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El mecanismo mental de la masa ciudadana tiende a perpetuar la imagen de sus líderes, pero solo mientras los ve en alto

Mariano Rajoy./
Mariano Rajoy.
José María Romera
JOSÉ MARÍA ROMERA

Hace apenas mes y medio que perdimos de vista a Mariano Rajoy y casi se diría que ni siquiera existió, que Sánchez siempre estuvo ahí. El mecanismo mental de la masa ciudadana tiende a perpetuar la imagen de sus líderes, pero solo mientras los ve en lo alto. El poder siempre inviste de cualidades superiores a quienes lo ostentan aunque luego, al llegarles el final, el granito se torna humo en un abrir y cerrar de ojos, y lo que parecía imprescindible se desvanece en la pura anécdota. Bien es cierto que el comportamiento del expresidente ha favorecido esta transición a la nada. El jarrón chino ha preferido ser botijo en el litoral de Santa Pola, de donde nos llega la única noticia de que cierto registrador de la propiedad acostumbra a comer todos los días en cierto restaurante. De la crónica de la alta actualidad política a los insignificantes ecos de sociedad. «Huyó lo que era firme y solamente:/ lo fugitivo permanece y dura», escribió Quevedo. Con la misma obstinación con que se mantuvo durante treinta años en diversos escalones del poder, Rajoy ha pasado de lo firme a lo fugitivo sin solución de continuidad. Las primarias del PP podrían haber sido el último reducto de su ya triturada memoria, pero da la impresión de que ni siquiera a los que fueron los suyos les tienta lo más mínimo mencionarlo.

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