Visitas y promesas

Pese a la moderación de la campaña, nos llega de vez en cuando el líder nacional y el proyecto asombroso

El museo Guggenheim./borja agudo
El museo Guggenheim. / borja agudo
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

La sociedad cambia y las campañas electorales intentan adaptarse. Ambas cosas suceden en la misma dirección, pero a velocidades distintas. Hoy los partidos se vuelcan en internet y olvidan los actos multitudinarios. Porque saben que no serían multitudinarios, claro. Pero también, ojalá, porque se han dado cuenta de que hay algo absurdo en llenar un pabellón de gente que ya está de acuerdo contigo para explicarles a gritos los motivos por los que deben estar de acuerdo contigo y confirmar -cuando rompen a aplaudir y corean «presidente, presidente» o «alcalde, alcalde»-- que efectivamente están de acuerdo contigo.

La gente está cansada de la política y la tendencia del momento es bajar el volumen. Si se fijan, estas municipales hay en Bilbao menos megafonía entrometiéndose en nuestras vidas. Y menos carteles ensuciando las paredes. Sucede porque, frente a un coche que arma ruido con la cara de un candidato, es fácil saber a quién no votar. Si el ruido te despierta de la siesta, lo que sabes es a quién hay que arruinarle la carrera política.

Sin embargo, hay que tener cuidado con esto de que las campañas se organicen de un modo más sensato y los candidatos prefieran grabar un mensajito para Facebook antes que buscar quince elefantes y cruzar la ciudad como Aníbal cruzó los Alpes, 'performance' que ya habrá hecho o estará a punto de hacer en Vigo Abel Caballero, ese alcalde al que las encuestas le otorgan una mayoría todavía más absoluta.

El peligro de abandonar estas viejas costumbres espectaculares tiene que ver con que la campaña sea al final tan discreta que los votantes ni siquiera la perciban. Por eso es bueno que se respeten algunos clásicos, como las visitas de los líderes nacionales o las promesas de naturaleza apabullante. Entre nosotros, el esfuerzo del PP es a este respecto reseñable. Ayer trajeron a Bilbao a Pablo Casado, que esta vez no tuvo el menor problema con la geolocalización de Getxo y demostró que sigue sonriendo como antes del 28-A. No descarten que, en lo tocante a resistencia, lo suyo más que un manual termine siendo un vademécum. En cuanto a las promesas electorales, las realmente buenas son las que tienen poderío, no esas de activar un plan o promover un estudio, no, no, las de construir cosas. Cosas grandes. Cosas grandes que brillen. Hasta ahora, mi favorita es la de Amaya Fernández de extender el 'efecto Guggenheim' a Barakaldo plantando allí un museo internacional. Es, como se sabe, algo que no está saliendo mal en ningún lugar del mundo. Pero es también una promesa del viejo estilo, clásica, como cantada por Sinatra. Y se agradece. Azkuna ya habló en su día de llevar el 'efecto Guggenheim' al lado mismo del Guggenheim, a Zorrozaurre, y abrir allí un Hermitage, o un Pompidou, o un Prado. Qué raro, pienso ahora, que no se apostase entonces por abrir los tres museos a la vez.