Memorias de Europa

El principio de que cada nación etnolingüística debía tener derecho a su propio Estado tuvo efectos devastadores tras la Primera Guerra Mundial

Memorias de Europa
Joseba Arregi
JOSEBA ARREGI

Los próximos meses de campaña electoral solo se hablará de política nacional, aunque una de las citas con las urnas tenga que ver con el Parlamento europeo. En ese contexto conviene tomar algo de distancia del horizonte español y volver la mirada hacia lo que sucedió con y tras las dos guerras mundiales para saber qué pasa hoy con Europa.

Para muchos historiadores, el cierre de la Primera Guerra Mundial con los acuerdos de Versalles (1918-1919) contenía la semilla de la Segunda Guerra Mundial. No afirman una causalidad, sino dan una explicación. Francia consiguió el derecho a ocupar la franja alemana desde su frontera hasta el Rin. Se añadió la prohibición de poner en marcha de nuevo la industria armamentística en Alemania, además de las reparaciones que debía pagar por los daños causados por ser causante principal de la contienda.

En Alemania, tras la deposición del emperador Guillermo II, se aprobó una nueva Constitución, llamada de Weimar, que no concitó la adhesión de todos los partidos parlamentarios; en especial, de los de centroderecha. La Alemania de Weimar fue estabilizando el país, superando las consecuencias de la guerra y pagando con quitas las reparaciones establecidas en el armisticio de Versalles hasta que el 'crack' de Estados Unidos de 1929, de cuyo capital dependía en buena parte, daño su economía de forma brutal: los capitales extranjeros salieron de forma precipitada, lo que dejó una secuela de desempleo, inestabilidad y devaluaciones continuadas de la moneda y abrió la puerta a los extremismos de derecha e izquierda.

Fuera de la propia Alemania, las mayores consecuencias del armisticio se produjeron en los países integrados en el imperio austro-húngaro, llamado «cárcel de naciones». En él se aplicó, para liberar a esas naciones «encarceladas», el principio de las nacionalidades formulado por el presidente estadounidense Wilson, basados en que cada nación etnolingüística tenía derecho a su propio Estado.

Es importante repasar las consecuencias de la aplicación de dicho principio. La primera puede servir como resumen de todo lo que se pueda decir. En el imperio austro-húngaro existían tres ciudades que sobresalían sobre el resto: Viena, Praga y Budapest. Las tres eran aproximadamente a tercios alemanas, eslavas y magiares. Hasta 1918. Tras la Primera Guerra Mundial y en la aplicación del principio de nacionalidades fueron 'depurándose': Viena se convirtió en puramente alemana, Praga en estrictamente checa y Budapest en claramente magiar. Se produjo una limpieza étnica (Haydn trabajó para la noble familia húngara de los Esterhazy, el poeta Rilke y el novelista Kafka eran alemanes de Praga, por ejemplo).

El principio de nacionalidades de Wilson reprodujo y multiplicó los problemas, pues la realidad en el centro y este de Europa era la de la coexistencia de distintas lenguas en espacios muchas veces reducidos. Era muy difícil que el checo fuera en cualquier lugar de Bohemia la lengua mayoritaria. Antes de su aplicación, Hungría no era concebible sin una población que hablara en alemán o en rumano. Checoslovaquia carecía de homogeneidad etnolingüística, ya que incorporaba a Eslovaquia -hasta entonces vinculado al reino de Hungría-, también parte de Silesia, con mayoría de población alemana y polaca; parte de Rutenia...

La nueva Hungría del Tratado de Trianon pasó de 282.000 km2 a 93.000 al perder Croacia a favor de la nueva creación Yugoslavia. Así se convirtió en casi homogénea lingüísticamente, con un 92% de habitantes de habla magiar, pero un tercio menos de población. Bulgaria se quedó sin su franja occidental, que incorporó Yugoslavia, y sin Tracia, que fue a parar a Grecia. Rumanía fue una de las grandes ganadoras, pues se hizo con la Transilvania húngara, con parte de la Besarabia rusa y con la Bukowina, patria de Paul Celan y Moses Rosenkranz, dos grandes poetas alemanes del siglo XX.

Como escribe el historiador Tony Judt, los habitantes quedaron en su territorio de antaño, pero las fronteras se movieron creando nuevas entidades multinacionales; es decir, repitiendo y multiplicando el problema que quería resolver el principio de las nacionalidades. No fue la única consecuencia. Si la autodeterminación significa -al menos también, si no sobre todo-, derecho a un buen gobierno, en la mayoría de las nuevas entidades surgidas del despiece del imperio austro-húngaro se ve lo contrario. Es conocido que Alemania e Italia caen bajo el nazismo y el fascismo. Austria vota a favor de la unión con Alemania. En 1934 los nazis intentan un golpe de Estado, asesinan a Dollfuss y el canciller derechista Schussnigg convoca, obligado, un referéndum para la unión, pero Hitler ya se había adelantado con la anexión. En Hungría los aliados acaban con el intento revolucionario de Bela Kun e imponen al almirante Horthy, quien en 1920 implanta la dictadura. En Rumanía el rey Carolo II establece un régimen autoritario en 1938. Y en Polonia el mariscal Pildsusky gobernó como dictador entre 1926 y 1935.

Según Tony Judt, en 1918 se movieron las fronteras para crear estados nacionales «homogéneos» lingüísticamente. El fracaso de la experiencia fue estrepitoso. En 1945, tras la Segunda Guerra mundial que en parte enraizaba con los problemas irresueltos en la aplicación de la doctrina Wilson -los alemanes checos que Hitler quería que volvieran a su tercer imperio-, las fronteras quedaron sin tocar, pero fueron los habitantes los que tuvieron que moverse, creando unas migraciones forzadas; es decir, refugiados en todos los territorios del centro y del este de Europa. Muchos de ellos terminaron bajo la égida del imperio soviético. Hasta la caída del muro del Berlín en 1989.