Landa se levanta a tiempo

Mikel Landa durante la etapa./REUTERS
Mikel Landa durante la etapa. / REUTERS

Pese al dolor de espalda, el alavés llega a Alpe d'Huez con Dumoulin, Froome, Bardet y Thomas, de nuevo ganador

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑAAlpe d'Huez

Mikel Landa lleva tanto dolor encima que nada más cruzar la meta de Alpe d'Huez, cabeza gacha, busca un murete para sentarse. Mira al suelo. No mira nada. «Esta cuesta me ha quitado cinco años de vida», dijo el holandés Peter Winnen, que ganó aquí un par de veces en los años ochenta. Es cierto. Landa, rostro adolescente, parece agrietado, avejentado. Una mueca doliente delata el sufrimiento, que sigue ahí tras terminar quinto la etapa que, pese a tanto dolor en la espalda, le ha visto a la altura de los cuatro mejores. De Froome, Bardet, Dumoulin y Thomas, el ganador en el Alpe d'Huez.

Paradoja. Thomas es el líder del Tour, pero no del Sky. En esa parcela manda Froome. Thomas es su escudo. Cuando el galés subió al podio vestido de amarillo, parte del público le pitó. Lleva el maillot del equipo de Froome y luce el liderato que, según jura, será para Froome, así que también se quedó con los pitos destinados a su patrón. Thomas ejerce de chaleco antibalas para Froome, aunque no pudo evitar que un espectador, un tarado, golpeara al ciclista africano en mitad de la subida al Alpe d'Huez. Agachado sobre un murete, Landa seguía deformado por el esfuerzo. Le crujía la espalda. Siempre pide una 'Fanta'. Un golosina tras el calvario. Esta vez se tragó dos. Le sentaron bien. «Me duele un huevo. Y si así estoy con los mejores... En los Pirineos correré como en casa». Ya hablaba con la mirada erguida. A las dentelladas de la espalda le echará corazón. Landa es ciclista para ser valiente.

A la última etapa alpina, el Tour llegó encarcelado por el Sky. El equipo de Thomas y Froome activa las hélices de sus pedales y nadie tiene fuelle para retarles. Aun así, el Movistar y el Lotto Jumbo salieron a agitar la carrera. Valverde y Amador se subieron a la fuga. El Lotto envió a Kruijswijk y Gesink. Con ellos subían por la Madeleine Nieve, Barguil, Mollema, Majka, Alaphilippe, Gorka Izagirre... Detrás comenzó el desfile del Sky. El movimiento de Valverde anunciaba tormenta. Pero Quintana ya no es lo que fue y a Landa le mordía la espalda. Pedaleaba rígido. Cada giro, un picotazo. Gota a gota. La subida le rascaba la herida, la pedrada que recibió en la etapa de los adoquines.

No fue Valverde el que desafió al Sky, sino Kruijswijk, el octavo en la general, el compañero de Roglic. Kruijswijk es de la ciudad de Brabante donde nació Van Gogh: «Sueño mis pinturas y luego pinto un sueño». El corredor holandés soñó, se atrevió con lo imposible: rodar contra el viento y la Croix de Fer antes de meterse en el horno multicolor de las 21 curvas de Alpe d'Huez, la cuesta de los holandeses. El pedazo más vertical del país más horizontal. La etapa era un partida de ajedrez. En el ciclismo suelen acabar a tortas. A Kruijswijk, como a todos, le atizó el colombiano Egan Bernal, 21 años, un portento al servicio, claro, del Sky. La marcha de Bernal fue fúnebre para los enemigos del conjunto británico. Apartó a Kruijswijk, ató primero el ataque de Nibali y luego el de Quintana. Bernal es la nueva trituradora.

A su rueda, el Tour se quedó con siete dorsales: sus jefes, Thomas y Frome, más Dumoulin, Bardet, Landa, Roglic y Nibali. El humo de la bengalas, que cegó la carrera, y una moto tiraron a Nibali. La etapa ardía. Alpe d'Huez es un túnel de piel humana. Demasiada euforia a veces, demasiado alcohol. Alboroto. Histeria. Y con ese mecha cualquier chispa provoca una caída. Nibali, que luego casi alcanzó a los primeros, llegó tocado tras chocar con una mota. Cornada en un costado. Los jueces no le perdonaron los 13 segundos que cedió. No le absolvieron como a Froome el año pasado en el Ventoux, cuando el británico se incrustó en una moto y echó a correr a pie camino de la cima. Esa diferencia de trato le dolía a Nibali. Fue trasladado al hospital de Grenoble por si sufría una fractura vertebral.

Los ciclistas saben de dolor, de ir siempre un poco más allá en esa frontera. Bastaba con ver a Landa, el único líder que resistía en le Movistar. Le rechinaba la espalda, pero un diablillo le murmuraba dentro: '¡Ataca!'. Es preferible perder que no intentarlo. Y atacó. Se notaba pesado. Le dio igual. Se niega a que la caída en Roubaix redacte su esquela en este Tour. Encendió su motor de explosión y, manos abajo en el manillar, se levantó sobre la bicicleta. Bardet, otro de su especie, le siguió y luego le remachó. El francés arrastraba menos dolor. Sólo el de las piernas.

A por Bardet, caza mayor, salió Froome. Y a por el africano, Dumoulin, que se llevó a Thomas. Los cuatro ocuparon el ancho de la carretera, abarrotada de pintadas y gritos. En su burbuja se miraron. Tan igualados. Dumoulin, que es holandés, se alzó para recuperar esta montaña para los suyos. Thomas pisó su sombra. De nuevo, empatados, los cuatro se pasaron revista. Landa, molido, rentabilizó ese cruce de miradas, se puso a su altura y lanzó el sprint. No tenía ni fuerzas, ni velocidad, ni espalda. Casi ni piernas. También se pedalea con el corazón. Eran cinco y quedó quinto. Buscó un murete, colocó la cabeza entre las rodillas y le echó litros de aire a su asfixia. «Lo que he sufrido». Se levantó como un muñeco articulado. Girando a cámara lenta su bisagra dorsal. Hacia el podio iba ya Thomas, que pudo con Dumoulin, Bardet y Froome en el sprint de Alpe d'Huez. Thomas recibió todos los premios del día, incluidos los silbidos destinados a Froome. Lo asumió. «Él es mi líder», zanjó el líder de este Tour que se decidirá en los Pirineos, donde a Landa le espera una espalda nueva.

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