EL EXTRAÑO HOMBRE DE LOS CARAMELOS

«Un tendero regala napolitanas a cambio de buenas notas»

Julián Gómez en su negocio. /
Julián Gómez en su negocio.
JON URIARTE

Cantaba La Orquesta Mondragón en los 80 al hombre de los caramelos y no era precisamente con cariño. Se trataba de un personaje siniestro. Todo lo contrario que el protagonista de hoy. Se llama Julián Gómez. Y su iniciativa merece ser difundida a los cuatro vientos. La idea es sencilla: dulces de regalo para los mejores estudiantes del pueblo. No parece un negocio como para forrarse. Todo lo contrario. Pero parece que hay cosas más importantes que el dinero. Al menos para él. Y ahí le tienen. Endulzando a cambio de buenas notas. Imagino que tienen muchas preguntas. Un servidor también. Así que nos vamos al templo de Julián.

La entrada del local engaña. Porque es una franquicia de una cadena importante pero, en alma y cuerpo, es una tienda de alimentación de toda la vida. De hecho, en Talavera de la Reina es, simplemente «La tienda de Julián». O deberíamos decir, «La tienda de las napolitanas». Porque así la conocen desde hace años. «Tres, para ser exactos» apunta nuestro protagonista y añade la razón. «Una discoteca de la localidad, a la que va la gente joven, hizo una campaña en la que regalaba un chupito al cliente por cada suspenso que hubiera recibido». Al escucharle se percibe lo indignado que se sintió. Y lo que le duró. Otro lo habría dejado pasar como otra idea estúpida de un hostelero con poco fuste. Pero él no. Decidió contraatacar. Si ellos regalaban chupitos de alcohol, Julián regalaría otra cosa. Tras darle mil vueltas, inició una encuesta entre los jóvenes clientes de su tienda sobre qué les gustaría como regalo equivalente. La mayoría optó por una napolitana. Así que se puso a ello. La logística exigía divulgarlo, decidir las bases y buscar el dinero.

«La idea de una napolitana a cambio de una buena nota corrió por todo Talavera, así que no costó darlo a conocer», rememora en este hueco que ha hecho para recibirnos, mientras mira de reojo a la puerta por si llegan más clientes, y añade que al principio alguno no se lo creyó, «pero yo lo tenía muy claro. Había que hacer algo para mostrar a nuestros hijos que existe otro camino». Julián tiene tres. Uno de 17, otro de 14 y el mayor de 30 años. Así que sabe lo que es criar a unos chavales y pasar por esas edades tan complicadas que más que períodos de la vida parecen enfermedades que debemos pasar. Un tiempo donde elegir el camino correcto resulta clave. Y donde una cosa es hacer el tonto y otra convertirse en tonto. Quizá por eso Julián ve en cada crío que se asoma a su mostrador mucho más que un cliente. Desde un principio tuvo claro que su plan era el adecuado. El siguiente paso serían las bases para merecerlo.

«No premio los sobresalientes sino el esfuerzo. Hay chavales que trabajan duro para sacar un cinco y lo valoro más que un diez en otro», advierte, y al hacerlo nos recuerda que su empeño va más allá del detalle de las buenas notas. No quiere que las nuevas generaciones tengan que emigrar de su tierra sin preparación y buscar trabajos precarios. Y, ya que estamos, que no se vayan de Talavera. Que esas cabecitas generen ideas que les permitan vivir donde nacieron. Hermosa idea, que también está detrás de su iniciativa. «Por eso le llamo la fiesta del esfuerzo», insiste, y cuenta que lo de las napolitanas tiene lugar, obviamente, en tiempo de entrega de notas. «Los mayores me enseñan el boletín con los resultados, pero los de preescolar también tienen derecho, así que me traen sus hojitas con lo que le ha puesto la profesora o el profesor», detalla, y les imaginamos mostrando orgullosos sus dibujos, sumas o dictados. Todo sea por el premio. Que, por cierto, varía según preferencias. «Las napolitanas son las más demandadas, pero ofrezco la opción de cambiarlo por una pieza de fruta. Y los peques se llevan una banderita en la que pone 'buen trabajo' y una caja con chuches o frutos secos» procama orgulloso. Y con razón. La cara de los agraciados debe ser para verla. Como la tarde en que un chaval le dijo ilusionado que era la primera vez en su vida que le habían dado un premio. Y qué decir de las caras de quienes les acompañan. «Verles de la mano del abuelo, presumiendo de buena nota y del premio recibido, no tiene precio» asegura. Pero lo tiene. Y encontró la solución.

«Dejé de fumar. No sabes lo que da de sí el dinero que me gastaba y ahora ahorro». Debe ser mucho. Porque la última entrega de dulces a cambio de buenas notas le supuso quinientas bandejas, con tres napolitanas en cada una. Echen cuentas. Y recuerden lo que cuestan. A lo que añadiremos las chuches, los frutos secos y la fruta, además de los globos y los adornos con los que decora el local esos días. Pero insiste en que le merece la pena. Y eso que a veces vive situaciones incómodas. «Recuerdo un padre que vino con cinco hijos y me dijo que se lo diese solo a uno porque los demás no lo merecen». Lo cuenta con pena. Les habría dado una napolitana a cada uno. Pero sabe que el mensaje se habría adulterado. Porque, no lo olvidemos, todo esto nace con una idea clara. Premiar el esfuerzo de los chavales y poner un granito de arena para que no se aplauda lo contrario. Una idea grandiosa. De hecho le extraña que nadie la haya copiado. Pero es lo que hay. Por suerte, de vez en cuando surge un Julián que anima el panorama. Quizá nunca ocupe grandes titulares, ni su tienda se convierta en un emporio comercial. Pero tiene algo más grande. El respeto y admiración de sus vecinos. Y algo más. Nos lo cuenta justo antes de que entre una clienta.

Hace unos días su hijo de 16 años le dijo: «Me han preguntado si mi padre era el de las napolitanas y les he dicho que sí. He presumido de ti». A duras penas logra frenar la natural emoción de un padre que escucha algo así y pretende contarlo. Por eso, tras hacerlo, guarda un breve silencio. El justo para que comprendamos lo que siente. Una satisfacción enorme. Inmensa. Tanto o más grande que una montaña de napolitanas desde Talavera hasta el cielo.

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