Arratzu, tierra de kiwis

Asier Madariaga, productor de kiiwis./Maika Salguero
Asier Madariaga, productor de kiiwis. / Maika Salguero

GAIZKA OLEA

Cuando uno entra en el valle de Arratzu, a unos pocos kilómetros de Gernika, por una carretera por la que sólo transitan los vecinos y los ciclistas, lo primero que descubre son los kiwis. Plantaciones pequeñas, una decena de árboles al lado de las casas, explotaciones más grandes; a derecha e izquierda, junto al camino o en las laderas más altas. El kiwi, ese arbusto originario de China, saluda a los conductores que se dirigen hacia Mendata o Munitibar. Arratzu es, probablemente, el mayor productor de kiwis del País Vasco, con una treintena de baserritarras empeñados en trabajar unas 35 hectáreas.

«Es por el bioclima, que garantiza la humedad necesaria para que crezcan», explica Asier Madariaga, exprofesional de la cestapunta, un urbanita ligado a la tierra de sus padres que dejó empleos más seguros para dedicarse al campo. Madariaga, criado en Amorebieta, estudió Ingeniería Técnica y se desempeñó durante un cuarto de siglo en empresas de Muxika y Mungia. «Lo mío no era quedarme sentado en la mesa, me gustaba ensuciarme las manos». Hasta que en 2014 lo dejó todo para olvidarse de máquinas y grasas convertirse en agricultor, «un cambio grande que no me afectó, porque lo había mamado en casa».

Ahora gestiona siete hectáreas de terreno dedicado al kiwi de la variedad Hayward esparcidas por el valle. Como aquellos que viven del campo, anda mirando al cielo, quizá más que nunca, porque ha empezado la recolección y esta campaña confía en cosechar unas 120 toneladas, algo menos que el pasado año. Las lluvias torrenciales de la primavera, que dificultan la polinización y afectan a la flor, y un inoportuno pedrisco en septiembre han disminuido levemente la producción. Pero poco,«porque es una fruta muy resistente. Lo peor para el kiwi son las heladas». Y contra el frío intenso, Asier confía su suerte al sistema de regadío superior. Las tuberías a nivel de tierra sirven para regar las plantas; las colocadas en alto se activan cuando la temperatura baja de los cero grados. Su padre, que vive en el valle, está pendiente de los vaivenes del termómetro y, o bien activa el regadío o bien avisa a su hijo.

Trabajo a destajo

Con el fin de averiguar el motivo por el que el cultivo de esta planta se ha extendido tanto en Arratzu hay que recordar el nombre de Antonio Feijoo, técnico agrícola destinado en la comarca de Urdaibai, que descubrió este vergel idóneo para sustituir con éxito las hortalizas propias del caserío tradicional por un producto rentable y con futuro. La variedad Hayward es «la que mejor se ha adaptado, la más resistente», explica Asier Madariaga, pero, claro, todo requiere trabajo y sudor. Al margen de las pocas semanas en las que una decena de personas se dedican a la recolección, el cuidado de los árboles precisa de una atención intensa y permanente. «En verano no salgo de los kiwis, mi mujer dice que vivo entre ellos: quito las ramas deformadas y podo en verde para favorecer que la savia vaya a las frutas, no a las ramas».

Asier vende su producción a la cooperativa Garaia, sita en Mungia, y luce tres certificados que acreditan la forma en la que se desarrolla su tarea: la de euskal baserri, la de producción integrada (confirma que se ajusta a técnicas tradicionales, con poco abono y mucho estiércol) y la Global Gap, para su venta en la Unión Europea. Madariaga maneja, entre otras fincas, una plantada hace 41 años, «la primera de Euskadi», que estaba semiabandonada. «¿Que cuánto puede estar productivo un árbol? Ni idea. Esos están perfectos», añade.

Y del mismo modo que anda alerta a los cambios del tiempo, mira con ojo de experto si faltan frutas en los árboles, porque nunca andan lejos los desaprensivos que se llevan un par de kilos del trabajo y el sudor ajenos. Y a los jabalíes, que patrullan la comarca sin control. Mientras, trabaja y habla con entusiasmo de su actividad paralela como agricultor, de los invernaderos donde mima pimientos, guindillas de Ibarra, calabacines o guisantes, o de las calabazas que nacen al aire libre en otras cinco hectáreas de tierra, esa que mancha menos pero que deja más huella que la sucia grasa.

 

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