El Irán de los ayatolás

El país nunca ha tenido más influencia en Oriente Medio. Pero en el frente interno hay un divorcio absoluto entre gobernantes y gobernados

El Irán de los ayatolás
Sr. García
Ignacio Álvarez-Ossorio
IGNACIO ÁLVAREZ-OSSORIODirector del Instituto de Desarrollo Social y Pazen la Universidad de Alicante

Hace ahora cuarenta años fue derrocado el Shah Muhamad Reza. La dinastía de los Pahleví había sido instaurada en 1925 y desde un principio contó con el respaldo de Gran Bretaña, que a cambio logró que la Anglo-Iranian Oil Company explotase los principales yacimientos de petróleo del país. La revolución iraní vino a poner fin a más de medio siglo de Gobierno despótico, que intentó sin éxito occidentalizar Irán. El levantamiento contra el Sha contó con el respaldo de buena parte de la sociedad y, en particular, de las clases populares, la burguesía comercial y el clero chií. También se sumaron los partidos izquierdistas y los sectores liberales, que interpretaron que el derrocamiento del régimen autoritario y corrupto del Sha daría paso al establecimiento de una democracia que garantizase las libertades fundamentales, hasta aquel entonces severamente restringidas por el Savak, la temida Policía política.

Muy pronto se evidenció que el verdadero objetivo del imán Jomeini era deshacerse de sus rivales e instaurar un Gobierno islámico en el que el Guía Supremo se reservaba un poder prácticamente ilimitado, ya que entre sus facultades estaba la de declarar la guerra, convocar referéndums, dirigir las fuerzas armadas o designar a los miembros de la judicatura. También quedó claro que la tiranía del Sha había sido reemplazada por el autoritarismo de los ayatolás, que gobernaron el país con mano de hierro, impusieron la 'sharía', restringieron las libertades y monopolizaron el poder.

No sólo fueron perseguidos los izquierdistas y liberales, sino que también se actuó con especial contundencia contra aquellos ayatolás que, como Shariatmadari o Montazeri, osaron criticar a Jomeini y fueron sometidos a arrestos domiciliarios. Otros no tuvieron la misma suerte y acabaron en la temida prisión de Evin, donde sufrieron torturas sistemáticas o fueron ejecutados.

La revolución islámica iraní no sólo provocó cambios en la escena doméstica, sino también desencadenó drásticas transformaciones en la región. La caída del Sha representó un duro golpe para Estados Unidos, que se vio obligado a reforzar su alianza con Israel y Arabia Saudí, pero también a aproximarse a Sadam Hussein, el presidente de Irak, a quien apoyó en su guerra contra Irán. Marcó, además, el ascenso del islam político en la zona con la irrupción de diversos grupos armados que, inspirados en el modelo iraní, abogaron por el empleo de la violencia para derrocar a los gobiernos autoritarios aliados de Occidente e instaurar en su lugar gobiernos islámicos regidos por la 'sharía'.

Dos acontecimientos ejemplifican este ascenso islamista. El 20 de noviembre de 1979 un grupo de 200 islamistas capturó el santuario de La Meca, e intentó derrocar al rey saudí Jaled, quien, tras sofocar la rebelión, adoptó una agenda conservadora dando plenos poderes al clero wahabí para aplicar estrictamente la 'sharía'. El 6 de octubre de 1981 militantes de la Yihad Islámica asesinaron al presidente egipcio, Anuar Al Sadat, que dos años antes había firmado un tratado de paz con Israel. Ayman Al Zawahiri, uno de sus principales dirigentes, es el actual líder de la organización terrorista Al-Qaida. Entre ambos acontecimientos, la Unión Soviética invadió Afganistán, hecho que desencadenó la irrupción en escena de los 'muyahidín', una suerte de brigadas internacionales islamistas armadas por Estados Unidos y financiadas por Arabia Saudí para combatir a las tropas soviéticas. El resto de la historia es suficientemente conocido.

No obstante, el ascenso regional del Irán de los ayatolás parece estar más relacionado con los errores de sus adversarios que con los aciertos de su régimen. En el año 2003, Estados Unidos decidió invadir Irak sin haber previsto el día después a la caída de Sadam Hussein. George W. Bush ganó la guerra, pero perdió la posguerra, ya que el país se vio arrastrado hacia una espiral de violencia con la irrupción de diferentes grupos rebeldes, formaciones yihadistas y milicias chiíes que se disputaron el control del territorio y sumergieron al país en una cruenta guerra civil.

Irán aprovechó la coyuntura para extender su influencia sobre el país, que cuenta con una amplia mayoría de población chií. En el año 2011, Irán decidió intervenir militarmente en Siria para evitar la caída de Bashar el-Asad, su principal aliado regional, enviando a la Guardia Republicana iraní y a su cuerpo de élite -las Brigadas Al Quds- y movilizando a decenas de miles de combatientes chiíes en Líbano, Irak, Afganistán y Bangladesh.

Hoy en día, el Irán de los ayatolás se encuentra en una situación extremadamente paradójica, puesto que nunca ha tenido más influencia en Oriente Medio gracias a la ascendencia que cuenta entre sus aliados en Irak, Siria y Líbano. No obstante, las principales dificultades provienen del frente interno, ya que existe un absoluto divorcio entre gobernantes y gobernados. Debe tenerse en cuenta que dos terceras partes de los iraníes nacieron después de 1979, por lo que siempre han vivido bajo el estricto régimen islámico. La desafección hacia unas élites dirigentes aisladas del pueblo es notable, tal y como demostró la Revolución Verde de 2009. La reimposición de las sanciones comerciales por parte de Estados Unidos ha agravado la crisis económica iraní. Lo que no está nada claro es si esa fuerte presión internacional se traducirá en una segunda ola contestaria o, por el contrario, acabará por reforzar al régimen.