Fragilidad política

El asunto de las titulaciones universitarias de los máximos dirigentes es solo el síntoma de la debilidad en la que se mueven los partidos

Pedro Sánchez. /AGENCIAS
Pedro Sánchez. / AGENCIAS
Kepa Aulestia
KEPA AULESTIA

El presidente Sánchez celebró el pasado domingo sus primeros cien días de gobierno advirtiendo de que su llegada a La Moncloa no fue un «accidente», y anunciando que alberga un proyecto de «transformación» para España hasta 2030. Fue dos días antes de que dimitiera Carmen Montón por un máster obtenido irregularmente, y de que él mismo se viera interpelado públicamente hasta dar a conocer su tesis doctoral. También fue antes de que las 400 bombas de alta precisión vendidas a Arabia Saudí continuaran su periplo; y de que el Congreso de los Diputados votara la exhumación de los restos de Franco entre aplausos de la mayoría y la clamorosa ausencia del Gobierno, con excepción de la vicepresidenta Carmen Calvo. Aunque la fragilidad no afecta únicamente al Ejecutivo socialista. El panorama político y partidario sugiere en su conjunto un juego de debilidades, por el que cada actor trata de sostenerse sobre las dificultades de sus adversarios. Las horas que precedieron a la renuncia de la anterior ministra de Sanidad revelaron hasta qué punto el incipiente sistema cuatripartito –PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos– se mantiene al arrimo del bipartidismo que se esfuerzan en recrear Sánchez y Casado.

En medio de un clima tan marcadamente preelectoral, ni siquiera la amplia coincidencia de intereses en que Sánchez posponga la disolución de las Cortes sirve para atenuar la fragilidad de una política de por sí volátil. Ya poco importa que la tesis del presidente haya superado los detectores de plagios. No solo porque sigue siendo incomprensible que tardara tanto en hacerla pública, como si se resistiera a revelar algo íntimo. Sobre todo porque de esa manera dio a entender que se empeña en sortear su inseguridad. Ahora es inevitable que sea puesta en cuestión la calificación obtenida, la entidad del tribunal o la del propio centro universitario de la que es doctor. Es inevitable suponer que Pedro Sánchez decidió matricularse en La Moncloa para aprender a ser presidente.

Estos días se han podido escuchar comentarios respecto a que los ciudadanos no confían o dejan de confiar en un dirigente político teniendo en cuenta su altura intelectual. La duda que surge inmediatamente es qué características buscan los militantes por un lado y los votantes por el otro para depositar en alguien las esperanzas que le restan al escepticismo general. En concreto, qué piensan los afiliados más entusiastas del PP que apostaron por Casado o se sumaron a su victoria, al saber lo que sabían desde el primer momento: que su líder podría venírseles abajo a causa de las facilidades que obtuvo en su sprint universitario final. Fue elocuente que el PP afrontara la sustitución de Rajoy olvidándose de la causa que le condujo a ser desalojado del Gobierno: la corrupción. Lo chocante es que optara por un líder que podría verse investigado por el Supremo, y que éste se limite a sortear las posibles causas de ilegalidad en su titulación –hasta objetar que tendría prescrito el cohecho– sin atender a la responsabilidad política contraída, aunque sea por maquillar su currículo y por derivar hacia la universidad culpas que le serían también propias.

La dimisión no convirtió en ejemplar la conducta de Carmen Montón, como generosamente quisieron concederle sus compañeras y compañeros de partido en la despedida. Tampoco el detalle de actualizar su currículo a la baja sitúa a Albert Rivera en mejor lugar del que se encontraba antes de hacerlo, poniéndose en evidencia. Porque el asunto de las titulaciones académicas como reclamo de marca no es más que el síntoma de la fragilidad que aqueja a una política ávida de golpes de suerte. Obligada a abrirse paso a cuenta de las vergüenzas de los demás más que de las virtudes propias. Claro que la llegada de Pedro Sánchez a La Moncloa fue un «accidente», a no ser que logre desmentir tal extremo en una ejecutoria más dilatada que la de sus primeros cien días. La ministra-portavoz, Isabel Celaá, tampoco puede sorprenderse de que sus contrincantes quieran «abatir» políticamente a Sánchez si se presta a ello, cuando no las tiene todas consigo en su propio partido. Cuando la ejemplaridad cotiza tan bajo también entre los socialistas.

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