Haro no pierde el tren

Ambiente en las bodegas del Barrio de La Estación de Haro. /
Ambiente en las bodegas del Barrio de La Estación de Haro.

La edición más gourmet de la Cata del Barrio de La Estación se consolida como un referente del enoturismo internacional

GUILLERMO ELEJABEITIA

La mayor concentración de bodegas centenarias del mundo no está en Burdeos, ni en Jerez, ni en Montepulciano, sino aquí al lado, en Haro. Esta localidad riojana que llevaba siglos abasteciendo de recios caldos a los vascos y en la que buscaron refugio los franceses tras la devastadora plaga de la filoxera, vio nacer un ecosistema único con la llegada del ferrocarril que les conectaba con Bilbao.

López de Heredia, Cvne, Gómez Cruzado, La Rioja Alta y Bodegas Bilbaínas fueron naciendo en torno a la estación de tren entre 1877 y 1901, en los años en los que la boyante ciudad estrenaba luz eléctrica antes que nadie y se hacía popular aquello de 'Haro, París y Londres'. El Barrio de la Estación, al que en el siglo XX se unirían Muga y Roda, se distinguió desde el principio por elaborar vinos finos a la manera de los franceses y sus etiquetas siguen estando hoy entre las más prestigiosas de Rioja.

La cata que organizan cada año demuestra la vitalidad de unas bodegas que celebran su pasado, pero no se han rendido a la nostalgia. En esta tercera edición se habían propuesto dar al evento un perfil más gourmet y buscaron la complicidad de los dos cocineros riojanos que lucen estrellas Michelin, Francis Paniego e Ignacio Echapresto, para maridar sus mejores caldos. El resultado es una exhaustiva cata de reservas y grandes reservas y un completo menú degustación, pero sobre todo una animada y multitudinaria fiesta.

Despertar la nariz

Tras recoger las copas –un modelo de Riedel especialmente pensado para acentuar las virtudes del Tempranillo–, la primera parada son los jardines de bodegas Cvne, donde nos recibe un trío de cuerda y una copa de Monopole Clásico. Tras una cata de aromas en la nave Real de Asua que ayuda a despertar la nariz, pasamos a la gran etiqueta de la casa, el Imperial reserva, maridado con unas humildes migas y embutido riojano de los hermanos Echapresto. De allí nos vamos a visitar a la vecina más antigua del barrio, López de Heredia, donde se dan cita dos clásicos irremediablemente unidos al nombre de La Rioja; Viña Tondonia y las croquetas de Marisa del Echaurren.

En Gómez Cruzado nos espera un platito de pochas que le sientan igual de bien al clásico Honorable como al moderno Pancrudo. También dos versiones del emblemático Viña Pomal maridan en Bodegas Bilbaínas un bacalao con salsa riojana. El Gran Reserva 2011 de corte conservador que ha dado fama a la bodega y el Compromiso 2015 en botella serigrafiada con el que quiere acentuar su perfil más inquieto.

Tras probar los morros guisados de los Echapresto y el impresionante Roda I, uno de los más redondos de la jornada, se impone tomar el fresco en el calado centenario de la bodega. Breve descanso antes de hincarle el diente a un brioche con costilla de cerdo, salsa de miel y notas de alegría riojana que firma Paniego en los jardines de La Rioja Alta. Lo regamos con un espléndido Viña Ardanza y un venerable Gran Reserva 904, ambos de 2009.

Ya en Muga, tras catar un Prado Enea 2004 que demuestra la delicadeza que pueden alcanzar los vinos finos de Rioja, nos lanzamos a por el suculento corte de rabo al vino tinto con crema de patata, maridado con Muga Reserva selección especial 2012. El toque dulce lo pone Juan Ángel Rodrigálvarez con un maraví de chocolate y aceite de oliva. Es media tarde y tras catorce copas de grandes vinos uno ya no sabe si está en Haro, en Burdeos, en París o en Londres. Lo mejor será dejarse mecer por el traquetreo del tren de vuelta a Bilbao y entregarse a una reparadora siesta.