Aiarbi: «Un país tiene que tener comida propia»

Arkaitz Biritxinaga posa junto a sus vacas lecheras./IGNACIO PÉREZ
Arkaitz Biritxinaga posa junto a sus vacas lecheras. / IGNACIO PÉREZ

Las vacas de los hermanos Biritxinaga producen tres millones de litros de leche al año

GAIZKA OLEA

Los montes del Duranguesado, Anboto, Mugarra..., destellan al sol de la mañana desde las otras laderas del valle, allá donde arrancan las estribaciones del Oiz. En el pabellón de Aiarbi, las vacas lecheras permanecen ajenas al espectáculo de las moles rocosas que destacan sobre el verdor de las praderas. A ellas, la vida les va entre comer y los turnos de ordeño. Allí trabajan los hermanos Aitor y Arkaitz Biritxinaga, que siguen los pasos de sus padres, aunque en una escala industrial que guarda poca relación con el caserío tradicional que vivía de lo que daban una veintena de cabezas. Los hermanos fundaron Aiarbi (el nombre surge de unir las dos primeras letras de sus nombres con las dos primeras del apellido) en 2009 y dos años después arrancaron la actividad con 200 reses. Su cabaña asciende ahora a unas 400, de las que 250 son vacas en edad de producir, de las que obtienen unos tres millones de litros cada año.

Aiarbi (Berriz)

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Una parte de la leche la comercializan bajo su marca y reparten el resto entre Vascolac (para la elaboración de queso fresco), una empresa de Zestoa que vende croquetas y la firma cafetera duranguesa Baqué, que lo emplea para sus caffè latte. Además de los dos hermanos, trabajan en la cuadra dos empleados, con los que al menos se garantizan un día libre a la semana y vacaciones con la familia. Esto tampoco se parece a la vida en los caseríos tradicionales, para cuyos ocupantes la tenencia de vacas lecheras suponía una 'condena', pues hay que ordeñarlas sin falta a diario.

Un giro de ocho minutos

Antaño, la costumbre era retirar la leche a primera hora de la mañana y al anochecer, pero los hermanos Biritxinaga han establecido un tercer turno y las vacas pasan por la gran rueda de ordeño a las 5.00, las 13.00 y las 21.00 horas. «Metiendo otro turno hemos visto que las vacas descansan mejor, pues las ubres no se llenan tanto», explica Arkaitz. Esa rueda de ordeño móvil es, para un lego, algo de fantasía: las reses entran por un punto y se les colocan los chupones; un giro completo dura ocho minutos y cada 17 segundos entra una vaca y sale otra.

Entre turno y turno, las vacas productoras permanecen en un pabellón abierto a las corrientes en las que la temperatura se controla mediante unos gigantescos ventiladores que entran en funcionamiento cuando se alcanzan los 23 grados, mientras que unas plataformas móviles retiran lentamente las deposiciones. El resto del ganado, las madres que van a parir y una treintena de raza salers (para carne), permanece en la calle. Todo está controlado, bien medido, como lo que deben comer: 18 kilos de maíz, 7 de hierba, otros tantos de alfalfa y 11,5 de pienso, por cabeza y día. «Mantener esas cantidades es fundamental para que la leche tenga la misma calidad un día tras otro», precisa Arkaitz, que tuvo siempre claro que se dedicaría al trabajo de sus padres, mientras que Aitor se empleó como técnico de ETB antes de regresar al caserío. Los Biritxinaga gestionan unas 28 hectáreas para el cultivo de maíz y muchas más para la hierba. Crían además las futuras vacas productoras (los machos los venden), pues una hembra es rentable una media de siete-ocho años y una cuarta parte de la cabaña se renueva cada año.

Un país deficitario

¿Y los precios? «Lo vendemos a 0,34 euros el litro. En países como Italia, que tienen unas condiciones parecidas a las nuestras, llegan a los 0,40 euros. En un país deficitario que importa un tercio de la leche los precios tendrían que ser más altos. Hay que mantener el sector primario porque un país empieza por lo que come, tiene que tener comida propia, y la primera obligación tendría que ser alimentar a la gente. Aquí, en cambio, tenemos unas exigencias del primer mundo, con controles diarios de calidad, y los precios tendrían que ser acordes a la exigencia. A este paso, llegará el día en que tendremos que importarlo todo –protesta Arkaitz–. Aunque seamos pocos en el sector, si se les suma la producción de fitosanitarios o de maquinaria, hay mucha gente que vive del campo».

Los Biritxinaga organizan en veranos jornadas de puertas abiertas para que adultos y niños aprendan «de dónde sale la comida, porque vamos de cabeza al sistema americano, en el que nadie tiene ni idea de cómo se produce lo que come». Ya no tienen que lidiar con las enfermedades que antes asolaban las cuadras (brucelosis, tuberculosis...) pero observan con preocupación el crecimiento de las poblaciones de jabalíes y corzos que, además de dañar los maizales, amenazan con reactivar «enfermedades que ya estaban erradicadas», concluye el ganadero.