Biolandare: «La técnica ayuda a que el trabajo sea menos esclavo»

Biolandare: «La técnica ayuda a que el trabajo sea menos esclavo»
MAITE BARTOLOMÉ

Rakel López eligió la agricultura cuando ante ella se abría la posibilidad de investigar en un laboratorio en París

GAIZKA OLEA

En un momento de su vida, una de esas etapas cruciales en las que mides los pros y los contras de los proyectos y a menudo terminas echando una moneda al aire, la doctora en Ingeniería Agrícola Rakel López tuvo que elegir entre marcharse a un laboratorio en París para proseguir con sus investigaciones o regresar a la tierra. Y eligió el cálido aliento de la tierra, el tacto de las plantas, los ritmos lentos que marcan el nacimiento, la floración y la aparición del fruto. «Pensaban que estaba loca», explica una soleada mañana de esta misma semana en el invernadero de Biolandare, en Gamiz Fika. Pero se quedó. Descartó el relumbrón de la capital francesa y sus monumentos, la bata blanca y el material de laboratorio, para perderse en esta aldea próxima a Mungia, un lugar de paso pero bien situado para sus propósitos: cultivar plantas y verduras bajo el signo de la etiqueta ecológica.

Biolandare

Web
biolandare.eus.

Para ello adquirió un terreno de un hectárea y alquiló otro, a unos tres kilómetros, de 6.500 metros cuadrados. «Esta es una apuesta a largo plazo, pero preferíamos que el lugar en el que hicimos la inversión más fuerte, el vivero, fuera de nuestra propiedad». La instalación de mayor tamaño, la arrendada, aprovecha el equipamiento construido por un vecino y allí producen tomates de diversas variedades locales, lechuga y guisantes lágrima que, bajo el sello Ekoale (ejemplar o unidad eco, en euskera), comercializa en ferias agrícolas, a través de comercios colaboradores o en Makro.

Gasto mínimo de agua

Con ese sello vende también una cantidad ingente de aromáticas, flores y hojas comestibles como tomillo, salvia, albahaca, sisho («que gusta mucho a los cocineros»), orégano, cilantro... plantas que durante milenios han aderezado las recetas de todo el planeta y que parecen recién descubiertas por la alta cocina. Todo eso está ahora en ebullición en el vivero, una instalación de techos altos, muy luminosa y totalmente automatizada, cuyo estado (temperatura o humedad relativa) controla desde el móvil. «Siempre he tenido en mente tener un vivero para atender las necesidades de los agricultores profesionales y de los aficionados», explica esta mujer nacida en Bilbao y muy arraigada a Artzentales, la tierra de sus abuelos, donde surgió su pasión por la agricultura.

Su vivero genera un gasto mínimo de agua, pues la lluvia llena el gran depósito exterior, capaz de cubrir las necesidades durante tres meses. Muy cerca surge un manantial que, según le han explicado los vecinos, nunca se seca, aunque no han tenido que recurrir a él. Habrá que ver cómo sigue, sin embargo, la climatología, pues tras los aguaceros de enero le han seguido unos secos febrero y marzo.

Bicho mata a bicho

Con agua natural o no, en Biolandare se esmeran por «respetar los ritmos» de crecimiento de las plantas, algo previsible desde el momento en el que se evita el uso de abonos químicos o insecticidas. Para evitar plagas, nada mejor que la naturaleza, recuerdan los productores alineados con los métodos ecológicos. Así, emplean «un bicho que come bichos» y que comercializa una firma holandesa asentada en Almería, y un hongo que se ciñe a las raíces de las plantas, de modo que los hongos dañinos no pueden asentarse.

Biolandare emplea a cinco personas que estos días se afanan en plantar, reponer, instalar las conducciones de goteo y transportar el género hasta sus puntos de venta. Es una combinación de actividad febril y papeleo, de trabajos delicados y morosos, tan lentos como los ritmos que hacen crecer el producto, en el que se dejan crecer hierbas sin valor nutritivo para que después sirvan como abono...

«Aquí no se puede ni acelerar ni frenar el proceso», explica Rakel López, que lo mismo investiga si la corteza de pino, una sustancia abundante en nuestro entorno, puede servir como sustrato que examina las hojas de una lechuga para ver si todo está en orden. «El trabajo resulta muy satisfactorio y recurrir a la técnica permite que sea menos esclavo».