¿A quién se le ocurrió llamar al champagne agua de Bilbao?

Ilustración basada en diversos carteles del s. XIX, Ana Vega./
Ilustración basada en diversos carteles del s. XIX, Ana Vega.

Existen múltiples teorías sobre el origen de esta bilbainada, pero sólo una es cierta

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

No me digan que no, porque es que sí. Seguro que alguna vez, aunque sea sólo una, han hecho ustedes un poco el canelo pidiendo por ahí «agua de Bilbao». Yo también, claro, envalentonada en cierta ocasión por la llegada del año nuevo, la exaltación de la amistad y esos arranques que nos dan cuando estamos a muchos kilómetros de casa y la echamos de menos. «Y ahora una botella de agua de Bilbao», guiño guiño, codazo codazo. Esto debería hacerse con estilo, gracia y donaire, como si la cuenta final no nos importara lo más mínimo y de manera que parezca que llevamos toda la vida bebiendo champagne como si fuera agua. La fanfarronería, ésa que casi siempre va asociada a las ocurrencias bilbaínas, me temo que va implícita y resulta imposible eludirla, pero como veremos ahora el afán de ostentación estuvo siempre detrás de este concepto tan txirene.

¿Quién fue el primero que bautizó al champagne como agua del Botxo? La teoría más popular fue difundida hace años por el gran K-Toño Frade y el no menos recordado Cástor Artajo Unzue, dueño de los bares Artajo (Ledesma, 7) y La Goleta (Ibáñez de Bilbao, 13). En el bar que sigue llevando su nombre, Artajo democratizó primero el marisco a pie de barra (eran famosas sus «ostras negras» o mejillones) y después, tras pasar unos años en Sudamérica, se instaló en La Goleta para popularizar otro producto hasta entonces prohibitivo: el cava. Aún se llamaba champán aunque fuese catalán y Artajo tuvo la osada idea de venderlo por copas y mezclado con vino, tinto para el «chan vin» y blanco para el «chan blanc».

En 1966 solicitó oficialmente el uso de la marca «agua de Bilbao» y luego de «Sirimiri» para distinguir los vinos espumosos que ofrecía y gracias a él se hizo célebre el «susedido» rimado (con dibujos de Frade) que durante años adornó una pared de La Goleta: «Sería el año dieciocho, fin de la guerra mundial, cuando el Athletic del Botxo jugaba contra la Real…»

Un regalo de Nicolasa

El resto ya lo sabrán ustedes, el equipo bilbaíno gana, los aficionados van a celebrarlo al restaurante Nicolasa y a los postres piden agua de Bilbao. El maître y los camareros, desesperados, buscan y rebuscan en la bodega sin encontrar agua vizcaína y los clientes acaban aclarando que en Bilbao llaman así al champagne. Aparece luego Nicolasa Pradera y redondea la anécdota diciendo que en San Sebastián el agua no se cobra, les sale gratis y chimpún.

No seré yo quien diga que esta historia es falsa, pero tiene dos cosas que no cuadran. Una, que la Nicolasa como buena empresaria esforzada no regaló nunca nada y su familia recuerda aún cariñosamente su proverbial tacañería. Otra, que el sucedido dice claramente que en la capital vizcaína «ya bebían como agua el champán y lo hacían llamar agua de Bilbao». Así pues, aquellos futboleros de 1918 difundieron como mucho algo que ya se estilaba.

Recordemos que la Primera Guerra Mundial fue aquí tiempo de bonanza. Las exportaciones de carbón, los altos hornos, el comercio con los países en guerra y la especulación propiciaron grandes fortunas y a unos cuantos bilbaínos, contados pero muy ruidosos, les caían billetes del cielo. La fama de nuestros nuevos ricos llegó hasta Madrid y Barcelona, donde gastaban a manos llenas a salvo de miradas indiscretas y por aquella época los duros de plata pasaron a ser conocidos como «rodajas de merluza», los lingotes de oro como «ladrillos de Neguri»y el champagne, por supuesto, como agua del mismísimo Bilbao.

Esta expresión ya se usaba habitualmente en prensa en 1924 y en 1929 Julián Zugazagoitia la usó profusamente en su novela 'El botín'. La puso en boca de un ficticio comerciante bilbaíno, de nombre José de Zabalegui y Corogosti y mercero en las Siete Calles, que presume delante de sus amigos de haber pedido agua de Bilbao en un elegante hotel madrileño montando el consabido lío. En la obra de Zugazagoitia, el mercero sirve como símbolo de aquellos bilbaínos crecidos y algo paletos que decían «sampán» y «cuntró» (Cointreau) a la vez que desdeñaban el tradicional txakoli «después de haber conocido la suavidad y el color de los vinos famosos […] no porque se hubiera enriquecido el paladar, sino porque se enriqueció su bolsillo». Los vinos del país estaban bien para los pobres, pero «el agua de Bilbao difícilmente faltaría a la mesa del vascongado aupado por la guerra a la categoría de rico». De nuevo aquí tenemos prueba de que el agua de Bilbao era ya requetefamosa, porque uno de los amigos del petulante mercero dice que llamar así al champagne «lo saben hasta en León» y seguramente en la Conchinchina.

Landera, el misericordioso

El verdadero inventor de la frase, mucho menos conocido que sus derivadas leyendas urbanas, nos lo descubre el libro 'Teleobjetivo discreto' de Julián del Valle (1969), donde se recalca que todas las demás crónicas sobre el tema, entre ellas la de Nicolasa y otra que ubicó el chiste en el bar donostiarra del ex-boxeador Paco Bueno, no son sino remedos de la original. Ésta ocurrió al parecer en el hotel Palace de Madrid en agosto de 1915. Allí se hospedó y dio inicio a todo «don Luis Landera, propietario de la armería de la calle de Los Fueros» quien, efectivamente, fue un hombre real nacido como Luis Joaquín Landera Conceiro en Bilbao en 1873. Apodado «el misericordioso» por haber crecido en la Casa de Misericordia, con 14 años ya era aprendiz de armero y en 1896 tenía una reconocida tienda de armas en la calle Fueros.

Hecho a sí mismo, rico e imponente (1,90 de altura, gran bigote prusiano) viajaba a Madrid con regularidad y se alojaba en las mejores suites. Fue durante aquella estancia en el Palace cuando llamó al timbre de su habitación y pidió al mayordomo agua de Bilbao. Inmediatamente le llevaron botellas de Solares, Mondariz, Alzola e incluso soda de Bérriz, a lo que Landera respondió gritando como un loco «¡Cómo, que aquí en Madrid no saben lo que es el agua de Bilbao!». La escandalera atrajo al gerente del hotel, que amablemente preguntó al empresario a qué marca concreta de agua se refería. «¡Pero si esa agua la conocen en mi tierra hasta los mozos de cuerda! Champagne, hombre, champagne, y que sea francés».