La belleza de la comarca vacía de Huertapelayo

Los senderos permiten aproximarse a la hendidura. /I. Muñoyerro
Los senderos permiten aproximarse a la hendidura. / I. Muñoyerro

Espectacular recorrido entre Huertapelayo y el fondo del cañón del Tajo entre pinos, sabinas y enebros

I. MUÑOYERRO

Huertapelayo es un pueblo escondido entre pinares y de difícil acceso. Un rincón apenas poblado donde comienza una preciosa ruta que nos llevará al fondo del cañón del Tajo. Seguiremos el SPG-46 que pasa por el puente de Tagüenza, donde nos vamos a detener, y sube hasta Huertahernando. Un recorrido corto pero exigente donde es más fácil tropezar con ciervos o cabras salvajes que con personas. No es una tontería llegar a Huertapelayo. Una interminable carretera lleva de curvas nos lleva al túnel de acceso. Al otro lado aparece el minúsculo caserío apiñado en una hoya entre los cortados impresionantes de los montes que en el pueblo llaman Cerro de la Cadena y las Covachas. Sobre el último hubo un alcázar que fue derribado con el fin de reutilizar sus piedras para edificar casas.

Hay un aparcamiento en la entrada del pueblo, junto al puente del arroyo de la Vega, que baja sombreado por chopos, cerezos y nogales. Pasamos al otro lado para seguir las indicaciones del letrero que indica la dirección hacia Valtablado. Es una pista que se pega y rodea la peña. Al otro lado se descubre el cañón del Tajo en toda su amplitud. Cortados, pináculos y peñascos rodados cubiertos por un denso bosque de pino silvestre, negro y sabinas hasta donde alcanza la vista. Abajo, como una cinta brillante, el gran río.

Rutas por el Alto Tajo

Cómo llegar
Carretera CM-2015 en dirección Villanueva de Alcorón. Antes de llegar desvío (derecha) a Huertapelayo. La carretera es estrecha y llena de curvas.

Caminamos por la pista entre laderas cubiertas de matorrales olorosos que crecen anárquicos. El monte ha devorado los bancales sobre los que había huertecillas, árboles frutales y colmenas. A la derecha, se ven el cementerio y los cantiles del Tajo. A la media hora abandonamos la pista en un cruce para seguir el GR-113 en dirección Huertahernando y Buenafuente. Es una trocha que nos mete en un monte de pinos, sabinas, enebros y boj. El aroma del espliego, tomillo, ajedrea, abrótano y otras muchas hierbas aromáticas es perturbador. Una cabaña derrumbada recuerda los tiempos del pastoreo, de cuando el pueblo tenía una cabaña de 15.000 ovejas y cabras. Pasamos junto a una antigua cantera de caolín y luego por un mirador protegido por una barandilla con unas vistas impresionantes sobre los cañones.

El descenso por un viejo camino de herradura entre bancales abandonados crecidos de pinos, encinas, sabinas, enebros y boj es sencillo, aunque piñas y bellotas nos harán resbalar. Se escucha el murmullo de agua y aparece el puente de Tagüenza. Construido en cemento y piedra y un sólo arco, enlaza las orillas de la hendidura del Tajo que corre cristalino y saltarín 30 metros más abajo. Al otro lado hay un prado donde descansar y más arriba, unas encinas donde merendar a la sombra. Aprieta el calor al mediodía. Y puede ser asfixiante. El puente actual data de los años 40 y fue construido por orden del general Moscardó sobre las ruinas del anterior, dinamitado durante la guerra.

El puente de Tagüenza.
El puente de Tagüenza.

Tierra de buenas mieles

Un poco más arriba, en el lindero del encinar, las señales del GR se bifurcan. Por la izquierda suben hasta Huertahernando (son palabras mayores) y por la derecha sigue hacia Buenafuente del Sistal, a 12 kilómetros, donde hay un vado que permite cruzar el Tajo. Pero está muy lejos y optamos por volver por la ruta de bajada. La subida al mirador exige un esfuerzo adicional que acrecienta la solana. Se mueven abejas y abejorros. Ésta fue tierra de buenas mieles y los mieleros llegaban con su carga al País Vasco. Los peñascos rojizos brillan al sol; los pinos silvestres y las sabinas embriagan el aire antes de entrar en el pueblo.

Se nota animación. Un vecino ya mayor nos cuenta que en agosto son fiestas y han vuelto todos los que se fueron, pero que es un espejismo, porque en octubre la aldea se volverá a vaciar. El primer gran éxodo se produjo en los años veinte del siglo pasado. Tras la primera Guerra Mundial la mayoría emigró a los Estados Unidos para trabajar de ganaderos, de guardabosques, de tenderos… También nos dice que la Guerra Civil no trajo más que miseria. Los anarquistas quemaron la iglesia y con ella la imagen de Santa María Magdalena, la patrona. Afortunadamente sólo se chamuscó y, restaurada, vuelve a presidir el altar mayor del templo.

Y después el pueblo se vació. En los años 60 era una ruina y pasó a ser una pedanía de Zaorejas. Los vecinos lo han reconstruido, pero como lugar de vacaciones. Luego llegarán cazadores y truferos, pero nadie se queda. Estamos en la Siberia española.

El Hundido

El Hundido de Armallones es una de las rutas más completas y bellas que se pueden recorrer en el Parque Natural del Alto Tajo. Reúne bosque, acantilados y fauna en un paseo por la orilla del río, que unas veces baja salvaje en rápidos y cascadas y otras se remansa en pozas de agua color esmeralda ideales para un chapuzón. La ruta comienza en Ocentejo, otro de los muchos pueblos perdidos en medio de pinares y barbechos. Aparcamos al final del pueblo, junto a la caseta de información (abre en verano). Cerca hay una fuente y un completo panel indicador. Bien provistos de agua, porque no hay fuente en el recorrido, comenzamos la marcha por una pista ancha y llana que cruza una vega, sube y luego pierde altura hasta encontrar la orilla del Tajo. Hemos entrado en el Hundido de Armallones, un profundo tajo por el que el Tajo desciende obstaculizado por enormes bloques de piedra que se precipitaron de los acantilados cercanos. El camino de herradura está tallado en la roca y se ciñe a la ladera del Pico Alar, donde están las buitreras. La pista llanea en el tramo final, cuando aparecen las salinas de La Inesperada. Desilusionan, pues nada queda que aquella obra comunal de 1860 para la extracción de sal.

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