Aliexpress y los cuarenta ladrones

Aliexpress y los cuarenta ladrones
Alba Carballal
ALBA CARBALLAL

En 'Las mil y una noches', Alí Babá no era más que un pobre leñador que termina por sucumbir al pecado de la avaricia. Por el camino descuartizan a su hermano, pero aun así la jugada no le sale mal del todo: consigue cargarse a los ladrones y al final se queda el tesoro. Aliexpress, por su parte, acaba de abrir su primera tienda física de Europa en Madrid, y su inauguración ha traído -nunca mejor dicho- cola: han sido muchos los que, días antes, ya estaban esperando in situ a que el gigante chino abriese sus puertas. Sin embargo, esta cueva de los cuarenta ladrones de nuestros días guarda cierta distancia con la de toda la vida. Por un lado, las palabras que permiten el acceso son, para cualquier intruso occidental, ligeramente más complicadas que el archiconocido '¡ábrete, Sésamo!' -Huawei, Xiaomi, Ikohs, Wang-; por otro, en esta ocasión los ladrones viven dentro de la gruta, y roban a los visitantes algo más valioso que las joyas: su tiempo.

Con la promesa de una avalancha de regalos, Aliexpress ha conseguido atraer, en su estreno, a una verdadera avalancha humana. El primero de la fila cuenta que estuvo 48 horas casi sin comer, duchándose con toallitas húmedas y durmiendo en un saco. Al final -su gozo en un pozo- no le dejaron escoger su premio. A ver si me entero: por un teléfono móvil de 200 euros hay quien está dispuesto a permanecer dos días enteros en unas condiciones lamentables. Echando la cuenta de la vieja rápida, la broma sale a unos cuatro euros la hora. Ni nocturnidad, ni seguridad social, ni nada. En mi primer trabajo como becaria cobraba el doble, y al menos podía elegir en qué me gastaba el sueldo. A cambio, te vuelves un peón de su gran 'performance'. Eso sí que es pagar con visibilidad, pero al revés: sólo ellos conocen las palabras mágicas que abren nuestros corazones al capitalismo salvaje.