El reino de Argelia

La población es reacia a que siga en el poder alguien que roza la condición de muerto viviente y sólo representa a una oligarquía totalitaria que fusiona Ejército, administración y tribunales

El reino de Argelia
Juanjo Sánchez Arreseigor
JUANJO SÁNCHEZ ARRESEIGOREspecialista en el Islam contemporáneo

Les gustan las historias de zombis y muertos vivientes? ¿El amanecer de los muertos? ¿Guerra mundial Z? ¿The Walking Dead? Ha sido un subgénero muy popular, aunque el público empieza a mostrar señales de cansancio por saturación. En Argelia las masas se están mostrando muy poco receptivas a que su país lo siga gobernando alguien que roza la condición de muerto viviente.

Abdelaziz Buteflika se convirtió en ministro a los 23 años y desde entonces ha sido una figura permanente en la política. Ascendió al poder supremo en 1999, cuando la guerra civil contra los integristas islámicos seguía en marcha. Buteflika tenía entonces 62 años y a nadie le preocupaban ni su edad ni su estado de salud, pero los años se han cobrado su tributo. En abril de 2013 sufrió un grave ataque cerebrovascular del que nunca se recuperó del todo. Ahora, a los 82 años, parece que tuviera más de 100. No puede moverse sin silla de ruedas y ni siquiera puede hablar de manera inteligible, pero este muerto viviente se muestra dispuesto a aferrarse al poder.

Tras la independencia, el sistema de gobierno argelino se configuró como una oligarquía totalitaria llamada por los argelinos Le Pouvoir (los verdaderos poderes), donde el partido único FLN se fusionó de facto con el Ejército y con la Administración pública, incluidos los tribunales y el Parlamento. Este conglomerado utilizó el maná petrolífero y la retórica seudorevolucionaria para darse una pátina de despotismo ilustrado. La sangrienta guerra civil que estalló en 1992 ha concluido con la victoria total de Le Pouvoir. Se celebran elecciones periódicas con varios partidos, pero Argelia es una dictadura de partido único. Buteflika 'ganó' de nuevo con un 81,5% de los votos un año después de su ataque cerebral, pese a que toda la campaña tuvo que hacerla su primer ministro.

Buteflika es meramente el líder, o quizás ahora tan solo el mascaron de proa, de una facción dentro de Le Pouvoir. La sustitución o muerte de Buteflika implicarían que su facción se viese desplazada en beneficio de otras. En buena lógica, el entorno del actual dictador debería afrontar la inevitabilidad de su ocaso y negociar una transición pactada, abriéndose a otras facciones dentro de la oligarquía dominante, pero anunciar que el provecto Buteflika va a presentarse de nuevo a las elecciones del 18 de abril es una peligrosa señal de encastillamiento cerril que no presagia nada bueno.

Si Afganistán arde de un extremo a otro o Siria se hunde en el Mediterráneo podemos encogernos de hombros y fingir que no nos incumbe. Sería un error porque acabaría afectándonos; al final todos estamos conectados, pero con Argelia no hay margen para la duda. Si el país revienta, reventara en nuestra cara. Podríamos ponernos cínicos y recordar que Argelia ya explotó recientemente durante la guerra civil que estalló en 1992, pero que eso no supuso para nosotros mayor inconveniente: ni atentados en nuestro territorio, ni oleadas de refugiados ni interrupción de los suministros. Sin embargo eso se debió sobre todo a la naturaleza del conflicto: una campaña de atentados terroristas combinada con pequeños ataques a las fuerzas del orden. El país siguió funcionando en todo momento. Le Pouvoir nunca perdió el control. Sin embargo, no hay garantías de que una nueva oleada insurreccional no termine con Argelia convertida en una nueva Siria, un nuevo Yemen o una nueva Libia.

España compra muy poco petróleo en Argelia -desde hace décadas se aplica una sabia política de diversificar al máximo nuestras fuentes de suministro-, pero con el gas natural, que supone una quinta parte de todo el consumo energético español, ha sucedido todo lo contrario. Desde 2013 más de la mitad de nuestras importaciones provienen de Argelia y casi todo lo demás nos llega únicamente de tres países: Noruega, Nigeria y Qatar. Dos enormes gaseoductos nos abastecen de gas argelino: el GME, que cruza por Marruecos, y el Medgaz, que nos llega directo hasta Almería vía Mar de Alborán.

A día de hoy la situación interna del Estado argelino es sólida. Las protestas y tumultos de 2011 se superaron mediante sobornos sociales -no hay otra manera de decirlo-. Las huelgas y protestas de los policías en octubre de 2014, un tema potencialmente mucho más grave, también se solventaron a base de dinero. Cuando los precios del petróleo se derrumbaron en 2014, el Estado argelino disponía de enorme reservas financieras que evitaron grandes recortes en gastos sociales sin pedir muchos préstamos ni acumular grandes deudas exteriores que te dejen a los pies del Fondo Monetario Internacional y sus sádicos programas de ajuste.

Los estudiantes se han movilizado ante la estafa y la burla que suponen la quinta candidatura de Buteflika. Gritan que Argelia es una república, no un reino. Sin embargo, sus posibilidades de éxito son escasas. El resto del país, por el momento, no parece movilizado. Al fin y al cabo Argelia es un reino y Buteflika es el rey desde hace veinte años, y detrás de él está la aristocracia, Le Pouvoir, que va a seguir ahí aunque Buteflika desaparezca. Mientras fluya el dinero del petróleo y la Administración pública mantenga una cierta eficacia, este tipo de dictaduras colegiadas pueden mantenerse en pie indefinidamente.