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Música para burgueses

La vida de quienes se dedican al mundo cultural en este país se ha convertido en un infierno de penalidades

Música para burgueses
Blanca Álvarez
BLANCA ÁLVAREZ

Llevan toda la vida intentando que la ‘alta cultura’ forme parte exclusiva de su patrimonio, como si esa ‘alta cultura’ no se cimentase en toda la sociedad, comenzando por la escuela. Ellos dividen la cultura en dos: la cultura de caviar, es decir, la suya, y la cultura de pan duro. Tal vez por eso se elimina de la enseñanza la música o la filosofía, o el arte: los pobres carecen de todo derecho al alimento de sus espíritus; tal vez por eso, la vida de quienes se dedican al mundo cultural en este país se ha convertido en un infierno de penalidades. Pero, sobre todo, existe algún tipo concreto de actividad cultural vetada, casi por pura inercia, a quienes no forman parte de la burguesía. Entre estas, la ópera o la música clásica. En lugar de llevarlas a la escuela, los barrios, las ciudades pequeñas, permanece en santuarios bellísimos con el paso cerrado a quienes carecen del pedigrí necesario. El Palau de Barcelona era uno más de esos ejemplos; en él, desde el siglo XIX -momento de eclosión de la nueva burguesía catalana-, se reunían en los palcos la crema de la nueva burguesía para hablar de sus negocios o sus amantes; si no estabas en uno de esos palcos, sencillamente, no eras nadie. Imagino que por esa misma razón los partidos políticos que representaron desde siempre a esa clase social, la del caviar en el salón y la butifarra en la romería, utilizaron sin pudor alguno los dineros públicos destinados a tan venerable institución. Desde el propio señor Millet, que pagaba con dineros públicos, entre otras cosas, las bodas de sus hijas, hasta partidos como la extinta Convergencia catalana, hoy transmutada en PDeCAT. Se conocía el asunto del 3% en comisiones a cambio de obra pública, se señaló en el Parlamento catalán, años ha, y lo hizo un socialista, Maragall. Lo malo es que ahí quedó la cosa; también se publicó en ‘Interviú’ pero, al igual que la corrupción del senador Areces, también publicada en esa revista, permaneció dormida durante años, con la pereza propia de un país con falta de costumbre en la transparencia y en mirarse de frente las vergüenzas. Personajes de la primerísima plana política están siendo condenados por prevaricar, robar y blanquear a costa del dinero de todos. Eso sí, todos ellos muy nacionalistas, al parecer, sin que sus seguidores se inmuten en absoluto por su corrupción; desde el clan de los Pujol, hasta su improbable sucesor, Artur Mas. Son millones de euros, esos que se escatiman a los pensionistas, a la educación, a la sanidad, a las ayudas sociales… Y, se pongan como se pongan, son simplemente ladrones. De guante no demasiado blanco. Me pregunto, ya que va de música, qué sentirán esos jóvenes músicos españoles, quienes tras varios años de duro estudio han tenido que emigrar y dar sus frutos en otros países, contemplando un desfalco que han cargado sobre sus espaldas en forma de paro crónico. Músicos que, recordemos, han hecho más por la ‘marca España’ que todos los sucesivos gobiernos de eme punto Rajoy.

 

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