Otra vuelta de tuerca

Otra vuelta de tuerca
Ana Beobide
ANA BEOBIDE

Solo han pasado unos días tras la cita electoral y Moncloa ya nos ha anunciado que va a subir los impuestos. Vamos, que hemos pasado de las promesas a la realidad. O si lo prefiere, de los 'cuentos' a las 'cuentas'.

El Gobierno ha enviado ya las proyecciones presupuestarias y la actualización del programa de estabilidad a la Comisión Europea. En ellas se plasma un aumento de lo que denomina la capacidad tributaria de las Administraciones Públicas, que no es otra cosa que incrementar la presión fiscal en más de 2 puntos para 2020 alcanzando una cifra del 37,3% del PIB; es decir, un incremento total de 26.000 millones de euros.

Las reformas que se plantean afectan al impuesto de la renta, que se incrementará en diferente proporción a partir de varios niveles de ingresos. Aumentará también el tipo de las rentas de capital, gravándose con un tipo más alto el ahorro a partir de un umbral. Reactivarán en su caso el Impuesto de Patrimonio, también con un incremento del tipo. Por otro lado, en cuanto a Sociedades se prevé limitar las exenciones para evitar la doble imposición, y se exigirá una tributación mínima del 15% siendo el 18% para entidades financieras y empresas de hidrocarburos. Esta previsto que entre en vigor el impuesto sobre el diésel.

En resumen, se siguen cargando las tintas sobre los agentes económicos que están tirando de la economía en estos momentos y sobre sectores ya estigmatizados que tienen, simplemente, mala fama.

Además se crean dos nuevos impuestos: la 'tasa Google' dirigida a las grandes compañías tecnológicas y el impuesto sobre transacciones financieras o 'tasa Tobin' . Ambos casos son delicados porque son actividades que se pueden deslocalizar con facilidad, tanto la actividad de esas empresas globales y con presencia en muchos países como las operaciones financieras.

Sería muy recomendable que antes de instaurar nuevos instrumentos recaudatorios se analizase lo que ha pasado por ejemplo en Francia con el impuesto de transacciones financieras, y quién está realmente soportando la carga del gravamen, además de otras consecuencias indeseadas como la disminución del volumen de transacciones realizadas.

En el caso de los contribuyentes vascos el tema no es de aplicación directa. Habrá que esperar a ver si nuestras diputaciones replican las medidas y cómo se adoptan finalmente esas reformas a nivel de territorios forales. Ahora bien, la experiencia nos dice que suele existir un efecto contagio. Y si en el mejor de los casos no se hiciese nada, lo que sí se produciría es una mejora relativa de la fiscalidad vasca frente a la nacional. En esa situación será difícil ver una mayor laxitud de la normas fiscales vascas. De la misma forma, los citados nuevos impuestos habrán de ser concertados con las haciendas forales.

Tengo la impresión de que nuevamente se va a perder la oportunidad de hacer una reforma promotora y se volverá a caer en la fácil tentación de que sea meramente recaudadora. En definitiva, tenemos un panorama poco alentador y parece que frente a plantear una reforma fiscal valiente y de calado se ha optado por coger la llave inglesa y seguir apretando un poco más la maquinaria existente. Esperemos que aguante por el bien de todos.