qatar planta a la opep

Su decisión es un paso más en la crisis que les enfrenta a los saudíes

qatar planta a la opep
Juanjo Sánchez Arreseigor
JUANJO SÁNCHEZ ARRESEIGORHistoriador-Especialista en el Mundo Islámico contemporáneo

El portazo de Qatar al anunciar su abandono de la OPEP es un paso más en la crisis que les enfrenta a los saudíes, pero también un desplante a los otros países árabes que les dejaron solos frente a Riad.

Qatar es básicamente una monarquía absoluta atemperada por un enfoque ilustrado-desarrollista. Los emires de Qatar se parecen más a los déspotas ilustrados europeos, como Carlos III de España o José II de Austria, que a los tiranos implacables y arbitrarios que pululan en el Tercer Mundo. Tradicionalmente las relaciones entre Qatar y Arabia saudí han sido amistosas e incluso cordiales, pero los saudíes siempre han dado por sentado que Qatar es un fiel aliado, lo que significa en la práctica un vasallo, un satélite. En 1995 el emir Hamad Bin jalifa llega al poder tras derribar a su propio padre mediante un golpe de estado y empieza a buscar independizarse lo más posible de sus poderosos vecinos. Sin embargo las coincidencias de percepciones y de intereses seguían siendo muchas, de manera que no se produjo un choque frontal.

En junio de 2013 el emir Hamad Bin jalifa abdicó en su hijo Tamim bin Hamad, que siguió la política de su padre pero en un contexto cada vez más problemático. Tras las revueltas árabes de 2011 las divergencias entre saudíes y qataríes se habían ido multiplicando. En Siria, en Yemen, en Libia y sobre todo en Egipto, ambos gobiernos apoyaban a facciones opuestas. Los qataríes intentaron seguir la estela saudí e incluso enviaron tropas a Yemen, pero luego retiraron su contingente y los saudíes les acusaron de estar conchabados secretamente con Irán, su archienemigo y 'bestia negra'.

Los saudíes empezaron a plantear exigencias especificas a los qataríes; cerrar la popular cadena de TV Al Jazira, cortar la financiación y cualquier relación con todas las facciones y gobiernos que no le caían bien al gobierno saudí; y, en definitiva, convertirse en un mero estado satélite. Cuando el gobierno de Doha se negó, el 5 de junio de 2017 el príncipe heredero saudí Mohamed Bin Salman, un hombre conocido por su carácter violento e imperioso, estableció un bloqueo físico total sobre pequeño vecino.

La invasión saudí del vecino Bahréin en marzo de 2011 era un siniestro presagio para el futuro de Qatar. Con una extensión de 11.500 kilómetros cuadrados, comparable a la de Navarra, Asturias o Murcia, Qatar solo tiene medio millón de habitantes, más otros dos millones de emigrantes que por lo general carecen de la más remota opción de naturalizarse, de manera que no se puede contar con ellos para una defensa a ultranza. El relieve es plano, sin vegetación, ríos ni accidentes geográficos que sirvan de apoyo a la resistencia del pequeño ejército qatarí: 36.000 hombres; 70 tanques, 80 vehículos blindados, 15 cazabombarderos y 8 patrulleras. Pero los saudíes ya estaban liados en Yemen, y quizás los iraníes enviasen tropas para ayudar a Qatar, de manera que Riad se conformó con un bloqueo económico total respaldado por Egipto, Malasia, Yemen y los demás emiratos del Golfo, excepto Kuwait y Omán.

La estrategia saudí ha fracasado, como casi siempre. Qatar ha logrado recomponer su comercio exterior y abastecerse por mar de todo lo necesario. Su hábil diplomacia y sus cuantiosos fondos le han permitido buscar aliados y defenderse de las acusaciones saudíes de financiar al terrorismo yihaidista, lo que puede tener algo de cierto pero no deja de ser algo demagógico, teniendo en cuenta el historial saudí en este tipo de asuntos.

Los portavoces qataríes han declarado que su abandono de la OPEP nada tiene que ver con el bloqueo saudí, pero es difícil dar crédito a tal afirmación. No solamente se reafirma el deseo qatarí de volar solos, sino que es una forma de restregarles por las narices que su bloqueo total terrestre y sus sanciones económicas han fracasado. Queda por ver cuál va a ser la represalia saudí.

 

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