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«Usar oxígeno embotellado en el Everest es trampa»

«Usar oxígeno embotellado en el Everest es trampa»

David Goettler, uno de los mejores himalayistas del momento, trata estos días de escalar el techo del mundo sin bombonas a la espalda, mientras reflexiona sobre la realidad de la icónica montaña

Óscar Gogorza
ÓSCAR GOGORZA

Mediado el mes de mayo, los nervios se apoderan del campo base del Everest en su vertiente de Nepal, la que concentra un millar de personas entre aspirantes a pisar el techo del planeta, trabajadores de la montaña y guías. Los sherpas han fijado cuerda hasta la cima, el que no haya logrado aclimatarse correctamente ya no lo hará, y el resto espera una ventana de buen tiempo de al menos cinco días para completar un viaje casi surrealista. Colas para cruzar la parte baja de la montaña, pausas tensas bajo los seracs amenazadores, esperando un turno en el escalón Hillary… en el Everest todo se ha vuelto muy raro. Cientos de personas con pinta de astronauta, embutidos en abultados buzos de pluma y con la cara oculta tras una máscara de oxígeno peregrinan camino de un premio. Entre ellos, estos días, se ha colado el alemán David Goettler, alpinista de pedigrí que asiste al show entre divertido y respetuoso. Goettler desea escalar el Everest sin emplear oxígeno artificial, algo que solo 200 montañeros de entre las más de 4.800 personas que han coronado el techo del planeta han podido hacer. El alpinista de The North Face fue de los últimos en compartir cuerda con Ueli Steck, en la cara sur del Shisha Pangma (2016): ambos en estilo alpino, a la carrera, renunciaron apenas a 30 metros de desnivel de la cima: «Me gustó renunciar y que Ueli también tuviese claro que no era seguro continuar», recuerda. Ambos estuvieron solos en la montaña. Pero ahora, su empresa en el Everest es diferente. «Solo deseo escalar el Everest sin usar oxígeno embotellado, por su ruta normal, como tantos otros. Lo único que me hace diferente es el hecho de renunciar a las botellas de oxígeno. También hay otra diferencia: llevaré todo a mi espalda: saco, tienda, gas, comida, ropa extra y lo iré subiendo campo a campo en vez de tener todo ya instalado», aclara.

Goettler espera invertir tres días en subir y bajar de una montaña que le provoca sentimientos y pensamientos encontrados. «Creo que es una bella montaña, la más elevada del planeta y aún es un reto increíble tratar de escalarla sin recurrir al oxígeno artificial. Voy a necesitar que todo salga perfecto ese día si quiero tener una posibilidad realista de alcanzar la cima, y aún con esto, no va a resultar sencillo lograrlo…». Goettler conoce ya las cimas de Gasherbrum II, Broad Peak, Dhaulagiri, Lhotse y Makalu y es su tercer intento al Everest para éste Guía de Alta Montaña que reside entre Chamonix y Cantabria. Fanático del entrenamiento aeróbico, lleva tres años y medio bajo la tutela del mismo entrenador que hizo fuerte a Steve House y asegura que ha trabajado mucho para mejorar su «capacidad aeróbica. Igual no puedo ir muy muy rápido pero sé que puedo estar muchas horas seguidas caminando a buen ritmo por encima de los 8.000 metros», resume.

Si hay algo que buscan los alpinistas de élite es el compromiso de la soledad y del reto técnico, una constante en la carrera de Goettler. Pero aquí, en el Everest, no se engaña al respecto: «En el Everest las cosas son diferentes, así que no me quejo cuando veo tal cantidad de personas en la montaña. Trato de divertirme, de charlar con unos y otros. Lejos de aquí, siempre he evitado las multitudes y hasta la fecha siempre me ha funcionado», explica. Honesto, el alemán aclara que si tiene que usar las cuerdas fijas de la parte superior de la montaña, las usará. «Para pasar por los peligrosos seracs (formaciones de hielo inestables que emergen del glaciar) tengo que usar obligatoriamente escaleras y cuerdas fijas, así que sería ridículo no usarlas más arriba. Aquí tengo claro que se escala de otra manera: nada que ver con el estilo alpino, no existe este estilo en ninguna de las rutas normales de los 'ochomiles' donde hay siempre muchas expediciones».

Los alpinistas puristas se rasgan las vestiduras contemplando el sinsentido circense que a ratos se observa en el Everest, un lugar en el que la cima legitima todo tipo de comportamientos, trampas y atajos hasta coronar. Goettler también alucina pero no tiene una respuesta definitiva ante una pregunta que muchos se plantean. ¿Deberían prohibir el acceso a los aspirantes sin experiencia? «Sí y no», responde. «Me cuesta mucho dar una respuesta clara ante semejante pregunta. Claro que veo cosas… tipos que se ponen aquí por vez primera unos crampones, otros que caminan de forma tan, tan lenta… otros que están tan perdidos sin la ayuda de los sherpas… pero he visto lo mismo en el Mont Blanc, y he conducido clientes de este tipo trabajando como guía… Así que, ¿donde ponemos la línea de lo que es no o admisible? Por supuesto, veo aquí cosas que no deberían ocurrir, pero me cuesta encontrar una respuesta definitiva al respecto».

El pasado 8 de mayo se celebraron 41 años desde la epopeya de Reinhold Messner y Peter Habeler, las dos primeras personas que conquistaron el Everest sin usar oxígeno embotellado, contradiciendo la opinión de médicos y científicos: «Moriréis si lo intentáis», afirmaron. Se equivocaron. Pero escalar el Everest a pulmón descubierto sigue siendo un ejercicio tremendo. «A 8.848 metros, la concentración de oxígeno es tan baja que está en el limite de lo humanamente soportable», recuerda Goettler. «Además, sin chupar oxígeno embotellado, sientes un frío atroz y eres mucho más lento. Y aquí reside toda la dificultad. No hay más, porque no es una montaña complicada desde el punto de vista técnico. Es fácil, como el resto vías normales a los 'ochomiles'. Así, los que elegimos tomar el desafío natural que esta montaña ofrece, tenemos un reto muy serio. Si usamos oxígeno artificial, hacemos trampa. Es lo mismo que escalar una vía deportiva y agarrarnos a todas las cintas: llegaremos arriba pero habremos hecho trampa», observa.

Una de las grandes preguntas del Everest tiene que ver con el oficio de guiar. Catástrofes como la de 1996 pusieron en solfa el oficio. Goettler creo posible trabajar como guía, siempre que el ratio guía/cliente se respete: máximo un cliente por guía. «pero lo que veo aquí es un ratio enorme de 4 o 5 clientes por guía, y a veces más». En la ruta de los 'cuatromiles' al Mont Blanc, el ratio impuesto es 1/1, como en el Cervino.

Mientras espera la ventana de buen tiempo, David repasa sus miedos, que se concentran en uno solo: «Que no escoja la ventana adecuada. El resto está en mis manos, pero el tiempo no puedo cambiarlo, aunque sé que es parte de este juego».