Repensar el arraigo

Repensar el arraigo
Guillermo Dorronsoro
GUILLERMO DORRONSORO

Durante siglos y en muchos lugares (entre ellos, Euskadi), la institución del mayorazgo establecía la transmisión por herencia de la propiedad de los bienes de la familia al hijo mayor. El resto de la descendencia sólo podían heredar los bienes libres de los padres, que en muchos casos eran muy escasos.

Uno se quedaba con la casa y las tierras, y los otros se veían forzados a buscar nuevos horizontes si querían prosperar. De estos, unos pocos conseguían volver ricos, mientras el resto iba echando raíces y familia allende los mares.

Nos pasa ahora que a algunas empresas vascas les toca el papel de 'hijos segundones'. En vez de las leyes del mayorazgo, ahora les aplican las leyes de la globalización. En no pocos sectores, la única forma de poder competir y con ello mantener aquí el empleo y la riqueza, es dando entrada a nuevos capitales y abordando un proceso acelerado de internacionalización, que muchas veces conduce inexorablemente a nuevas mayorías accionariales o al traslado total o parcial de los centros de decisión.

Igual que el mayorazgo, estas leyes pueden gustar más o menos, pero es lo que toca para poder mantener la 'casa solar'.

Y nos acordamos de Santa Bárbara cuando oímos estos truenos. Se invoca la creación de Fondos de Inversión Estratégica o Fondos Soberanos que permitan aportar ese capital necesario y mantener un núcleo de control en manos locales. Un tema muy delicado, porque ni queda mucho dinero para estos menesteres, ni es evidente cómo gestionar adecuadamente desde lo público estas aventuras privadas.

Otros proponen dar entrada a los empleados en el capital de la empresa. Los laboristas británicos han incluido en su programa que sea obligatorio para las empresas cotizadas mayores de 250 empleados poner al menos un 10% de su capital en manos de su plantilla. El Parlamento europeo, en su resolución del 23 de octubre pasado, pedía a la Comisión que elaborase un Plan de Acción para impulsar la participación de los trabajadores en la empresa y el Parlamento vasco aprobaba también el mismo mes por unanimidad una Proposición No de Ley para impulsar un modelo inclusivo participativo de empresa, en la misma línea.

Sin duda estas propuestas ayudarían a reforzar el compromiso local, pero no es sencillo avanzar en su implantación, llevará tiempo y será preciso acertar en los detalles. Mientras tanto, el mercado no espera, y muchas empresas se ven abocadas a afrontar procesos como los antes mencionados.

¿Podemos hacerlo mejor? ¿Tienen sentido estas propuestas de creación de fondos soberanos o de entrada de los trabajadores en el accionariado? ¿Nos queda convertirnos en un destino atractivo para la inversión extranjera? ¿Puede tener compromiso local una empresa cuyo capital esté en manos internacionales? ¿Podemos hacer algo para que estas empresas mantengan su arraigo? Son preguntas en las que nos jugamos mucho futuro, y sobre las que deberíamos debatir y reflexionar, con serenidad y aprendiendo de la experiencia.

Tenemos que repensar el arraigo de nuestras empresas, y la primera reflexión debe ser entender que no es una cuestión sencilla, ni que vaya a ser fácil de solucionar. No ayuda, me parece, que las empresas que afrontan estos duros procesos, o las personas al frente de nuestras instituciones que tratan de plantear las preguntas correctas, acaben ahogados en una marea de titulares, o condenadas en juicios sumarios a ser vistas como desarraigadas…