Arte y vino en Bodega Otazu

La reproducción de una de las meninas de Velázquez, obra de Manolo Valdés, preside la sala de barricas./
La reproducción de una de las meninas de Velázquez, obra de Manolo Valdés, preside la sala de barricas.

La monumental bodega alberga una de las más importantes colecciones de arte contemporáneo de Europa

ELENA SIERRA

¿Una bodega o un museo? Cuesta decidirse. Y es que aunque el vino es el hilo conductor de ese rincón de Navarra llamado Otazu, situado a tan solo ocho kilómetros de Pamplona y con las sierras del Perdón y Sarbil como horizonte y el río Arga como delimitador natural de la propiedad, no lo es menos el arte en muchas de sus expresiones. No en vano la bodega puede presumir de ser el hogar de la colección de arte contemporáneo privada más grande de Europa lo mismo que lo hace de ser el punto más al norte en el que se trabaja la uva tinta en España.

Museo-Bodega Otazu (Navarra)

Dónde
Señorío de Otazu s/n, a 8 kilómetros de Pamplona.
Teléfono
948329200.
Web
www.otazu.com

Aquí el interior de la bodega antigua, un edificio construido en el año 1840 al estilo de un château francés, es desde 2013 el Museo del Señorío de Otazu y tiene en la planta baja un Museo del Vino compuesto por maquinaria muy vieja, la que se utilizaba en la época previa a la filoxera; hay documentos que atestiguan que en este lugar se elaboraba vino ya en el siglo XV, y en el Archivo de Navarra, cuando se habla de la cocina y del régimen alimentario de la Corte de Carlos III (1411-1425), se mencionan entre los más destacados los caldos de Eriete y Val de Etxauri, lo que actualmente es Otazu.

A los instrumentos del campo, algunos de ellos piezas ya únicas, se suman material gráfico sobre la historia y vida del Señorío y testimonios históricos del vino como elemento cultural. Pero en las plantas superiores, lo que cuelga de las paredes, decora los muros, se extiende por los suelos y va contagiando los espacios de la nueva bodega anexa –y hasta escapándose por el terreno que la rodea– son obras de arte contemporáneo. Unas que, a menudo, sirven además para decorar las etiquetas de algunos de los vinos de la bodega.

Una torre medieval preside el complejo.
Una torre medieval preside el complejo. / ELENA SIERRA

En la sala de barricas de Otazu, lo más moderno convive con lo más clásico. Construida inspirándose en la cripta del Monasterio de Leyre, suenan cantos gregorianos para acompañar la evolución de los vinos –se confía en que las voces de los monjes les sienten bien y consigan sacar las mejores notas de estos caldos–, pero además hay un par de meninas plateadas vigilando su sueño. También se juega con las luces y los colores, y la sala puede pasar de la oscuridad a la luz brillante o al rojo y al verde. Obras de Xavier Mascaró, Ai Wei Wei, Anish Kapoor, José Manuel Ballester, Secundino Hernández, David Magán, Jeppe Hein, Tomas Saraceno, Peter Zimmerman, Manolo Valdés, Rafael Barrios, Jim Dine, Jaume Plensa, Olafur Eliasson y Daniel Canogar se reparten el espacio.

Y visten el resultado de todo el trabajo de la bodega, como ocurre con las creaciones del artista venezolano Carlos Cruz-Díez, que ha diseñado la etiqueta y el estuche de una edición exclusiva en tirada limitada. Cada caja es una pieza de arte, y al mismo tiempo es parte de una pieza final que resultará de coleccionarlas todas. Es un proyecto a muy largo plazo.

Una gran torre

En realidad, es como si todo el señorío lo fuera. La línea temporal es amplia, mucho. Va desde un lejano siglo XII, el que recuerda la iglesia románica de San Esteban (en el núcleo de Otazu, a unos minutos a pie de la bodega), hasta el XXI, con el edificio del Museo y la cripta. La iglesia fue la primera de las construcciones y a ella se fueron sumando, con los años, la Torre de Otazu –del XIV, es un punto más en la cadena de torres defensivas medievales que un día abundaban por la sierra de Etxauri y las inmediaciones de Pamplona–, el Palacio Renacentista levantado dos siglos más tarde y en el que hoy vive la familia propietaria; las casitas de los trabajadores de la viña, situadas frente al palacio...

Las obras de arte ejercen de punto de unión entre unos edificios y otros. Pueden verse esculturas diseminadas por el campo, a los 'Guardianes' de Xavier Mascaró al pie de la torre defensiva y un camino hecho de 80 cilindros de aluminio afinados –distribuidos a lo largo de los 50 metros del acceso al Palacio– que conforman lo que su autor, el argentino Leandro Erlich, llama un xilófono espacial.

Si se tocan con una vara de aluminio, y a buen ritmo, esta ' Valkirias de Otazu–Preludio del Señorío' hace sonar 'La cabalgata de las valkirias' de Richard Wagner. Toda una experiencia, sin duda. Cerca de ella, 'El color de nuestras vidas', del chileno Alfredo Jaar, una instalación de cubos de distintos tamaños llenos de agua. De fondo, la iglesia y la sierra.

Recomendaciones

En la aldea de Etxauri, vecina al Señorío, se encuentra el restaurante Sarbil (Ikerrea, 8. 948329487). Aquí también se mezclan las cosas: si en la bodega es el vino y el arte, aquí es la arquitectura y la comida, ya que el edificio se yergue sobre 11 pilares de madera en una ladera del Arga y está hecho a base de lamas del mismo material. Entre los muchos platos que incluyen su menú de fin de semana de 25 euros (entre semana son 15), hay revuelto de morcilla con piquillos y pochas a la navarra, gorrín o cabrito asados a baja temperatura, queso del país con mermelada ecológica de peras al tinto de Otazu y natillas con compota de manzana.