nada de los sanluqueños y dentro de la ciudad una estirpe respetada es la de los buenos taberneros. La Plaza del Cabildo y sus alrededores, en el Barrio Alto, es una de las mejores zonas de tapeo de toda España. Allí están Casa Balbino, con una barra donde ni el más antojadizo será capaz de señalar todas las delicias que querría probar, pero de donde no hay que irse sin comerse las tortillas de camarones. O Barbiana, donde hay que pedir las papas aliñás con una copa de manzanilla. O el Juanito y su solomillo al jamón. Y cerca, Casa El Gallego y sus camarones al ajillo, o Argüeso, aneja a la bodega.

Castillo de Santiago.
Castillo de Santiago.

El tabernero del Barrio Alto les dirá que la manzanilla lo cura todo, y el de Bajo de Guía, frente al estuario y al coto, responderá que no se puede comer nada más exquisito que los langostinos de Sanlúcar. Los bordan, igual que el pescado frito, en cualquiera de los nueve restaurantes, pero tienen merecida fama en Casa Bigotes, donde cualquier plato es una fiesta. Paco Secundino brilla por sus arroces marineros y Mirador de Doñana, como su nombre indica, tiene una de las mejores vistas y además está a un paso del monumento de la Legua Cero, que recuerda la circunnavegación de La Tierra.

Contemplando desde allí la paz del Guadalquivir diluyéndose en el Océano Atlántico; la mancha verde del Coto orillada por una franja de arena dorada; la neblina y el cielo, cuesta pensar que nada pueda perturbar esa paz, pero ya se sabe: igual que en la quietud de las bodegas el vino vive y evoluciona, bajo la aparente inmutabilidad de la estampa, fluyen el río y sus gentes.