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«Me eché a llorar eufórico al quedar entre los 30 mejores de la Copa del mundo»

Juan del Campo, en los Jardines de Albia el jueves, en su visita relámpago a Bilbao -viene cada cinco semanas- antes del Mundial./PEDRO URRESTI
Juan del Campo, en los Jardines de Albia el jueves, en su visita relámpago a Bilbao -viene cada cinco semanas- antes del Mundial. / PEDRO URRESTI

Juan del Campo, a las puertas del Mundial de esquí, evoca su proeza y cuenta su trabajo diario para ser el mejor

Juanma Mallo
JUANMA MALLO

Juan del Campo (Bilbao, 24 años) saborea unos días en casa después de un enero frenético y antes de competir, el viernes 15 (gigante) y el domingo 17 (eslálon), en el Mundial de esquí de Are (Suecia). Acaba de despedir un mes de locura, con más de 8.000 kilómetros recorridos por los Alpes (Suiza, Austria, Francia, Italia e incluso con una incursión en Croacia) en la furgoneta Volkswagen 'Transporter' en la que el equipo español se desplaza de prueba en prueba, ya sea de la Copa de Europa o de la Copa del mundo. Han sido cien horas de viaje, desplazamientos de hasta once horas para competir casi sin descansar al día siguiente. Se movía rodeado de sus quince pares de esquís, cuatro parejas de botas, un material idéntico para sus compañeros, entrenadores, más cajas de material, maletas, mochilas de pista... Ha pisado «agotado» Bizkaia, pero con la excelente sensación de haberse colado en la segunda manga de una prueba de la Copa del mundo: se metió entre los 30 primeros. Fue en el eslálon de Schladming (Austria), el día 29. Ningún español había conseguido esa proeza en 33 años; relevó a Luis Fernández Ochoa. «Cuando llegué, me volví loco. Me puse a gritar... Estaba muy eufórico. Yo salí el 55, quedaban 25 tíos, y cualquiera me podía pasar. Lo pasé fatal. Cada vez que bajaba uno pensaba en que me ganaba...». Pero no ocurrió, quedó el 30 y vivió un momento mágico: «Cuando se acabó me puse a llorar. Nunca había imaginado poder llegar a eso», recuerda, y todavía se emociona en el céntrico Iruña de Bilbao, delante de un café americano y un agua con gas, una costumbre adquirida de su 'vida' en Centroeuropa.

 

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