Casi un siglo años vistiendo los hogares de Bilbao

Marta y Begoña, en Antonio Martínez, la tienda que regehta la familia desde 1924. /Pankra Nieto
Marta y Begoña, en Antonio Martínez, la tienda que regehta la familia desde 1924. / Pankra Nieto

Tres genaraciones han pasado por el mostrador de Antonio Martínez, el comercio del Casco Viejo que cumple ahora su 95 aniversario

IRATXE BERNAL

«Poder decir que trabajas en la tienda que tu abuelo inauguró hace 95 años y que se ha mantenido abierta incluso después de la guerra o de las inundaciones, es todo un orgullo», dice feliz Marta Matínez, responsable junto a su hermana Julia, de Antonio Martínez, el establecimiento del Casco Viejo bilbaíno especializado en ropa del hogar que casi un siglo después de su apertura aún luce en la fachada el nombre de su abuelo. Uno de los considerados «emblemáticos» de la capital vizcaína por la asociación de comerciantes bilbaoDendak.

Ellas y su ama, Begoña Jiménez, suben todos los días la persiana del mismo local que él adquirió en 1924, en la calle Banco de España, cuando decidió dejar Villasana de Mena y, siguiendo la tradición familiar, montar negocio en la mucho más próspera Bilbao. «En sus orígenes, el establecimiento era una camisería. Por entonces todo se confeccionaba a medida. Después se fue introduciendo más género, como tejidos para la confección de sábanas o trajes, hasta cubrir toda la piecería del hogar. En aquellos tiempos, había dos dependientes, dos camiseros, más dos representantes que iban vendiendo telas por los por los pueblos y, por supuesto, mis suegros», cuenta Begoña, que lleva tras este mostrador cinco décadas, desde que se casó.

Hoy, con 74 años, reconoce que aunque podría estar jubilada -lo está su marido desde hace casi veinte-, no sabría qué hacer sin la tienda. «Es mi vida. La camisería fue dejando espacio a la decoración y empezamos a hacer desde colchas a estores o lámparas. Muchos de los encargos los cosía yo misma. Así que hoy me emociona muchísimo cuando viene alguien joven y nos dice que abuela o su madre ya compraron aquí algunas cosas cuando montaron sus casas», dice orgullosa.

«Durante el curso, lo principal eran los estudios, pero en vacaciones las hijas también veníamos a la tienda a echar una mano. Yo recuerdo, a finales de los 80, como algo tremendo las campañas de Navidad. Hubo veces que incluso tuvimos que bajar la persiana para evitar que entrara nadie más y así poder atender a los que estaban dentro mirando el género», recuerda Marta. Unos recuerdos que evidencian cómo ha cambiado el comercio minorista. «Hoy se compra mucho, pero se compra peor, yo creo», dice tímidamente Begoña.

Cuando nadie usaba edredón

Y lleva razón. Apenas hay encargos a media y, por lo general, preferimos lo barato para así renovar manteles, toallas, cojines, sábanas o trapos de cocina cada poco tiempo siguiendo una moda que no hace tanto. Hoy lo importante es estrenar. «Hay clientes que todavía tienen edredones que les hicimos hace 20 años. Eso cada vez es más impensable. Antes se valoraba más el detalle, se daba importancia a si los dibujos del estampado iban o no bien casados. Incluso hemos dejado de tener encargos de hoteles y restaurantes porque el modelo de negocio ha cambiado tanto que ahora los fabricantes de tejidos les ofrecen también la confección».

«Por eso ya no merece la pena seguir haciendo lo mismo, aunque aún hagamos alguna cosa por encargo y tengamos marca propia de toallas, sábanas y pijamas de caballero. Ahora lo que toca es traer género de importación, pero tampoco cualquier cosa. Tienes que distinguirte», explica. «Ya lo hacíamos antes; aquí vendíamos edredones de pluma hace 40 años, cuando costaban 100.000 pesetas y sólo los conocía más la gente que había viajado a los países del norte de Europa, por ejemplo. Pero ahora es una obligación», subraya.

De cumplirla a rajatabla se ocupa Marta. «La verdad es que me preocupo mucho por que en la tienda haya siempre novedades bonitas y deferentes, pero es que no hay más remedio. Además de que ahora hay cosas que se pueden comprar en grandes cadenas, en Internet o en comercios muy baratos, a nosotras nos ha tocado lidiar con la crisis. Por eso tenemos que ofrecer algo que no tenga nadie más: toallas de Alemania, pijamas de caballero de Inglaterra, sábanas de Francia y detalles, como tazas o latas antiguas, que se salen del textil, pero también dar color al hogar. Lo que haga falta para que la clientela sepa que lo que encuentra aquí no lo va a ver en otra tienda sabiendo además de que a nosotras nos ha parecido bueno», insiste.

Porque ahí está la otra clave para sobrevivir. «Yo creo que se ha perdido mucho la especialidad. Ahora se montan tiendas con dependientes que no saben mucho sobre el género que venden, que no entiende de telas, de calidades. Aquí, llevamos toda la vida en ello, y sabemos que hay que recomendar para cada uno», dice. «Sabemos, por ejemplo, que a si alguien quiere un edredón de plumas le tienes que preguntar si hay alguien alérgico en casa y, en ese caso, recomendar uno sintético. Puede que en ocasiones pierdas una venta puntual, pero has ganado un cliente para siempre», confirma Begoña.